Audioclasica

6.XI.2012. Entre tinieblas

Temporada de ópera. Teatro Real. 18-X-2012.  Luigi Dallapiccola: Il prigioniero. Giacomo Puccini: Suor Angelica. Aforo: 1.854 Asistencia: 95%   Madrid. Teatro Real. 6.XI.2012.   DEBORAH POLASKI, GEORG NIGL, DONALD KAASCH, JULIANNA DI GIACOMO. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. INGO METZMACHER, director.   Luigi Dallapiccola: El prisionero. Giacomo Puccini: Suor Angelica.   Aforo: 1.854 Asistencia: 95%   Tras el reciente paso por el Real de obras maestras como el Pierrot Lunaire y el Moisés y Aarón de Arnold Schönberg, esperábamos con interés esta nueva entrega de obras fundacionales de la Nueva Música (en sentido adorniano). En efecto, El prisionero (1950) de Dallapiccola ocupa un…

01 MADRID 11 03 Prigionero

Temporada de ópera. Teatro Real. 18-X-2012. 

Luigi Dallapiccola: Il prigioniero.

Giacomo Puccini: Suor Angelica.

Aforo: 1.854 Asistencia: 95%

 

01 MADRID 11 03 Prigionero

Madrid. Teatro Real.

6.XI.2012.

 

DEBORAH POLASKI, GEORG NIGL, DONALD KAASCH, JULIANNA DI GIACOMO. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. INGO METZMACHER, director.

 

Luigi Dallapiccola: El prisionero.

Giacomo Puccini: Suor Angelica.

 

Aforo: 1.854 Asistencia: 95%

 

Tras el reciente paso por el Real de obras maestras como el Pierrot Lunaire y el Moisés y Aarón de Arnold Schönberg, esperábamos con interés esta nueva entrega de obras fundacionales de la Nueva Música (en sentido adorniano). En efecto, El prisionero (1950) de Dallapiccola ocupa un lugar privilegiado en la historia del protoserialismo al ser la primera ópera dodecafónica italiana (solo posterior a Volo di notte, del mismo autor) en alcanzar en su tiempo una cierta proyección internacional y un considerable prestigio. La expectación venía sobre todo por tener la rara oportunidad de comprobar si la experiencia escénica de esta obra descubriría una intensidad que desconociéramos a través de la mera audición en disco.

La puesta en escena de Lluís Pasqual -presidida por una enorme jaula giratoria y beneficiaria de una magistral gestión de la oscuridad- hizo todo lo posible por aportar movimiento, sostener la opresiva atmósfera y revestir la narración con un cierto sentido alegórico -el ascenso infinito hacia una luz libertadora que nunca llega. Sin embargo, todo ese sostenido esfuerzo no sirvió sino para revelar no solo la ausencia de sentido dramático de la obra misma, sino incluso la inadecuación de su sentido dramático. Sobre lo primero se ha dicho y escrito mucho -incluso en las notas al programa-, no en vano la obra se concibió en primer lugar para la radio, y no para el teatro. Sin embargo nos resultó más lacerante el segundo aspecto: Ya el libreto se resiente de una chirriante inadecuación entre la contemporaneidad del asunto (visto desde la perspectiva de los totalitarismos europeos del siglo XX) y el melodramatismo meyerbeeriano de la resolución. En este sentido, Villiers de L’Isle-Adam no es ningún Georg Büchner capaz de proveer un nuevo Wozzeck a la causa serialista. Pero también nos chirrió ese alabado “lirismo dodecafónico” de la partitura, en especial en algunas partes vocales. El mismo lirismo que dotaba de individualidad a los Canti di prigionia (1941) resulta paralizante -o mejor, desdramatizante- en este nuevo contexto. Así, pese a los hallazgos musicales o el acertado uso del leitmotiv, volvemos de nuevo al escaso dramatismo de una obra que comparte con la Erwartung schönbergiana una naïveté grandilocuente y que es tan escasamente merecedora de una representación dramática como ésta. Y ello pese a que musicalmente Il prigioniero resulta mucho más equilibrado e interesante que el sobrecargado monodrama del compositor austríaco.

El reparto vocal respondió con entrega -pero también con cierta inadecuación y heterogeneidad estilística- al singular reto. Seguramente la función habría ganado en intensidad si el rol protagonista hubiera sido defendido por una voz baritonal más ancha y oscura que la demasiado liviana de Georg Nigl, cantante especializado en la música de nuestro siglo. Por su parte, Deborah Polaski pareció salida del Erwartung que cantó precisamente en el Real hace ya un año, haciendo que en sus labios la lengua italiana sonara extraña y como fuera de lugar. Como carcelero tuvimos a un pragmático Donald Kaasch, tenor norteamericano de sorprendente parecido físico y vocal con el más célebre Chris Merritt.

El juego de similitudes y contrastes que la temporada pasada reunió la Perséfona stravinskyana con la Yolanta tchaikovskyana sirvió aquí para emparentar la obra de Dallapiccola con la hermana menor del Trittico pucciniano, Suor Angelica. Cierto es que son abundantes los paralelismos entre ambas obras, que comparten celdas, condenas y liberaciones a través de la muerte, así como la centralidad de las palabras hermanas “fratello” y “sorella”, lo cual no quiere decir que estos paralelismos no resulten periféricos desde el punto de vista de la experiencia teatral. Como juntar en una sesión continua de cine Peter Pan y El señor de las moscas porque ambas giren en torno a unos niños en una isla desierta. Desde este punto de vista, es difícil imaginarse dos atmósferas más insolubles y que se potencien mutuamente tan poco.

De atmósferas es algo que sí sabía mucho Puccini, y por eso situó a su ópera más contemplativa y lacrimógena justo después de la pasional y homicida Il tabarro. Sin embargo aquí el contraste con Il prigioniero casi sirvió para resaltar la debilidad de ambas piezas: Frente a la laboriosa maquinaria orquestal de Dallapiccola el arranque de Suor Angelica perdió su poder de sugestión atmosférica, resultando simple y barata; frente a la severa denuncia antifascista de la primera, la segunda no dejaba de aparecer como una novela radiofónica de la España de la posguerra… En definitiva, convirtió a su predecesora pucciniana en una especie de “placer culpable”.

Y sin embargo Suor Angelica es una obra tan sincera como la otra, y cuenta además con un lenguaje musical más orgánico y un discurso dramático mucho más convincente y logrado. Quizá habría servido de ayuda para superar el bloqueo emocional impuesto por Il prigioniero que la dirección de escena hubiera depurado los vestigios de la vieja escuela (escasos, por suerte) que los cantantes imprimen indefectiblemente en sus actuaciones (aunque lleven hábitos de monja) y hubiera propuesto una dramaturgia más moderna y severa -sobre todo en los episodios iniciales-, y que habría sido también más acorde con la austeridad y frialdad de la escenografía. Creemos que esta ópera de Puccini en particular lo habría soportado muy bien y habría funcionado mejor con su inesperado compañero de viaje.

Aún así, la función fue caldeándose gracias al buen hacer musical de cantantes y orquesta, especialmente en el soberbio encuentro entre la zìa Principessa (Polaski) y la protagonista. Julianna Di Giacomo estuvo a la altura del rol y fue una Angelica irreprochable desde el punto de vista vocal -bello timbre, legato, buen control de las dinámicas- y una sensible intérprete. Afrontó la partitura sin hacer uso de la molesta transposición de un semitono por debajo a partir del anuncio de las palabras “e forse fra un momento suonerà la campana a parlatorio” a la que tantas cantantes se acogen. 

Dejamos para el final la parte orquestal, a cargo del especialista en música de los siglos XX y XXI Ingo Metzmacher, quien ofreció una lectura clara y bien trabada de la obra de Dallapiccola en cuya paleta faltaron -quizá por limitaciones de la orquesta- los colores más sombríos y amenazadores. En cuanto a Suor Angelica mostró una cierta falta de confianza en el primer tercio de la obra -considerado por algunos críticos el más flojo- acelerando más de la cuenta algunos episodios musicales (llevando a las cantantes a rastras) y contuvo los desbordantes clímax del último tercio, pero a cambio ofreció una realización sonora bien coloreada y una sección central -el encuentro de Angelica con la tía- intensa y ominosa, y con un acertado suspense y gravedad.

Nos gustaría saber qué efecto nos habría producido la obra de Dallapiccola si hubiera sido ofrecida en versión de concierto acoplada en un programa más afín, y sobre todo nos habría entusiasmado la idea de presenciar Suor Angelica en el contexto de un Trittico completo, pues al fin y al cabo, lo que aquí se hizo es amputar esta originalísima obra, y este hecho podría considerarse un atentado musical en sí mismo.

 

Rafael Fernández de Larrinoa

 

Pie de foto: Vista general de Il prigioniero.

Crédito: Javier del Real.