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MOZART

FERRUCCIO FURLANETTO Arias de ópera de Mozart Orquesta Sinfónica de Viena. Ion Marin, director. Ferruccio Furlanetto, bajo Newton Classics 8802179 DDD CD 52:44 1991 Sonido: *** / Valoración: ** Distribuidor: Cat Music     Pocos bajos se resisten a grabar, si tienen la posibilidad, un recital dedicado a Mozart. La galería de papeles graves escritos por el salzburgués se cuenta entre las más populares de su cuerda. Y si en el siglo XVIII con la denominación de bajo se abarcaba desde el barítono hasta el bajo profundo, lo cierto es que la escritura no es uniforme.  Así, los barítonos modernos…

B FerruccioFERRUCCIO FURLANETTO

Arias de ópera de Mozart

Orquesta Sinfónica de Viena. Ion Marin, director. Ferruccio Furlanetto, bajo

Newton Classics 8802179 DDD CD 52:44 1991

Sonido: *** / Valoración: **

Distribuidor: Cat Music

 

 

Pocos bajos se resisten a grabar, si tienen la posibilidad, un recital dedicado a Mozart. La galería de papeles graves escritos por el salzburgués se cuenta entre las más populares de su cuerda. Y si en el siglo XVIII con la denominación de bajo se abarcaba desde el barítono hasta el bajo profundo, lo cierto es que la escritura no es uniforme. 

Así, los barítonos modernos se encuentran más a gusto que los bajos cantando Don Giovanni o el Conde Almaviva, mientras que estos últimos son más apropiados –también para una mayor diferenciación tímbrica– como Leporello o Fígaro. Sarastro requiere un bajo profundo, mientras que Papageno es territorio baritonal.

No sería desacertado definir a Ferruccio Furlanetto como bajo cantante. En consecuencia, y como era de esperar, está más cómodo en los papeles de tesitura más grave y menos brillante como Leporello, Masetto, Fígaro y Guglielmo, los retratos más conseguidos. Su Don Giovanni resulta demasiado pesado en la serenata y poco ágil en el brindis; tampoco termina de convencer con el Conde, a pesar de que logra aligerar la voz; las arias de Papageno le plantean menos problemas, e inesperadamente consigue retratar la gravedad de Sarastro de forma honesta.

El instrumento nunca ha sido particularmente atractivo, con un tono mate y un timbre carente de la morbidez de un Siepi o un D’Arcangelo, por ceñirnos al ámbito de la escuela italiana. Sin embargo, el artista es inteligente en la articulación del fraseo y la intención del acento, imprime la ironía y el resentimiento necesarios a Fígaro y Masetto.

La Sinfónica de Viena suena rutinaria, probablemente poco inspirada por la dirección. El rumano Ion Marin tuvo cierto predicamento en los años 90, grabando con Deutsche Grammophon óperas como Il signor Bruschino, Lucia di Lammermoor o Semiramide (las dos últimas con Cheryl Studer como protagonista) pero nunca se distinguió por tener una personalidad marcada ni una visión singular en sus interpretaciones que, animadas y acomodaticias, terminan por no dejar huella y resultar más bien anónimas. Este recital, originalmente publicado por Sony, no constituye una excepción.

 

Raúl González Arévalo