Audioclasica

THEODORA GHEORGHIU

ARIAS FOR ANNA DE AMICIS Les Talents Lyriques. Christophe Rousset, director Aparté AP021 DDD CD 81:32 2010 Sonido: **** / Valoración: **** Distribución: Harmonia Mundi     Recuerdo pocos discos que me hayan causado tan gran impresión desde los primeros minutos como éste. Y recuerdo muy pocos programas tan exigentes para presentarse en el mercado discográfico como estas arias compuestas para Anna de Amicis, realmente a la altura de aquellas arias de concierto mozartianas que lanzaron al estrellato a Natalie Dessay en el ya lejano 1994. En un momento en el que en el mercado discográfico triunfa la fórmula del…

A DeAmicisARIAS FOR ANNA DE AMICIS

Les Talents Lyriques. Christophe Rousset, director

Aparté AP021 DDD CD 81:32 2010

Sonido: **** / Valoración: ****

Distribución: Harmonia Mundi

 

 

Recuerdo pocos discos que me hayan causado tan gran impresión desde los primeros minutos como éste. Y recuerdo muy pocos programas tan exigentes para presentarse en el mercado discográfico como estas arias compuestas para Anna de Amicis, realmente a la altura de aquellas arias de concierto mozartianas que lanzaron al estrellato a Natalie Dessay en el ya lejano 1994.

En un momento en el que en el mercado discográfico triunfa la fórmula del programa monográfico dedicado a compositores (Vivaldi, Salieri y Gluck acuden raudos a la mente) o cantantes famosos del pasado (con Farinelli a la cabeza), plagado de piezas inéditas, el primer recital de la joven soprano rumana constituye el mejor ejemplo de su clase. Realzan su originalidad los escasos discos dedicados a cantantes femeninas, en el que hay unos pocos ejemplos bien conocidos como la Bordoni y la Cuzzoni, asociadas a Händel, o Isabella Colbrán, indefectiblemente ligada a Rossini (¡como si ninguna hubiera interpretado nunca música de otros compositores!).

En la era de los castrati Anna De Amicis fue una estrella por derecho propio. Hoy en día pasa por ser básicamente recordada como primera intérprete de Giunia, protagonista mozartiana de la juvenil Lucio Silla (1772) y destinataria de proezas vocales al límite de la resistencia humana, como queda grabado a fuego para cualquiera con una sola escucha de “Ah! se il crudel periglio”. Sin embargo, la De Amicis también fue destinataria de la Armida abbandonata de Nicolò Jommelli (1770), en la que precisamente la escuchó Mozart y cuya “Odio, furor, dispetto” se convirtió en un verdadero hito barroco, en la mejor tradición del aria di furore.

No todo son fuegos de artificio: la capacidad expresiva en la melodía cantabile parecían predestinarla a las óperas de reforma de Gluck. De hecho, fue elegida para el estreno italiano de Alceste en Bolonia (1778) y la reposición de Orfeo ed Euridice en Nápoles (1774). De esta última se recoge la simple y directa “Che fiero momento”, la única del programa que junto con “Basta così, vincesti” de Romolo ed Ersilia de Josef Mysliveček (1773) no recurre ni a los extremos de la extensión vocal ni a la compleja exposición de agilidades, sino que basa su expresividad en el legato como medio para trasmitir la “noble simplicidad” de los personajes. En un camino intermedio se encuentra la pieza de Il trionfo di Clelia de Giovanni Battista Borghi (1773), con un uso discreto de trinos y saltos de octava.

Por difícil que pueda resultar la interpretación de estas últimas arias en materia de expresividad, no cabe duda de que carecen de la espectacularidad de las demás, las ya citadas de Mozart y Jommelli, y sobre todo las procedentes de óperas oportunamente desconocidas como Zanaida de Johann Christian Bach (1763), Antigono de Pasquale Caffaro (1770), y la aludida de Mysliveček, cronológicamente situadas en el período de plena madurez vocal y artística de la cantante. Todas ellas son un compendio de las exigencias del canto florido barroco, diseñadas para desplegar la extensión, el dominio del arte de la coloratura y la expresividad vocal de Anna De Amicis. Apasionado del pasado musical dieciochesco, es evidente la mano de Christophe Rousset en la elección de los compositores que integran el programa.

Con Bach encontramos el clásico duelo con el canto de pájaro encarnado por un instrumento, en una sucesión idéntica y progresivamente más difícil de trinos, escalas y arpegios que permiten lucir una de las especialidades de la casa: las notas picadas en el registro agudo, que la italiana introdujo en Inglaterra por primera vez según Burney. En términos de duración no cabe duda de que el aria de Caffaro es la más exigente, diez minutos tras una introducción orquestal monumental, un aria di bravura en toda regla que incluye saltos de dos octavas y ascensiones al Re sobreagudo.

Las arias de Armida y Giunia son la mejor introducción posible para las excelentes cualidades de Teodora Gheorghiu (nota para curiosos: nada que ver con la compatriota Angela). La extensión no es un problema para la actual Reina de la Noche de la Ópera de Viena. A pesar de que ocasionalmente el registro agudo pueda ofrecer ribetes blanquecinos, lo cierto es que la solidez del centro revela que nos encontramos ante una voz de mayor consistencia que las clásicas de ligera o soubrette, aunque con la luminosidad que les es propia. La dificilísima coloratura que caracteriza el programa es despachada con un aplomo y una seguridad asombrosos, los trinos son delicados y las notas staccate nítidamente separadas y bien emitidas. Además, las cadencias y las escalas están perfectamente ligadas, con cada nota claramente definida en la rapida sucesión que las concatena. La emisión es sana y homogénea en toda la gama, con un vibrato natural muy atractivo. La pureza casi instrumental del canto en virtud de una afinación perfecta y una técnica sobresaliente no quita un ápice de expresividad a una agilidad concebida como máxima expresión de la excelencia humana. En definitiva, todo confluye en un logro realmente impresionante.

Reputados especialistas en el repertorio barroco y clasicista, Les Talents Lyriques ofrece el mejor acompañamiento posible, subrayando la expresividad de los recitativos y la dificultad de las piezas que también exigen un gran virtuosismo a los solistas instrumentales. A su frente, Christophe Rousset imprime una dirección vibrante, llena de entusiasmo por los descubrimientos, el reto que plantean y la clase superior de los intérpretes, todo resaltado por la estupenda toma sonora.

Excelente la calidad de la grabación, la interpretación, y las notas de Florence Badol-Bertrand, todo lo informadas y explicativas que se pueden desear. Una vez más, las grandes discográficas deberían tomar nota de las iniciativas de compañías más pequeñas que, como en este caso, dan la campanada.

 

Raúl González Arévalo