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Ravi Shankar. Un infatigable predicador de la belleza musical de la India

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Ravi Shankar. Se puede llegar a afirmar, exagerando sólo lo justo, que el nombre de Ravi Shankar (1920-2012) es hoy sinónimo en la India de sitar y que, en los países occidentales, lo es de la música india en general. Tal es su relevancia internacional. El panorama de la música clásica profesional en la India es, afortunadamente para todos, mucho más plural y amplio, pero no cabe duda de que Ravi Shankar ha sido una de las figuras más importantes de esta tradición artística durante la segunda mitad del siglo pasado y que su labor para su difusión mundial ha…

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Ravi Shankar

ravi shankar

Ravi Shankar.

Se puede llegar a afirmar, exagerando sólo lo justo, que el nombre de Ravi Shankar (1920-2012) es hoy sinónimo en la India de sitar y que, en los países occidentales, lo es de la música india en general. Tal es su relevancia internacional. El panorama de la música clásica profesional en la India es, afortunadamente para todos, mucho más plural y amplio, pero no cabe duda de que Ravi Shankar ha sido una de las figuras más importantes de esta tradición artística durante la segunda mitad del siglo pasado y que su labor para su difusión mundial ha sido, ciertamente, titánica. Este maestro del sitar abandonó su cuerpo hace ahora un año, a los 92 años de edad.

Se puede llegar a afirmar, exagerando sólo lo justo, que el nombre de Ravi Shankar es hoy sinónimo en la India de sitar y que, en los países occidentales, lo es de la música india en general. Tal es su relevancia internacional. El panorama de la música clásica profesional en la India es, afortunadamente para todos, mucho más plural y amplio, pero no cabe duda de que Ravi Shankar ha sido una de las figuras más importantes de esta tradición artística durante la segunda mitad del siglo pasado y que su labor para su difusión mundial ha sido, ciertamente, titánica. Este maestro del sitar abandonó su cuerpo hace ahora un año, a los 92 años de edad.

De flor en flor, buscando su verdadera vocación

Ravindra Shankar, versión sánscrita de su nombre original en bengalí Robindro Shaunkor, nació el 7 de Abril de 1920 en la más sagrada de las ciudades sagradas de la India, Varanasi (por aquél entonces, todavía Benarés). Su hermano mayor, Uday Shankar, veinte años mayor que él y un apasionado de las artes escénicas de su país, creó una compañía de danza y música de la India hacia el año 1930, en la que el pequeño Ravi pudo integrarse teniendo tan sólo diez años de edad. El primer gran destino internacional fue París, donde las exóticas representaciones de la formación alcanzaron un considerable éxito. A París le siguieron muchas otras ciudades europeas y también de los Estados Unidos. Para poder formar parte activa de la compañía, Ravi Shankar había aprendido, de manera más bien autodidacta e informal, movimientos básicos de la danza tradicional de su país y también a tocar de manera muy elemental varios instrumentos indios. Era suficiente, pues la figura principal de la compañía, donde se posaba la mirada y toda la atención del público, era su hermano mayor Uday. En el año 1935 un gran músico se une temporalmente al grupo. Su nombre era Allauddin Khan y había de cambiar drásticamente la vida del joven Ravi Shankar.

El violinista estadounidense Yehudi Menuhin.Allauddin Khan, un músico con un amplio y profundo conocimiento del mundo del rāga y el tāla (melodía y ritmo, en música clásica indostaní) y con un control a nivel profesional de numerosos instrumentos, causó una gran impresión al joven Shankar. Cuando su tiempo con la tropa de Uday Shankar terminó, el maestro dijo a Ravi: “Creo sinceramente que tienes mucho talento para la música, pero aquí, en esta compañía, no lo vas a poder desarrollar. Eres como una mariposa, vas de flor en flor. Tocas un instrumento un poco, luego saltas a otro, luego intentas tocar también la percusión, luego bailas,… Si algún día decides dedicarte en serio a la música, serás bienvenido en Maihar (residencia de Allauddin Khan, en el estado de Madhya Pradesh)”. Estas palabras se grabaron a fuego en la cabeza y en el corazón del joven y desconcertado Ravi. Durante los dos años siguientes se libró una intensa lucha en su interior, entre la cómoda vida de viajes y placer de la que disfrutaba con la compañía de su hermano y el ardiente deseo de aprender música seria y tradicional de la mano de un maestro de semejante talla artística. Por fin, en 1938, Ravi Shankar hizo las maletas y se puso rumbo a Maihar.

Durante siete años permaneció Shankar en la residencia de este estricto gurú, un lugar alejado de las distracciones habituales de la urbe. La dedicación a la música allí era absoluta y realmente intensiva, cosa que en un primer momento resultó difícil de asimilar para el joven alumno, acostumbrado a un ritmo y estilo de vida casi opuesto. La rutina diaria consistía, básicamente, en levantarse a las cuatro de la mañana para tomar lecciones y practicar con el instrumento una media de diez horas, quedando sólo el tiempo suficiente para comer, dormir y dar algún paseo para descansar. Su tiempo en Maihar se pareció mucho al de un retiro espiritual en un āshram, con la música como vehículo para el perfeccionamiento interior. Shankar, entre varias otras posibilidades, eligió el sitar como instrumento en el que concentrar todas esas interminables horas de disciplinada e intensiva riyāz (término en urdu para práctica o disciplina). Cuando en 1944 abandonó la residencia de su gurú en Maihar, el errático diletante que fue se había convertido en uno de los más grandes maestros del sitar de todos los tiempos.

Con un sitar en sus manos y la mirada puesta en el horizonte

Durante unos cuantos años Shankar permaneció en la India, tratando de promocionar la música clásica en su propio país y también componiendo para películas y participando en diferentes proyectos escénicos. En 1949 se le nombró director de All India Radio, cargo que le permitió llevar a cabo algunos proyectos musicales de envergadura. Algún tiempo más tarde, y siguiendo el ejemplo de su hermano mayor Uday, comenzó a viajar por Europa y los Estados Unidos para dar a conocer también en el extranjero la música clásica de su país natal. Los inicios fueron duros, los oídos occidentales no estaban preparados para entender en toda su profundidad y belleza este tipo de música. Pero Ravi Shankar, que estaba absolutamente convencido del valor de lo que presentaba, perseveró y logró ir retirando, con el bastoncillo de la pedagogía, el desconocimiento y los prejuicios que taponaban esos oídos. Con el tiempo, la crítica internacional habría de nombrarle “el embajador de la música clásica de la India”.

Como consecuencia directa de haber viajado incansablemente por gran parte del mundo para dar a conocer la musica de su país natal, Shankar tuvo la oportunidad de conocer a numerosos músicos célebres de diferentes estilos y nacionalidades. Con algunos de ellos se embarcó en proyectos conjuntos más o menos ambiciosos. El mestizaje musical le pareció al maestro de Varanasi una buena manera también de introducir la música de su país en culturas ajenas.

El director de orquesta indio Zubin Mehta.El primero encuentro importante fue con el violinista Yehudi Menuhin, a quien conoció en 1951 y con quien estableció una gran amistad que duró el resto de sus vidas. En ese año Menuhin viajaba por vez primera a la India, para dar unos conciertos organizados en la ciudad de Delhi. Un amigo en común organizó una velada musical en la que Ravi Shankar tuvo la oportunidad de hacer sonar su sitar también. El violinista norteamericano quedó, desde ese primer y fortuito contacto, profundamente enamorado de la música clásica de la India. Años más tarde, en 1966, grabarán el primero de una serie de discos titulados “West meets East” (un encuentro entre Occidente y Oriente -en el tercer volumen participó también el histórico flautista francés Jean-Pierre Rampal). En esta pionera grabación encontramos un primer tema interpretado por Menuhin llamado Prabhāti, basado en el rāga Gunkali y precompuesto por Shankar. Un segundo tema es el rāga Puriya Kalyan, interpretado por el sitarista. El tercer tema se titula Swara-Kakali, basado en el rāga Tilang e interpretado por ambos (en jugalbandi, tal y como se llama en la India al hecho de que dos músicos se junten para elaborar dialogadamente un rāga). La grabación se completa con la Sonata n.3 para violín y piano (en la menor, op.25) de George Enescu, que fue uno de los maestros del violinista neoyorkino. Menuhin conservó durante toda su vida un sentimiento de profunda gratitud hacia Shankar por haberle facilitado la entrada en este universo musical. El contacto con esta música llegó incluso a enriquecer enormemente su labor como intérprete de la tradición clásica occidental, subrayando y dando volumen a los aspectos más emocionales y libres de las partituras. Así lo expresó en numerosas ocasiones. En la introducción que escribió para la autobiografía del sitarista indio, My music, my life, podemos leer: “Ravi Shankar me brindado un regalo precioso. Gracias a él he podido añadir una nueva dimensión a mi experiencia musical -una dimensión que pertenece a toda la gran música, incluida la nuestra, pero que, conjuntamente con muchos otros aspectos de naturaleza intuitiva y que deben brotar de la inspiración, nuestro mundo deja fuera de sus confines”.

Sus dos conciertos para sitar solista y orquesta sinfónica son también innovadoras y ambiciosas obras que nacen de la voluntad de experimentar hasta qué punto la tradición musical clásica occidental y la india pueden entenderse. Si en las grabaciones con Menuhin era este el que tuvo que hacer el mayor esfuerzo para ajustarse a la sonoridad y estructura propias de la música india, en estos dos conciertos fue Shankar quien tuvo que llevar a cabo todo un trabajo personal para lograr ajustar las partes solistas de sitar, precompuestas, en la estructura formal del concierto. Hay que recordar que la música clásica de la India es un arte de naturaleza esencialmente libre e improvisatoria. El primero de estos conciertos fue registrado por el pianista, compositor y director de orquesta André Previn y la London Symphony Orchestra, en 1971. El segundo, una obra mucho más madura ya a todos los niveles, fue grabado por Zubin Mehta (también de origen indio, nacido en Bombay) y la London Philarmonic Orchestra, en 1982. El problema con estas dos composiciones, a la hora de integrarlas en el repertorio concertístico internacional y darles continuidad, es, tal y como opinaba el propio Zubin Mehta, que no existen hoy día intérpretes de sitar profesionales lo suficientemente versátiles y preparados para desempeñar la parte solista. Quizá esta situación pueda corregirse en un futuro.

Años más tarde, brotará de la creativa mente musical de Ravi Shankar una nueva obra orquestal para sitar, esta vez en forma de sinfonía. Esta composición fue estrenada en el año 2010 y registrada en el 2012, bajo la dirección de David Murphy y, de nuevo, la London Philarmonic Orchestra. Debido a la avanzada edad del compositor, la parte del sitar está ejecutada en esta ocasión por su hija Anushka Shankar. La obra está dividida en los cuatro movimientos habituales de la sinfonía y cada uno de ellos se basa en un rāga diferente, los dos primeros tradicionales (Kafi Zila y Ahir Bhairav) y los dos últimos creados por Shankar ad hoc.

El compositor estadounidense Philip GlassTambién con el compositor minimalista norteamericano Philip Glass mantuvo Shankar una estrecha relación personal y profesional desde 1960, año en el que se encuentran por vez primera en París. Glass trabajó como su asistente ese año, ayudándole a transcribir a notación occidental la música que estaba creando para una película (“Chappaqua”, de Conrad Rooks). Su admiración por el músico indio llegó hasta el punto de afirmar: “Es fácil caer en el hábito de pensar en los grandes maestros de la música como personas que existieron en un tiempo ya lejano (…). Sin embargo, uno de esos maestros se encuentra entre nosotros ahora”. En el año 1990 produjeron juntos un álbum al que llamaron “Passages”. La idea motor era realmente estimulante para dos músicos de su nivel creativo; dos composiciones de Shankar basándose en temas de Glass, dos composiciones de Glass basándose en temas de Shankar y un par de temas más compuestos enteramente por cada uno de ellos. El resultado final fue muy bien acogido por la crítica internacional.

La relación con el saxofonista de jazz John Coltrane fue mucho más fugaz, pero marcada por una intensa y profunda emotividad. Se encontraron por primera vez en New York, hacia 1964. Aparte de la calidad de su música, a Ravi Shankar le impresionó la sofisticada y humilde personalidad del músico norteamericano, contraria a la de muchos otros grandes instrumentistas de jazz que había tenido la oportunidad de conocer anteriormente. Por aquel entonces Coltrane estaba experimentando una profunda transformación personal. Se había convertido al vegetarianismo, leía con avidez libros sobre espiritualidad del místico Ramakrishna y practicaba con regularidad yoga. También había comenzado a interesarse por la música clásica de la India, admirando especialmente la del sitarista de Varanasi. Coltrane sentía un profundo y creciente interés por esta música y quería incorporar algunos de sus aspectos más esenciales a su propio lenguaje musical. Shankar aceptó encantado la labor de ser él el encargado de ensanchar su comprensión sobre el universo musical indio. Sin embargo, conociendo él también la música de Coltrane, quiso preguntarle por esos momentos de “chillidos provenientes de un alma atormentada”, tal y como Shankar lo definía, que se pueden escuchar en sus improvisaciones. El músico indio escribió años más tarde que nunca olvidaría la expresión de la cara de Coltrane al escuchar semejante pregunta, sincera y profunda. La respuesta del músico de jazz se mantuvo al mismo nivel, y acabó por provocar las lágrimas del músico indio: “Ravi, eso es exactamente lo que quiero aprender de ti, cómo logras alcanzar tal nivel de paz con tu música y cómo la transmites a tu público”. Fue esta la última vez que ambos maestros se vieron. Acordaron reunirse de nuevo en el verano de 1967 para proseguir con las clases, pero John Coltrane murió justo antes de que ese nuevo encuentro tuviese lugar.

No obstante, el encuentro más trascendente de Shankar con un músico occidental, a juzgar por sus consecuencias posteriores, fue el que tuvo lugar con el miembro del grupo de pop The Beatles, George Harrison. Se conocieron en el año 1966 y es ese encuentro lo que provoca, en palabras del propio Shankar “la gran explosión del sitar”. Harrison había comenzado a interesarse por este instrumento y por la música de la India un año antes. Cuando se encuentran, el músico británico reconoce inmediatamente la altura artística del maestro que tiene delante y se convierte en su devoto y disciplinado discípulo. Hasta la muerte de Harrison, en el 2001, ambos músicos compartieron también una estrecha y afectuosa cercanía personal. La relación con este celebérrimo músico de pop facilitó que Ravi Shankar pudiese actuar en conciertos multitudinarios -como el Monterrey Pop Festival en 1967, el Festival de Woodstock en 1969 o el Concierto para Bangladesh en 1971- algo que ayudó a popularizar enormemente tanto su instrumento como la música india. Pero, como el mismo Shankar decía, nada se gana de manera rápida sin que se pierda algo también. Siempre guardó un recuerdo agridulce sobre esas hordas de hippies que tan entusiasmadamente respondían a su música. Por un lado apreciaba su sincero interés y su sana apertura emocional frente a lo nuevo, por otro lado era consciente de que, la mayoría de ellos, asimilaban su música de una manera más bien superficial y estúpida. El uso y abuso que hacían de las drogas era otro aspecto de su modo de vida que Shankar censuraba enérgicamente.

Su legado artístico, el único mausoleo a honrar

La preocupación de este músico de Varanasi por difundir y perpetuar la gloria de la tradición musical de la India se manifestó también en el gran esfuerzo que llevó a cabo para formar sólidamente a las nuevas generaciones de músicos. Muchos de ellos se han convertido en grandes nombres. De entre ellos podríamos destacar a Kartik Kumar (sitar), Shubhendra Rao (sitar), Tarun Bhattacharya (santur), Vishwa Mohan Bhatt (guitarra india), Partho Sarathy (sarod) o Lakshmi Shankar (vocalista, cuñada del maestro). Su hija Anoushka Shankar, sitarista, ha sido también moldeada musicalmente por su padre pero, aunque sus primeros pasos profesionales los dio dentro del ámbito clásico, actualmente se dedica a la experimentación y a la combinación de la característica sonoridad del sitar con otras músicas. Su cuarto álbum de música de fusión “Traces of you” (en el que colabora su hermana Norah Jones) acaba de salir al mercado. A pesar de que la música de Anoushka está teniendo una gran aceptación internacional, a su padre le apenaba profundamente que su hija no haya querido poner su enorme talento artístico al servicio de la música clásica. Cómo él mismo decía, con esa sencillez y naturalidad tan propias de su carácter, “son otros tiempos y además mi hija ha crecido con todas esas distracciones como la televisión, el cine, las discotecas, la moda,…”. Estas palabras cobran un especial significado si recordamos de qué manera llevó a cabo él su formación musical.

El beatle George Harrison.En el año 1997 se creó la Ravi Shankar Foundation, que recoge abundante documentación, gráfica y sonora, sobre el sitarista y también los premios que recibió a lo largo de su carrera artística. Se estableció también, en Delhi, un centro artístico bajo su nombre que es hoy un referente pedagógico internacional en música clásica y otras artes escénicas.

Ravi Shankar siguió tocando su música y ofreciéndonosla hasta sus últimos momentos de vida. Su hija Anoushka Shankar transmitía hace unos años la preocupación de la familia ya que, dada su avanzada edad y su frágil estado de salud, no parecía lo más conveniente que siguiese trasladándose y dando recitales públicos, que siguiese sometiéndose a tal desgaste. Los consejos y ruegos de la familia caían en saco roto. Él necesitaba seguir tocando para sentirse vivo, él no podía dejar de hacer lo que había sido su más profunda pasión durante toda su larga vida. Annoushka lo expresaba breve y claramente cuando decía: “Mi padre necesita tocar como también necesita el aire que respira”. Puede parecernos, de hecho, como si hubiera buscado que su último aliento vital coincidiese con el último Sa (nota base y fundacional en la que acaba todo rāga) de su sitar. El maestro falleció el día 11 de Diciembre de 2012. Sus hijas, Anoushka Shankar y Norah Jones, esparcieron sus cenizas, según la milenaria tradición, en las aguas sagradas del río Ganges. Las grandes almas en la India, aquellas que han alcanzado la plenitud y la perfección, no vuelven a reencarnarse. Si la de Ravi Shankar lo hace, es seguro que no será por motivos musicales.

Jaime Rodríguez Pombo

musicaclasicaindia@outlook.es