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Antonio Moral

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Antonio Moral, Director del CNDM. Crédito: Elvira Megías. El Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) es una institución que nace a raíz de la fusión, empujada por la omnipresente crisis, de distintos organismos tales como el Centro Nacional de las Músicas Históricas de León, el antiguo Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (CDMC) o parte de la programación del Auditorio Nacional de Música. No obstante, es en este excepcional edificio, obra del arquitecto José María García Paredes, donde tiene su sede física. Lo que en un principio se aventuraba como una medida drástica de adaptación a los nuevos…

Antonio Moral, Director del CNDM. Crédito: Elvira Megías.

El Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) es una institución que nace a raíz de la fusión, empujada por la omnipresente crisis, de distintos organismos tales como el Centro Nacional de las Músicas Históricas de León, el antiguo Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (CDMC) o parte de la programación del Auditorio Nacional de Música. No obstante, es en este excepcional edificio, obra del arquitecto José María García Paredes, donde tiene su sede física. Lo que en un principio se aventuraba como una medida drástica de adaptación a los nuevos tiempos, parece haber comenzado a caminar por interesantes derroteros al tomar la gestión una nueva dimensión y perspectiva, precisamente, por la unión de recursos y voluntades.

El Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) es una institución que nace a raíz de la fusión, empujada por la omnipresente crisis, de distintos organismos tales como el Centro Nacional de las Músicas Históricas de León, el antiguo Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (CDMC) o parte de la programación del Auditorio Nacional de Música. No obstante, es en este excepcional edificio, obra del arquitecto José María García Paredes, donde tiene su sede física. Lo que en un principio se aventuraba como una medida drástica de adaptación a los nuevos tiempos, parece haber comenzado a caminar por interesantes derroteros al tomar la gestión una nueva dimensión y perspectiva, precisamente, por la unión de recursos y voluntades.

Al margen de las estadísticas –muy elocuentes en términos económicos, dicho sea de paso–, lo cierto es que, tras cuatro temporadas, el proyecto empieza a dejar ver algunos cambios en nuestro panorama musical tales como la presencia de géneros musicales en forma de ciclos estables nunca antes vistos en el Auditorio como el flamenco y el jazz, una sensible descentralización de la actividad concertística, y la aparición de nuevos y singulares ciclos de carácter social y pedagógicos.

Así, el CNDM se perfila como el buque insignia de la cultura musical de este país, y como una institución de referencia que consigue implementar una buena dosis de inercia cultural. Al frente de la misma se encuentra Antonio Moral, su director actual, con quien tuvimos el placer charlar en su despacho de la calle Príncipe de Vergara.

Nuevos tiempos, nuevas ideas

Raúl Jiménez. Usted parece haber pasado por los principales puestos de gestión de este país de cierta relevancia. ¿Cómo se producen los inicios en ese itinerario?

Antonio Moral. Existe algo que no he realizado todavía: gestionar una orquesta. He hecho todo menos eso. Empecé en el mundo de la música por pura afición ya que provengo de una familia de músicos y de pequeño me perseguían para que estudiase música. No obstante, yo no quería meterme en la música. Al final, durante mi adolescencia se despertó un interés en el género del rock del momento (hablamos de Supertramp, Pink Floyd, y todos aquellos grupos que hoy son ya clásicos). De ahí di el salto a la música clásica hasta el punto de que, lo que no quise estudiar de pequeño, me puse a estudiarlo de mayor.

Uno no tiene que ser músico para entender la música, como no todo el mundo tiene que ser pintor para entender la pintura

Incluso me apunté a una academia con veintiún años y fue en ese momento, al entrar en contacto con la aridez del solfeo, cuando entendí que uno no tiene que ser músico para entender la música, como no todo el mundo tiene que ser pintor para entender la pintura. Al ver que no me interesaba la interpretación comencé a poner en marcha otro tipo de proyectos relacionados con la gestión. El primero de ellos fue “Los Miércoles musicales” en el Palacio de la Magdalena de Santander con motivo del año europeo de la música, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

R. J. En lo que a su faceta como crítico se refiere, ¿cómo se producen los primeros contactos?

A. M. Mis primeros escritos se localizan en El Mirador de la complutense, revista mensual de la universidad, y de ahí (por casualidad) pasé a hacer crítica en el Liberación cuando Arturo Reverter me ofreció el puesto que le habían ofrecido a él y que tuvo que rechazar para ir a trabajar a Radio2. Entonces conocí el mundo de la edición y me lancé a fundar Scherzo, proyecto que sigue vivo después de treinta años y que fue el germen del Festival Mozart, del ciclo Grandes intérpretes, etc. Ese es el punto donde arranca toda una historia de gestión.

R. J. ¿Se puede hablar de un punto de inflexión?

A. M. Sí, es un punto en el cual fui adquiriendo experiencia en diversos campos. Lo cierto es que nunca me he acomodado demasiado tiempo en un mismo sitio. Es más, cuando creo que mi proyecto toca a su fin, me voy. De hecho, he cambiado mucho en todos estos años ya que esa es mi forma de trabajar. Me considero un afortunado por haber conseguido vivir de algo que realmente me gusta, lo cual no se paga con dinero. Mi carrera, en un principio, era otra: yo me dedicaba a la sanidad, dado que estudié medicina.

Crédito: Mario Orellana.

R. J. Permítame que le formule una pregunta que, en ocasiones, me parece pertinente realizarle a los gestores. En el mundo de la gestión el hecho de no ser músico ¿es una desventaja, o una ventaja?

A. M. Es indiferente. Lo que sí es importante es que un gestor tenga las ideas claras, tenga la experiencia necesaria y suficiente para hacer su trabajo, y que tenga una formación y bagaje cultural, no sólo en música, sino en todos los aspectos de la cultura. Vengo observando que los músicos se limitan en exceso a su parcela. Hablo en general, dado que particularidades hay muchas y muy honrosas. Quizá, el hecho de realizar una actividad tan absorbente, que requiere tantas horas, obligue al músico a crear su propio universo, a encerrarse en una jaula dorada. Por descontado, no faltan los ejemplos de músicos gestores que están realizando una magnífica gestión, hay de todo. Ser músico es muy importante, es un bagaje muy importante, pero no basta sólo con eso.

R. J. La gestión de una institución de las dimensiones de el CNDM, con su complejidad, su impacto social y cultural, su constante exposición a la opinión pública, etc. es susceptible de generar controversia. Recientemente pude asistir a una conversación entre un músico profesional y uno diletante en la que se ponía de manifiesto esta divergencia en el enfoque de la gestión.

A. M. Es difícil contentar a todo el mundo. Aquí ocurre lo mismo que con un seleccionador de fútbol: todo el mundo tiene la idea de cual sería su equipo ideal, y esto desata las polémicas en los medios de comunicación, en los corrillos de los bares… Entiendo que es muy difícil recibir la aprobación general. Por eso lo que pretendo es ser coherente con el proyecto que tengo entre manos. Me ciño a unos objetivos marcados tales como atender la música que no se encuentra dentro del repertorio, entendiendo por repertorio, esencialmente, la música del s. XIX y del Barroco. El 98% de lo que se hace es música desconocida, o muy poco transitada.

Me parece muy aceptable que un músico y un diletante discutan sobre la programación del CNDM, y que se establezca un debate; ese debería ser también el objetivo de una programación.

Este año vamos a recuperar setenta obras que no han sido interpretadas en tiempos modernos, obras que han sido rescatadas por musicólogos; tal es el caso de Niobe de Steffani, o Adriano en Siria de Veracini. Por otra parte, hay que señalar que nunca antes una institución española encargó tanta música a compositores actuales: hablamos de sesenta y dos estrenos absolutos. En ese sentido, hacemos lo que nos hemos marcado como objetivo. De cualquier forma, me parece muy aceptable que un músico y un diletante discutan sobre la programación del CNDM, y que se establezca un debate; ese debería ser también el objetivo de una programación. Un verdadero problema sería que resultase indiferente al público.

R. J. En una reciente entrevista que mantuvimos con José Antonio Echenique (director de La Quincena Musical de San Sebastián), nos revelaba como secreto del éxito de su trabajo el hecho de estar rodeado de gente de diversa formación, lo que enriquecía su enfoque y su visión profesional.

A. M. El equipo es fundamental. Yo soy la cabeza visible, pero conmigo hay trabajando un importante número de personas de las que no podría prescindir. El proyecto no existiría sin mi equipo y sin los setenta coproductores con los que trabajamos codo a codo. En realidad, nosotros servimos de puente entre los distintos agentes implicados para crear una actividad que, desde luego, sobrepasa nuestro nivel de acción. Para construir esto ha sido necesario muchísimo diálogo y cooperación a un nivel que no hubiese sido posible antes de la crisis. Todos somos muy egocéntricos y pensamos que lo que organizamos es lo mejor, y en época de “vacas gordas”, disponiendo de dinero, no es necesario unirse a nadie más. La crisis ha forzado un diálogo que ha obligado ha realizar un trabajo de puesta en común que se materializa en los trescientos conciertos que tendrán lugar en veintiuna ciudades.

Crédito: Elvira Megías.

R. J. De las siglas que componen el CNDM posiblemente la más ambigua sea la D. ¿Qué se entiende por difusión?

A. M. Difusión es dar a conocer, poner al servicio del ciudadano un repertorio que de otra manera no le sería accesible. En ese sentido, nosotros entendemos la recuperación del patrimonio musical español, la creación actual y el repertorio del s. XX (que a pesar de ser nuestro siglo, desconocemos bastante). Se trata de poner en el oído del público –que en un principio demanda lo más conocido– este tipo de músicas. Otra de las siglas hace alusión a nuestra condición de Nacional, ya que somos el único centro como tal. Nos encontramos dentro del Ministerio de Cultura y desarrollamos la mayor parte de nuestra actividad fuera de Madrid (hablamos de más del 60%). Éste es un centro nuevo que nació hace cuatro años con la idea clara de expandirse y hacer un proyecto nacional. En definitiva, difusión es poder volver a escuchar obras de José de Nebra cuyas partituras se perdieron en el incendio que asoló el Alcázar en el s. XVIII, y que se han recuperado gracias a copias del archivo de la Catedral de Guatemala para ser puestas en música por un grupo de la talla de Al ayre español, con Eduardo López Banzo, María Espada y Raquel Andueza, por poner un ejemplo.

R. J. El ciclo Beethoven con acento español es de suponer que pone el acento en los intérpretes, dado que tal compositor no necesita la denominada difusión…

A. M. Así es. El ciclo presenta a nueve pianistas de entre veinticinco a cuarentaicinco años con el objetivo de abordar todas las sonatas de Beethoven. El encargo se realizó encajando las treintaidós sonatas en función del repertorio que cada uno tenía montado, otorgándole una coherencia según diferentes criterios como las tonalidades, cronología, etc., como si de un puzle se tratase. Una vez realizado el proyecto, comenzamos a girarlo por distintos auditorios y teatros. Su valoración fue muy interesante ya que los intérpretes me dijeron que nunca antes habían podido interpretar un programa de esas características cinco veces seguidas. Entonces, sí que hablamos de repertorio “puro y duro”, pero se establecen matices para los intérpretes y el público. El ciclo completo de las sonatas, en Madrid, sólo se ha realizado una vez, hace muchos años en Ibermúsica por Daniel Baremboin. Otra cosa sería el entorno de los conservatorios, eso lo desconozco.

R.J. Y en el caso del flamenco, un género tan en boga, ¿realmente necesita el apoyo y la difusión de una institución como el CNDM?

A. M. Uno de los objetivos que teníamos era el de introducir dentro de una institución pública como el Auditorio Nacional ciertos géneros de carácter popular, no académicos, y crear un ciclo estable. Tal es el caso del flamenco y del jazz. Lo cierto es que lo acertado de esta decisión se puede corroborar con dos hechos: el éxito de afluencia de público –cercana al 100% de ocupación– y el reconocimiento y gratitud de los intérpretes por haber podido entrar en este espacio que ellos mismos denominan “la catedral”. Aquí las excepcionales condiciones acústicas no son las habituales de este género. Por otra parte, existe un efecto beneficioso al captar nuevos públicos: el aficionado que acude a escuchar flamenco, acaba enganchándose a otros géneros como puede ser la música clásica que tradicionalmente ya estaban aquí presentes, y viceversa.

Cartel promocional del ciclo dedicado a la obra de órgano de Bach para la presente temporada, iniciativa del CNDM.

Sí que es cierto que el flamenco está de moda, y ahí reside parte del problema, ya que ha dado un salto desde el lugar donde tuvo su origen hasta los grandes escenarios amplificados (jardines, teatros muy secos, palacios de deportes, etc.). Resulta interesante el hecho de que muchos artistas están acostumbrados a cantar o tocar amplificados y cuando acuden aquí nos demandan un tratamiento del sonido; yo les indico que no es necesario y muestran su reticencia, pero tras probar sonido y calentar la voz me acaban dando la razón y terminan cantando en acústico. Así, lo que se ha pretendido es ofrecer este género al gran público sin amplificación, que es algo por lo que creo hay que pelear. La perspectiva con que hay que mirar esta decisión es que hemos querido dar a conocer este género en las mismas condiciones que el resto de los ciclos.

R. J. A modo de hipótesis y, como excusa para reflexionar sobre la trayectoria del CNDM desde su creación, ¿si volviesen los tiempos de bonanza económica sería pertinente recuperar las antiguas instituciones?

A. M. Lo primero que habría que ver es qué aportaba cada una de esas antiguas instituciones por separado y lo que se aporta ahora, tras la fusión. Las tres instituciones tenían un presupuesto de tres millones y medio, hacían la mitad de los conciertos que nosotros, tenían un tercio del actual público e ingresaban por taquilla nueve veces menos. Tenemos unas estadísticas muy claras que demuestran que hemos experimentado un crecimiento económico del 13,95% en el capítulo de gastos y, del 538% en el de ingresos en estos tres años que llevamos funcionando. Por otra parte, hemos pasado de programar 31 conciertos, a programar 301 conciertos. Así, el CNDM es el resultado de la crisis que ha obligado a fusionar tres proyectos –esto no ha sido idea mía– con una serie de objetivos entre los que se encuentra el ahorro de dinero.

Cabecera diseñada para la presente temporada del Centro Nacional de Difusión Musical.

R. J. Tomando el caso del antiguo CDMC, ¿podemos hablar de una evolución favorable en el estado de la música contemporánea?

A. M. Con la programación en la mano, podemos hablar de que el CDMC hacía en Madrid un máximo de cinco estrenos al año. En lo que respecta a los compositores, yo estoy intentando abrir la gama de nombres lo más posible. Tratamos de mezclar a jóvenes creadores menores de treintaicinco años, con otras figuras consagradas. Junto a Nuria Núñez o Jesús Navarro (nombres que me vienen a la cabeza por poner un ejemplo) vemos a otros consagrados como Josep Soler a quien, dicho sea de paso, ninguna institución dependiente del ministerio de cultura nunca le había encargado una obra. Esto mismo es extensible a muchos otros músicos de más de ochenta años. No trato de contentar a todo el mundo (no puedo), pero hasta ahora me he reunido con trescientos veinte compositores a los que he atendido.

La situación es alarmante si observamos las programaciones de las diferentes orquestas y festivales, en los que la presencia de la música contemporánea es prácticamente inexistente

No se puede programar a todos, pero oyendo sus quejas y sugerencias he podido hacerme una idea del mapa, de lo que representa la música contemporánea en este país, y de cuál es su problemática. No podemos solucionarla desde el CNDM –aunque tenemos un papel importante, claro está–, ya que hay diecisiete comunidades autónomas en España con competencias para desarrollar sus propios programas culturales. Llegados a este punto hay que hacer una reflexión porque la situación es alarmante si observamos las programaciones de las diferentes orquestas y festivales, en los que la presencia de la música contemporánea es prácticamente inexistente. Algunos colegas se quejan de que es un problema de presupuesto, pero viendo la presencia de grandes (y costosos) solistas, podemos ver que esto no es así.

R. J. Es un problema de base, dado que es un asunto de índole pedagógica.

A. M. Por eso soy una gota en el océano. Por mucho que se empeñen en focalizar, nosotros no podemos resolver este asunto. Se trata de un problema cultural que padece este país, el cual se tiene que concienciar de que la creación es importante.

R. J. Uno de los logros indiscutibles del CNDM es la descentralización, aunque se observa que ésta se produce de manera irregular. Tal es el caso de Cataluña, que no presenta prácticamente programación. ¿Por qué?

A. M. A Cataluña no le interesa. Estoy intentando coproducir proyectos, lo cual no es fácil, porque el problema reside en que están muy cerrados en su mundo. De hecho, he tenido que proponer hacer el concierto de Girona en tal ciudad por encontrarse un poco apartada (no tendría sentido hacerlo en Barcelona, ciudad de gran riqueza musical). Para el año que viene está previsto un proyecto de colaboración con la ESMUC, similar al que ya existe con la Universidad de Salamanca, y tengo el máximo interés en que eso se produzca.

Cataluña vive en otro mundo tanto en música como en otros asuntos

Más allá de esto, podemos hablar de que durante los últimos años hemos hecho proyectos puntuales y nada más. Evidentemente, Cataluña vive en otro mundo tanto en música como en otros asuntos. Entonces, se puede decir que no es fácil coproducir. Mi labor consiste en hablar con la gente para tratar de construir un proyecto común, pero hay quien es receptivo y quien no lo es. Así, me he encontrado con ciudades donde no han querido hacer conciertos.