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12.II.2014. Un tigre íntimo y sutil

  Invierno 2014. Abono 7. Palau de la Música. Sala Iturbi 12-II-2014 ORQUESTA DEL TEATRO MARIINSKY DE SAN PETERSBURGO. VALERI GÉRGIEV, director. Gustav Mahler: Sinfonía nº 9 en re mayor   Aforo: 1.817 Asistencia: 100%     La última vez que Valeri Gérgiev y la Orquesta del Mariinsky estuvieron en el Palau de la Música de Valencia fue en diciembre de 2010. Desde entonces, al “tigre siberiano” se le ha afeado su estrecha amistad con Vladímir Putin. Un hecho que data de cuando éste era alcalde de San Petersburgo en 1992. Gérgiev dirige el Mariinsky desde hace veinticinco años y…

 

Invierno 2014. Abono 7. Palau de la Música. Sala Iturbi

12-II-2014

ORQUESTA DEL TEATRO MARIINSKY DE SAN PETERSBURGO. VALERI GÉRGIEV, director.

Gustav Mahler: Sinfonía nº 9 en re mayor


 

Aforo: 1.817 Asistencia: 100%

 

 

La última vez que Valeri Gérgiev y la Orquesta del Mariinsky estuvieron en el Palau de la Música de Valencia fue en diciembre de 2010. Desde entonces, al “tigre siberiano” se le ha afeado su estrecha amistad con Vladímir Putin. Un hecho que data de cuando éste era alcalde de San Petersburgo en 1992. Gérgiev dirige el Mariinsky desde hace veinticinco años y es uno de los directores de orquesta que más poder ha acaparado en la historia de la dirección. El pasado mayo estrenó el lujoso Mariinsky-II, símbolo cultural de la nueva Rusia. En una entrevista concedida a Ruiz Mantilla hace tres años dejó claro cuales son sus modos: los sindicatos están bien para otros teatros, pero no para el de San Petersburgo. Más o menos, lo que opina la mayoría de empresarios al uso.

A finales de 2013, su laxitud hacia la legislación rusa que prohíbe la propagada gay llevó a una serie de colectivos a protestar ante los auditorios en los que dirigía: en el estreno de Eugene Onegin en el Met (donde también se abucheó a Anna Netrebko),en el Carnegie Hall, Covent Garden o Barbican Center. Al mismo tiempo, le han llegado furibundos ataques por parte del popular Alex Ross, entre otros críticos occidentales. Éste le ha reprochadodicha conducta en un artículo publicado en The New Yorker titulado Imperius. El estadounidense lo tilda como prominent supporter” dePutin y compara su actitud con la complacencia de Richard Strauss ante el nazismo. Añade, que el exceso de trabajo (compatibiliza la dirección general del Mariinsky con la London Symphony Orchestra, la World Orchestra of Peace y a partir de 2015 con la Münchner Philharmoniker) le impide ensayar concienzudamente. Al crítico le molestó especialmente la ligereza con la que se tomó la Sinfonía nº 8 de Shostakovich en uno de los conciertos del Carnegie. Dice que le produjo “incomodidad psicológica” al no empatizar con los sufrimientos del autor durante el estalinismo.

Ni en la Sala Iturbi, ni en los alrededores del Palau de la Música encontramos malestar alguno hacia el ruso (cabe recordar que en 2009 recibió la Medalla de Oro de este auditorio). Más bien al contrario, la expectación para escuchar su Novena de Mahler era absoluta. Es una página que grabó en vivo con la LSO en 2011 y por tanto la conoce bien. No nos consta si los ensayos fueron suficientes o no, pero los músicos del Mariinsky también se la saben al dedillo. A diferencia de la versión registrada, la de esta tarde nos pareció más íntima y sutil, una pizca menos monumental. En su narración, el director evitó grandilocuencias y, sobre todo, huyó de la pátina elegíaca que la recubre. Ya son muchas muertes las que se ciernen sobre esta obra, también asociada para siempre con la última aparición del llorado Claudio Abbado en España. Muchos son los minutos de congoja que deja al acabar. Gérgiev acabó con un tenso silencio, sí, pero no muy largo, más intelectual que dramático.

Curiosamente, el ruso no dirigió para toda la orquesta. No guardó equidistancia alguna en el centro del semicírculo que deja la cuerda. Estuvo casi siempre escorado hacia los violines, con quienes conversó y a quines mimó, pero también exigió sobremanera. Parecía tenerlos atados a su mano izquierda, a todos y cada uno de ellos, con unos ramales invisibles para manejarlos a su antojo, subiendo la intensidad, pidiendo piano, marcando el vibrato o moldeando el fraseo en cotas intensamente emotivas. La mano derecha se encargó de todo lo demás. Con ella destacó todos los colores de la partitura (bellísimos y sorpresivos unísonos de clarinetes en su registro grave y quejumbrosas las trompas). Resaltó todos los motivos que se agolpan, se rompen, se cruzan y se retuercen sobre las cuatro notas que da el arpa al inicio y los timbales repiten machaconamente. El Ländler sonó exuberante, revestido de cierta gravedad al final. En el Rondo-Burleske, inesperadamente, el salto de novena de la trompeta (Etwas gehalten) abrió la sonoridad del conjunto a ingrávidas tonalidades, como si de una ensoñación se tratase. Antes del final del movimiento, también por sorpresa, el clarinete destacó la última burla del joker con un acertado cinismo. La indicación “sehr langsam und noch zurückhaltend” del último movimiento se podría traducir, a groso modo, como morendo. Una muerte, no obstante, serena, sin pathos ni desgarro, y más que metafísica, puramente física: la propia extinción del sonido a partir del solo de cello (¡qué hermoso sonó!). Un precioso final para una lectura que empuja a Mahler hacia Schönberg, Webern y Alban Berg.

Daniel Martínez Babiloni

Crédito: Eva Ripoll

Pie de foto: UN MOMENTO DEL CONCIERTO DE LA ORQUESTA DEL TEATRO MARIINSKY Y VALERI GÉRGIEV EN VALENCIA