Audioclasica

11.II.2012. Pura dinamita

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Las Palmas de Gran Canaria. 28 Festival de Música de Canarias. Auditorio Alfredo Kraus 11.II.2012. Robert Schumann: Requiem für Mignon, op. 98b. Nachtlied, op. 108. Sinfonía nº 4 en Re menor, op. 120 (versión de 1841). Manfred, op. 115. MAHLER CHAMBER ORCHESTRA, MONTEVERDI CHOIR. GERT VOSS, recitador. JOHN ELIOT GARDINER, director. Asistencia: 1.570 Aforo: 87%     El auditorio en silencio. El director en el podio y sobre él la atenta mirada de los músicos. En el preciso instante en que se alzan sus brazos para dar la entrada, irrumpe el impertinente sonido de un móvil. Gardiner se gira al…

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Las Palmas de Gran Canaria. 28 Festival de Música de Canarias. Auditorio Alfredo Kraus

11.II.2012.

Robert Schumann: Requiem für Mignon, op. 98b. Nachtlied, op. 108. Sinfonía nº 4 en Re menor, op. 120 (versión de 1841). Manfred, op. 115.

MAHLER CHAMBER ORCHESTRA, MONTEVERDI CHOIR. GERT VOSS, recitador. JOHN ELIOT GARDINER, director.

Asistencia: 1.570 Aforo: 87%

 

 

El auditorio en silencio. El director en el podio y sobre él la atenta mirada de los músicos. En el preciso instante en que se alzan sus brazos para dar la entrada, irrumpe el impertinente sonido de un móvil. Gardiner se gira al público y en un gesto cómico e intimidante al mismo tiempo, pasa lentamente la batuta por su cuello, como si se tratara de un cuchillo.Esta anécdota que provocó un aplauso del público refleja a la perfección la actitud del inglés hacia sus músicos. Alterna un carácter afable y de complicidad con duras e incisivas reprimendas que sacan los colores hasta al instrumentista o cantante más seguro de sí mismo. Consigue así mantener una tensión constante entre quienes dirige, un respecto que les evade del abandono, de la comodidad, de la falta de compromiso. A ello contribuye su metro noventa de alto subrayado por un erguido caminar, y un rostro predominante serio, que mantiene su rictus inquebrantable ante la avalancha de aplausos que consigue extraer del público en cada una de sus actuaciones. Como cabría de esperar, este gigantón nacido en Dorset en 1943 es un perfeccionista consumado. Trabaja hasta el más mínimo detalle del texto, la articulación, la dinámica, el fraseo y la afinación. Durante las giras que realiza con sus músicos va puliendo de manera progresiva, en cada una de sus interpretaciones, las obras que interpreta. Sólo así se entiende el ensayo de hora y media de duración previo al concierto de Las Palmas tras haber dirigido las mismas piezas la noche anterior en Santa Cruz de Tenerife. Trabajó unos pocos compases de cada pieza. Adaptó su orgánico y la disposición del mismo a las nuevas condiciones acústicas que implica un espacio diferente. Para ello, durante el ensayo abandonaba una y otra vez su atril con el fin de escuchar desde el centro de la sala.

En una pintoresca estampa, este comentarista pudo verle de pie, en el patio de butacas, con un té en vaso de plástico en la mano izquierda al tiempo que dirigía con la derecha y se alzaba de nuevo al podio sin derramar una gota de su bebida British por excelencia.Por otro lado, escuchar a una formación como la Mahler Chamber Orchestra, juvenil y autogestionada, resulta cada vez más un acontecimiento especial. Su nivel está muy por encima de la media de agrupaciones sinfónicas tanto por la calidad de sus músicos, como por la implicación de cada uno de ellos y por su constitución interna. Algunos de sus conciertos son de esos que uno recuerda durante toda su vida. Sumen ahora, por primera vez (nunca antes Gardiner se había puesto al frente de la MCO), estos dos ingredientes; añádanle un coro de élite como es el Monteverdi Choir –probablemente uno de los mejores– y tendrán un resultado explosivo. Más aún cuando las obras a escuchar son piezas sinfónico-corales poco programadas, pero geniales, de un gigante en la historia de la música como Robert Schumann.Con estas premisas pudimos escuchar una primera parte de concierto verdaderamente sublime.

El Requiem für Mignon y Nachtlied sonaron cristalinos, ágiles en los tempi y con un dúctil fraseo moldeado a voluntad por las manos maestras de Gardiner. En el sui géneris réquiem para el personaje goethiano de Wilhelm Meister, el británico optó por prescindir del arpa cuya utilización deja Schumann a elección del intérprete: Harfe ad libitum. Extraña solución, considerando que la pieza gana con ella especialmente a partir del tercer número, donde adquiere mayor protagonismo por medio de arpegios ascendentes y descendentes que contribuyen a crear un extraño clima de etérea irrealidad y nostalgia. Sea como sea, Gardiner puede permitirse eso y mucho más. El papel del coro de los muchachos fue impecable y notable la actuación del bajo Rupert Reid en “Kinder, kehret in´s Leben zurück!”. Destacable resultó, además, el gran acierto por parte de la organización de incluir subtítulos para poder seguir el texto de las piezas. Con todo, probablemente lo mejor fue la interpretación de la Cuarta Sinfonía de Schumann en la versión original de 1841 (grave error, por cierto, no indicar en la página web del festival que no se trataba de la versión revisada). Muy pocas veces se escucha algo así. La disposición y entrega de cada instrumentista fue total. A lo Band Art, interpretaron de pie esta versión superior en todo a la posterior de 1851 (como ya constató Brahms), con tiempos muy vivos y una articulación impecable. Ofrecieron una lectura volcánica y de una viveza difícilmente superable. Una concentración de energía milimétricamente coordinada que se tradujo en momentos casi insoportables de tanta tensión, de tanta emoción.

La segunda parte, consagrada al poema dramático de una hora de duración con textos recitados que es Manfred, no resultó tan acertada, a pesar de que de nuevo la orquesta ofreciera una versión eléctrica de la impresionante obertura de esta obra. En primer lugar por la pieza en cuestión, en exceso larga y con pocas intervenciones de los músicos (que propició una distendida sesión de lectura de revistas por parte de los chicos del coro), con un texto que bien podría haber sido recitado en español, en lugar de en alemán. Pero, fundamentalmente, la ejecución de la obra se vio afeada por la amplificación. Era prescindible teniendo en el escenario a un actor como Gert Voss, o al menos podría haberse reducido. Texto y música sonaban como dos mundos acústicos irreconciliables. Además, muy lamentablemente, el micrófono generaba constantes y molestos ruidos durante toda la interpretación y sólo se activaba tras una palabras del actor. Imperdonable negligencia del técnico de sonido. En cualquier caso, ya daba igual. En la primera parte orquesta, director y coro nos habían ofrecido mucho y todo lo que viniera tras ella eran regalos extras.

Miguel Morate Benito