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WAGNER

EL ANILLO DEL NIBELUNGO The Metropolitan Opera. James Levine, Fabio Luisi, directores. Blythe, Kaufmann, König, Hunter Morris, Owens, Siegel, Terfel, Voigt, Westbroek Deutsche Grammophon 440 073 4770 8 DVD MIN 2010-12 Subtítulos en alemán, inglés, francés, español y chino NTSC 16:9 PCM Stereo DTS 5.1 Imagen: **** / Valoración: **** Distribuidor: Universal   El presente cofre incluye la muy comentada nueva producción neoyorquina de El Anillo del Nibelungo, encargada al director de escena quebequés Robert Lepage y encomendada musicalmente al titular del coliseo James Levine, quien por graves problemas de espalda y de salud debió ceder el testigo del Anillo…

D Wagner AnilloEL ANILLO DEL NIBELUNGO

The Metropolitan Opera. James Levine, Fabio Luisi, directores. Blythe, Kaufmann, König, Hunter Morris, Owens, Siegel, Terfel, Voigt, Westbroek

Deutsche Grammophon 440 073 4770 8 DVD MIN 2010-12

Subtítulos en alemán, inglés, francés, español y chino

NTSC 16:9 PCM Stereo DTS 5.1

Imagen: **** / Valoración: ****

Distribuidor: Universal

 

El presente cofre incluye la muy comentada nueva producción neoyorquina de El Anillo del Nibelungo, encargada al director de escena quebequés Robert Lepage y encomendada musicalmente al titular del coliseo James Levine, quien por graves problemas de espalda y de salud debió ceder el testigo del Anillo -y del trono del Metropolitan- a mitad del ciclo al italiano Fabio Luisi. Se trataba a su vez de una arriesgada apuesta personal de Peter Gelb, director artístico de la institución neoyorquina desde 2006, quien -como explica en el documental de casi dos horas Wagner’s Dream incluido en el cofre- se propuso desviar al coliseo de la “dulce decadencia” en la que se había instalado en los últimos años, con una lenta pero inexorable pérdida de público y un estancamiento creativo y estético de varias décadas.

La producción de Robert Lepage -responsable de varios espectáculos para el Cirque du Soleil y relacionado con escenografías con contenido tecnológico y multimedia de última generación- fue recibida con enorme controversia por el conservador público neoyorquino, fiel a la magnífica y ultra tradicional producción de Otto Schenk/James Levine, gloriosamente publicada en DVD (DGG/1989-90). Si alguien pensó que el nuevo Anillo iba a parecerse -o al menos a intentar medirse- con la hiper-tecnológica producción de La Fura dels Baus/Zubin Mehta para el Palau de Les Arts valenciano -disponible también en DVD (CMajor/2008-09), el estreno de los cuatro títulos a lo largo de las temporadas 2010-11 y 2011-12 calmó estos temores con una propuesta en la cual la tecnología y el espacio escénico creado por ésta se someten con extraordinaria humildad al libreto, y en la que no se trata de reinventar nada, ni el significado de la obra ni las maneras escénicas aquilatadas durante los últimos 30 años.

La producción se sustenta en una plataforma que sostiene unas enormes vigas giratorias capaces de configurar espacios muy diversos y sobre las que se proyectan diferentes texturas (tierra volcánica, nubes, madera, naturaleza, etc.) y efectos visuales, y que actúan unas veces como telón de fondo y otras como estucturas arquitectónicas sobre las cuales deambulan los actores. La presencia de acróbatas en sustitución de los cantantes posibilita la realización de algunas escenas especiales, como el descenso a Nibelheim o el ascenso de los dioses al Walhall. En cuanto al empleo de estos recursos, Lepage lo hace con un enorme sentido poético -aquí la tecnología no fagocita la narración, como a menudo ocurre en la producción de La Fura- narrativo y didáctico, como es el caso de la ilustración visual de las narraciones de Siegmund del Acto I y de Wotan del II en La walkyria, o del nacimiento de Siegfried en la Introducción de Sigfrido. El ocaso de los dioses exhibe mayor control de los medios técnicos, que hacen posible escenas tan logradas como el Viaje de Sigfrido por el Rhin o el holocausto final. En el lado más débil, la disposición de la estructura en vertical en otras escenas como mero telón de fondo, encajona a los cantantes en el proscenio proporcionando una vista bidimensional demasiado pobre. Es el caso, entre otras, de la escena del delirio de Sieglinde y el posterior Anuncio de Muerte del Acto II de La walkyria.

La dirección de actores y el vestuario se mueven en un terreno mucho más convencional. En cuanto al segundo, la producción se sitúa -salvo por las extemporáneas e inexplicables viseras de los cazadores en el Acto III del Ocaso– en ese escurridizo terreno situado entre Los picapiedra y El señor de los anillos y cuyo principal propósito consiste en asemejar a los cantantes con estrellas de cine, así como imposibilitar cualquier esfuerzo intelectualizador por parte del espectador: Aquí no hay asomo filosófico o político alguno, Wagner es solo un predecesor de Peter Jackson y lo que vemos son hombres y mujeres enfundados en pieles y armaduras y enredados en una trama de romances, juramentos, venganzas y sortilegios. La dirección de actores demuestra una falta de dominio del medio puramente teatral por parte de Lepage, quien hilvana escenas francamente planas (robo el oro por parte de Alberich) con otras simplemente convencionales, aunque es apreciable el esfuerzo por explicar las emociones de los personajes en escenas como la muerte de Siegmund. El frecuentemente desfavorecido rol de Siegfred se ve sostenido de forma especialmente lograda por este esfuerzo del régisseur.

En el aspecto musical, la orquesta del Metropolitan compite primeramente con su primer registro videográfico, en el cual James Levine exhibió de forma suntuosa sus excelencias sonoras, simbiotizadas perfectamente con la personalidad musical del maestro, con sus virtudes (preciosismo, insuperables clímax) y vicios (cierta morosidad, excesivo volumen). En esta ocasión la orquesta adolece de una cierta falta de personalidad, no sólo porque Levine haya cedido el podio en las dos últimas jornadas, sino porque en los dos títulos iniciales tampoco es el de antes, hecho apreciable sobre todo en el Acto III de La walkyria, que alcanzó cotas estratosféricas en la grabación de 1990. Fabio Luisi tiene la deferencia de acompañar a los cantantes sin ahogarlos, pero tampoco obtiene momentos dignos de mención, aparte del bien hacer general. Puestos a comparar resultados con los registros videográficos arriba citados, cabe reivindicar en este momento el extraordinario rendimiento sonoro de la agrupación valenciana en la producción del Palau de les Arts, así como la atentísima y sensible dirección de Zubin Mehta, principal elemento humanizador de la producción, y sin duda alguna una de las más sobresalientes de las últimas décadas.

En el apartado vocal, la nueva producción metropolitana se asienta en sus tres roles principales: la Brunilda de Deborah Voigt, el Wotan de Bryn Terfel y el Sigfrido de Jay Hunter Morris. Deborah Voigt encarnaba por vez primera su rol en cada uno de los tres títulos en los que aparece, un reto pavoroso tratándose de un coliseo del peso y presitigio del Metropolitan, en el que aspira a convertirse en “la Brunilda de su generación”. Expectativas desmesuradas teniendo en cuenta que parece haber llegado al rol mas por razones de declive que de maduración vocal. Voigt no es ya la Brunilda de la escena del Sigfrido grabada junto a Plácido Domingo en 1999 (Pappano/EMI), y parece que si el timbre ha perdido su tersura straussiana, quizá haya llegado el momento de disimularlo bajo el manto de la orquesta wagneriana. La pérdida de redondez y el agudo estridente sitúan su Brunilda por debajo tanto de la más sensible y experimentada de Hildegard Behrens como de la vocalmente ejemplar de Jennifer Wilson, quizá la mejor Brünnhilde de la videografía en términos puramente vocales. Afortunadamente, a diferencia de otras rivales recientes, Voigt alcanza los agudos con seguridad, es una intérprete sensible, y posee la suficiente estamina como para solventar los Actos II y III del Ocaso -los más convincentes dadas sus deficiencias- con bravura y sin desfallecimientos.

El caso del Wotan de Bryn Terfel es notablemente distinto. Aún afrontando por primera vez el rol de Viandante en el Sigfrido, se trata de un Wotan experimentado, con unos espectaculares medios vocales, acompañados en su caso de un físico imponente y carismático. Sin embargo su técnica vocal está lejos de ser ortodoxa, con numerosos cambios de color, una emisión demasiado abierta y una recurrencia al grito que consigue disimular únicamente gracias a la belleza y potencialidad del instrumento. La comparación con su antecesor James Morris -un bajo-barítono de una nobleza vocal comparable a la del legendario George London-, o incluso con el más modesto (pero aún de buena ley) Juha Uusitalo en la producción valenciana, no consigue sino asemejarlo peligrosamente con otro histórico Wotan, el del vociferante Theo Adam.

El tenor tejano Jay Hunter Morris se hizo cargo del rol de Siegfried en el último momento al darse de baja el tenor previsto, constituyendo una de las revelaciones de la producción. Sabido es que desde los tiempos de Wolfgang Windgassen no ha existido un tenor capaz de cantar este rol mostrando a la vez una sana técnica vocal, solvencia en los agudos, resistencia, sentido artístico y veracidad dramática. Siegfried Jerusalem, estuvo cerca del ideal pero pasó apuros en los agudos y acusó cierta falta de resistencia, mientras que Lance Ryan ha destacado básicamente en estos dos apartados y en ninguno más. Hunter Morris adolece de todo ello en mayor o menor medida: su técnica vocal -en concreto la emisión- recuerda a la del funesto Manfred Jung, aunque debe reconocerse en ella una mayor redondez y un menor esfuerzo: sufre en los agudos (omite el Do de “Meinem frohem Muthe” al final del Acto II) y llega desfallecido al dúo con Brünnhilde en el Acto III de Sigfrido. Pese a todo, su entrega y -si se me permite- candor, la veracidad de su encarnación, así como su perfecta adecuación física, unida a una ajustada suficiencia de los medios vocales, consiguen dar el suficiente relieve al personaje y generar la empatía de la que tantas veces escasea este ingrato rol.

Frente a los altibajos del trío protagonista, la pareja wälsunga rinde al máximo nivel. Jonas Kaufmann debuta como Siegmund, un rol que se ajusta como un guante a sus características vocales y que sirve con su habitual elegancia y entrega. Un altísimo nivel para debutar en un rol que sin duda profundizará con la experiencia y que supera sobradamente a todos sus predecesores videográficos. Eva-Maria Westbroek ofrece como Sieglinde una réplica menos rotunda pero a la altura de las circunstancias, teniendo en cuenta además que competía con la sobrehumana e insuperable Jessye Norman del anterior registro metropolitano. Debemos incluir en la cúspide vocal del ciclo al bajo Hans-Peter König -de hecho, el único cantante que figura en los cuatro títulos como Fafner, Hunding y Hagen-, poseedor de una voz profunda y resonante sin trampa ni cartón y al que solo podría pedírsele una caracterización más individualizada de sus personajes, y a la experta Waltraud Meier, quien repite una sabia y matizada Waltraute en el Acto I del Ocaso.

Los papeles secundarios están sobradamente servidos. Eric Owens sirve un Alberich generoso y rudimentario como mandan los cánones, aunque plano en la expresión, Gerhard Siegel repite un rol -el de Mime- del que se ha convertido en el máximo exponente del momento, Richard Croft entona un Loge de pureza mozartiana y Wendy Bryn Harmer conquista como Freia y como Gutrune.

En definitiva, estamos ante un Anillo con muchos atractivos, apto para aquéllos espectadores poco amantes de los experimentos pero que quieran disfrutar de un montaje moderno, o que deseen introducirse por vez primera en esta obra y no dispongan de un bagaje histórico o filosófico que sí sería necesario para las propuestas centroeuropeas. Se trata además de un Anillo bastante equilibrado, que no sufre altibajos significativos a lo largo de sus cuatro veladas y que se deja querer más cuanto más se lo ve. 

 

Rafael Fernández de Larrinoa