Audioclasica

17.XI.2013. “La Regina solo sei tu”

  Gran Teatre del Liceu 17-XI-2013   EDITA GRUBEROVA, soprano. ALEXANDER SCHMALCZ, piano.   Obras de Schubert, Rachmaninov y R. Strauss Aforo: 2.292 Asistencia: 99%   “La Regina solo sei tu” rezaba, sobre un corazón pintado, la enorme pancarta que asomó primero desde el antepalco para aparecer luego colgada del cuarto anfiteatro. Y “Gruberova und Liceu: immer eine Feier” decían los pasquines tricolores que, por centenas, se dejaron caer desde lo alto del escenario en pleno éxtasis de público cuando la soprano concluía su recital. Una fiesta, sí, en la que se celebró de nuevo ese rito de la comunión…

 

Gran Teatre del Liceu

17-XI-2013

 

EDITA GRUBEROVA, soprano. ALEXANDER SCHMALCZ, piano.

 

Obras de Schubert, Rachmaninov y R. Strauss


Aforo: 2.292 Asistencia: 99%

 

“La Regina solo sei tu” rezaba, sobre un corazón pintado, la enorme pancarta que asomó primero desde el antepalco para aparecer luego colgada del cuarto anfiteatro. Y “Gruberova und Liceu: immer eine Feier” decían los pasquines tricolores que, por centenas, se dejaron caer desde lo alto del escenario en pleno éxtasis de público cuando la soprano concluía su recital. Una fiesta, sí, en la que se celebró de nuevo ese rito de la comunión que desde hace años se mantiene viva entre la artista y sus fieles liceístas y que seguramente ha trascendido ya a la dimensión de lo legendario.

La Gruberova se presentó en esta ocasión con un programa íntegramente dedicado al lied, con una primera parte netamente schubertiana y una segunda compartida entre Rachmaninov y Strauss. Certera fue la elección de las páginas. Si hacemos gracia de la inicial An die Musik –a la que tal vez sólo por su temática se le concedió el lugar de apertura– y que obligó a la cantante a abordar demasiado pronto un par de serios compromisos en el registro inferior, los primeros títulos schubertianos facilitaron la entrada en calor del instrumento todavía prodigioso de la cantante y pusieron de manifiesto los muchos poderes que exhibe aún a día de hoy en el repertorio liederístico y que podrían resumirse en dos: un impecable fraseo y una exquisita capacidad melódica. Con atentísimo y sutil acompañamiento de Alexander Schmalcz al piano, el Schubert de la Gruberova fue, sin embargo, menos fascinante que su Rachmaninov: con éste la expresividad creció exponencialmente y fue aquí donde empezaron a comparecer algunas de esas notas inverosímiles que sólo han estado al alcance de unas pocas prime donne del bel canto. Pero fue con las páginas de Strauss donde alcanzaría la cantante su mejor compenetración con las características del género: con Strauss supo ser delicada y sugerente, profunda e íntima, con páginas memorables como Die Nacht o Waldseilgkeit.

Pero, si la visita de una Gruberova liederista –y tan brillantemente liederista, conviene insistir– habría sido suficiente motivo de regocijo, el delirio había de sobrevenir en el territorio de las propinas: nuevamente straussiana, la primera –“Stanze”– abrió paso a una “Villanelle” de Eva dell’Acqua donde la diva dio rienda suelta a toda su acrobacia vocal: pianissimi, sfumature y todo tipo de cabriolas con una messa di voce impecable y una modulación limpísima, cristalina de cada nota. Instalado el belcantismo sobre el escenario, no habría de marcharse más: para las dos últimas propinas fueron invocadas sendas páginas ya decididamente operísticas: el “Ombra leggera”, de Dinorah de Meyerbeer y “O luce di quest’anima” de la donizettiana Linda di Chamounix vinieron a culminar el concierto y la gozosa liturgia de identificación entre el desatado público y la soprano, a la que le contamos más de diez salidas para corresponder a los infinitas salvas de aplausos y a los vítores jalonados de lanzamiento de ramos de rosas y de claveles.

Y si la expresión “la Regina solo sei tu” peca de hiperbólico, no cabe duda de que Edita Gruberova ha sido –sigue siendo, ¡qué caramba!– una de las reinas absolutas de su tesitura. Y, desde luego, la más adorada en su inexpugnable reino del Liceu.

Javier Velaza

Crédito: © A. Bofill