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17.XII.2013. Yes, we can!

  Gran Teatre del Liceu17-XII-2013 DI DONATO, PODLEŚ, COOTE, MASSIS, OBREGÓN, MARTINS, NAOURI. ORQUESTA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. ANDREW DAVIS, director. LAURENT PELLY, Dirección de escena. BARBARA DE LIMBURG, Escenografía. LAURENT PELLY (con la colaboración de Jean-Jacques Delmotte) vestuario. DUANE SCHULLER, iluminación. LAURA SCOZZI, Coreografía. J. Massenet: Cendrillon. Cuento de Hadas en cuatro actos. Libreto de H. Cain basado en el cuento La Cenicienta de Ch. Perrault. Nueva coproducción del Gran Teatre del Liceu, Royal Opera House Covent Garden (Londres), Théâtre Royal de la Monnaie (Bruselas) y Opéra de Lille. Aforo: 2.292 Asistencia: 99%   En las…

 

Gran Teatre del Liceu
17-XII-2013

DI DONATO, PODLEŚ, COOTE, MASSIS, OBREGÓN, MARTINS, NAOURI. ORQUESTA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. ANDREW DAVIS, director. LAURENT PELLY, Dirección de escena. BARBARA DE LIMBURG, Escenografía. LAURENT PELLY (con la colaboración de Jean-Jacques Delmotte) vestuario. DUANE SCHULLER, iluminación. LAURA SCOZZI, Coreografía.

J. Massenet: Cendrillon. Cuento de Hadas en cuatro actos. Libreto de H. Cain basado en el cuento La Cenicienta de Ch. Perrault. Nueva coproducción del Gran Teatre del Liceu, Royal Opera House Covent Garden (Londres), Théâtre Royal de la Monnaie (Bruselas) y Opéra de Lille.

Aforo: 2.292 Asistencia: 99%

 

En las líneas que siguen, distinguido lector, vas a leer el elogio vehemente y hasta encendido de la representación de una ópera de argumento manido, libreto mediocre y partitura bastante insustancial. Pero, como escribió premonitoriamente Charles Perrault en su cuento Cenicienta o el zapatito de cristal, “la belleza es…un raro tesoro. Nadie se cansa de admirarla. Pero la gracia no tiene precio, pues es más valiosa que la hermosura”.

La Cendrillon de Massenet no es un título operístico que descuelle por su belleza. No resiste, por supuesto, la comparación con la Cenerentola rossiniana, ni tampoco figura entre lo más sugerente de la producción del irregular compositor francés, a mucha distancia de su Manon o de su Werther. Henri Dain –que ya había puesto letra La Navarraise– partió del cuento de Perrault para crear un subproducto literario apenas apto para un público infantil, vacío de la perversidad sádica del original perraultiano y a un tiempo privado de la magia de otras versiones –nada hay aquí, por ejemplo, de la calabaza y los ratones que se transmutan en carruaje y caballos por arte de varita mágica–. Y la réplica musical que Massenet le dio no va tampoco más allá del pastiche, salvo en algunos pasajes de los dos últimos actos, de vuelo un algo más ambicioso.

¿Se puede poner en escena, pues, un título como éste en nuestro tiempo y que resulte un éxito tan indiscutible como en la fecha de su estreno, ante un público, sin embargo, muy distinto y de un grado de exigencia mucho mayor? ¿Se puede disfrutar todavía, entrado el siglo XXI, con obras decididamente menores si los medios vocales y escenográficos puestos en juego son los indicados? ¿Podemos esperar, en este tiempo de tribulaciones, que teatros en zozobra económica, con orquestas y coros mezquinamente maltratados y pendientes de un hilo sean capaces de ofrecernos espectáculos de altísimo nivel?

La producción que se presenta en el Liceu –y que ya ha visitado antes los escenarios de otros de los coproductores– es una buena respuesta a todo ello. Cuesta trabajo imaginar un casting vocal más adecuado que el reunido aquí para encarnar a los personajes principales del cuento cenicientesco. Si eficaces son la Noèmie de Cristina Obregón y la Dorothée de Marisa Martins, el Pandolfo de Laurent Naouri es un pequeño lujo. Alice Coote compone un príncipe azul magnífico, por más que su registro no sea exactamente el de una falcon y si el rol de la madrastra no se hubiese escrito nunca –en la Cenerentola, por cierto, es sustituida por Don Magnifico– urgiría hacerlo de inmediato para que lo cantase una hilarante Ewa Podleś. Pero todavía hay que elevar un punto el carácter encomiástico de los epítetos para referirnos a la Cendrillon de Joyce DiDonato y al hada madrina de Annick Massis: la primera tiene el instrumento preciso para el papel, con un centro amplio y dúctil y un registro agudo en plenitud, más apurado en los sobreagudos que, por lo demás, son fácilmente prescindibles en la obra. La Massis es un hada de vocalidad poderosa, brillante, colorista que casi convence al público de que viene de otra dimensión. Y si todos ellos rozan o alcanzan el sobresaliente en lo vocal, cabe decir que igual nota merecen en lo dramatúrgico: y aquí es donde cumple conceder mención especial al trabajo de Laurent Pelly, sin duda uno de los directores de escena más interesantes del panorama actual –suyos son, por ejemplo, los Puritani recentísimamente presentados en La Bastille–. Pelly realiza una lectura caricaturesca de la historia –quizás no la única posible, pero sí una de las más inteligentes– y elabora una auténtica fiesta visual basada en el imaginario del cuento infantil ilustrado. En esa dinámica todo ­–luces, vestuario, peluquería y movimiento escénico– se justifica, funciona y subyuga para que el público quede inmediatamente inmerso –igual que en la niñez– en aquella lógica tan naïve como indiscutible. Pelly salva con su trabajo algunos pasajes especialmente triviales de la ópera, como el del prescindible baile.

A esa suma de aciertos hay que añadir el admirable rendimiento de la orquesta. Andrew Davis acierta a extraer de ella una música luminosa, risueña, pintiparada para el conjunto, administra sabiamente tiempos y dinámicas, cuida generosamente el volumen para realzar las partes cantadas. En suma, una prestación orquestal de autoafirmación y que da todas las razones del mundo para la esperanza.

Si nuestros diversos escenarios musicales están enviando un mensaje en los últimos tiempos a quien tenga oídos para escucharlo, si queremos atender también al que nos declara resuelta esta Cendrillon, ése es que, a pesar de todos los pesares, sí, se puede y sí, podemos.

Javier Velaza

Crédito: © A. Bofill