Audioclasica

29.XI.2014. La vergüenza está en el público

  Auditorio Nacional de Música de Madrid. Ciclo Sinfónico OCNE. 29-Xi-2014 ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. NIKOLAI LUGANSKY, piano. RAFAEL PAYARE, director. Rachmaninov: Concierto para Piano No. 3 en re menor, Op. 30 Tchaikovsky: Sinfonía No. 5 en mi menor, Op. 64 Aforo: 2.324 Asistencia: 100%     A Lorin Maazel, nada menos, habría correspondido dirigir este imponente programa, y lo habría hecho, suponemos, con la soltura propia de los grandes directores, para quienes la expresión está en la música misma y no en el aparataje gestual. Seguridad en la dirección, dominio de las texturas orquestales, equilibrio dinámico y diálogo coherente…

 

Auditorio Nacional de Música de Madrid. Ciclo Sinfónico OCNE.

29-Xi-2014

ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. NIKOLAI LUGANSKY, piano. RAFAEL PAYARE, director.

Rachmaninov: Concierto para Piano No. 3 en re menor, Op. 30

Tchaikovsky: Sinfonía No. 5 en mi menor, Op. 64

Aforo: 2.324 Asistencia: 100%

 

 

A Lorin Maazel, nada menos, habría correspondido dirigir este imponente programa, y lo habría hecho, suponemos, con la soltura propia de los grandes directores, para quienes la expresión está en la música misma y no en el aparataje gestual. Seguridad en la dirección, dominio de las texturas orquestales, equilibrio dinámico y diálogo coherente entre el solista y la orquesta; todos estos matices se perdieron en la sustitución del maestro estadounidense por Rafael Payare, avalado por el mismo Maazel, Dudamel o Barenboim. Y a la vista de estos avales uno se pregunta por qué razón se sintió constantemente que las obras se encontraban más allá de sus capacidades, por qué la orquesta respondía de forma imprecisa, o por qué los metales insistían en desafinar. Y en medio de esto, Lugansky valiéndose de un profundo conocimiento de la partitura y de una impecable técnica pianística para reconducir a una orquesta a la deriva que en sí misma no brindó ni un solo momento álgido, por más que luego numerosos asistentes prorrumpieran en vítores y bravos.

Y aquí encontramos la causade este concierto mediano: el público, adalid de lo chabacano, implacable e irrespetuoso… en términos generales, entiéndase. Pues ¿cómo se puede dirigir un concierto de esta envergadura, dos obras maestras de la Composición, trascendentes e intemporales; cómo se puede atender a los matices, al discurso del fraseo, a los detalles tímbricos, cuando todo el mundo se pone de acuerdo en sabotear el trabajo de los músicos? Y es que, en efecto, si por algo es memorable este concierto es por el comportamiento hostil del “respetable”, enervante hasta la saciedad. Toses (¡qué digo toses!), estertores en los momentos más introspectivos del Rachmaninov; móviles, más de una vez el mismo móvil con su timbre intrusivo y penetrante; programas de mano usados a guisa de abanico; el sempiterno caramelo…; y hasta una señora paseándose por el patio de butacas mientras Lugansky, una vez bordado su concierto, ofrecía de propina un Preludio velado y silencioso.

Pero no acaba ahí la cosa, que uno podría suponer que tras el descanso el gentío vendría más calmado. Aún le quedaba a la formación lidiar con un gran sector del público que se dedicó a aplaudir no entre movimientos, que a eso ya nos hemos resignado, sino en mitad del finale, interrumpiendo así la interpretación de la Sinfonía de Tchaikovsky. De ahí que tal vez sea justo aguardar a una ocasión más propicia para valorar el buen hacer del joven director venezolano, cuando ya se haya educado a ese público necio y altanero, para quien la Música no es más que un trámite para abrirse el apetito. 

Jorge Baeza Stanicic

Crédito: lugansky.homestead.com

Pie de foto: El pianista ruso Nicolai Lugansky