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16/19-VII-2016 ¿Qué habría sido de Wagner sin Luis II de Baviera?

Foto Herrenchiemsee Festspiele 2015.

Panorámica del lago Chiemsee con Fraueninsel (izquierda) y la pequeña Krautinsel al fondo. La belleza de un entorno natural y arquitectónico único es sin duda uno de los principales puntales en que se basa el festival Herrenchiemsee Festspiele. Otro, el carisma del varón Enoch zu Gutenberg, director del festival y líder de la Orquesta KlangVerwaltung y el coro Chorgemeinschaft Neubeuern. A menos de una hora de Salzburgo, cuyo prestigioso certamen tiene lugar al mismo tiempo, no pretende rivalizar con el gigante austriaco. Más bien, se centra en un público local, es escasamente ambicioso con un concierto diario durante trece jornadas y claramente conservador en sus propuestas, pero no por ello carente de interés. Chiemsee es un enorme contenedor de agua que aloja dos…

Foto Herrenchiemsee Festspiele 2015.

El director musical y artístico Enoch zu Guttenberg en una Galería de los espejos abarrotada de público.

Panorámica del lago Chiemsee con Fraueninsel (izquierda) y la pequeña Krautinsel al fondo.

La belleza de un entorno natural y arquitectónico único es sin duda uno de los principales puntales en que se basa el festival Herrenchiemsee Festspiele. Otro, el carisma del varón Enoch zu Gutenberg, director del festival y líder de la Orquesta KlangVerwaltung y el coro Chorgemeinschaft Neubeuern. A menos de una hora de Salzburgo, cuyo prestigioso certamen tiene lugar al mismo tiempo, no pretende rivalizar con el gigante austriaco. Más bien, se centra en un público local, es escasamente ambicioso con un concierto diario durante trece jornadas y claramente conservador en sus propuestas, pero no por ello carente de interés.

Chiemsee es un enorme contenedor de agua que aloja dos hermosas islas en donde se celebran los conciertos del festival: Herreninsel y Fraueinseln, la isla de los hombres y la isla de las mujeres. Sus nombres provienen de la secular tradición monástica repartida por géneros en ambas porciones de tierra, que se remonta al siglo VII. La naturaleza es muy generosa en esta región inmensamente verde, poblada por bosques de hayas, tilos, cerezos, píceas y robles. Los cisnes, las fochas comunes, los ánades y los somormujos pueblan el idílico lago que limita al sur con las primeras estribaciones de los Alpes. Como imponentes figuras espectrales sus siluetas se dibujan veladamente sobre el cielo, en forma de insondable presencia. El emplazamiento supone un atractivo turístico de gran fuerza en el sureste de Alemania y miles de veraneantes llenan las plazas hoteleras y colapsan la autopista que conecta con Múnich. El trayecto de unos 80 km se convierte habitualmente en un largo periplo de dos horas que permite contemplar la exuberancia de la región y la belleza de las pequeñas aldeas cuyas casas articulan el paisaje con perfectas formas geométricas sobre un vasto manto verdoso.

Detalle del lago Chiemsee con la silueta de Los Alpes al fondo. Foto: Miguel Morate.

Además, la zona lleva la impronta de una figura capital durante el siglo XIX, como es el excéntrico monarca Luis II de Baviera. Próximo a Herrenchiemsee se halla uno de los más colosales y delirantes castillos jamás construidos, como es el Neuschwanstein (que encabeza las listas de monumentos más visitados de toda Alemania) en que se inspirara Walt Disney para su film La Bella durmiente. Fiel a su pasión por la grandiosidad y la bizarría (antes de dilapidar las arcas estatales, entre sus proyectos figuraba el edificar un palacio chino en medio de Baviera, y trasladar su residencia principal a Tenerife), tras levantar este impresionante monumento neogótico, el rey vió en la más grande de las dos islas, Herreninsel, un espacio perfecto para erigir otra de sus residencias estivales y recuperar así la belleza del lugar, devastado y abandonado. El edificio, concebido como un homenaje al rey de los reyes, la encarnación del absolutismo que fue Luis XIV, es un derroche de lujo y ostentación. Su construcción se inició en 1878 y se interrumpió en 1886, tan solo unos días después del fallecimiento del monarca, quien apenas llegó a vivir en el palacio una semana.

En este contexto, asistir a los conciertos es toda una experiencia que va más allá de lo meramente musical. Un barco transporta al público a la isla a través del lago Chiemsee. El entorno emana una paz y un sosiego que predisponen el espíritu para la escucha y la introspección. Durante el trayecto el silencio es tan sólo interrumpido por el graznido malhumorado de una gaviota, el piar de las ánades que pueblan el lago o el rumor lejano de los turistas que disfrutan de las múltiples posibilidades acuáticas de este vasto remanso de quietud. Una vez en la isla sorprenden las inmensas praderas, que alternan con bosques frondosos de hayas y tilos. Pequeños cervatillos pastan pacíficamente en la lejanía, ajenos a la pintoresca estampa que conforma el singular séquito enfundado en esmóquines, fracs y Trachtens (trajes típicos bávaros basados en la vestimenta tradicional campesina: vestido largo y mandil en la forma femenina y pantalón corto y peto en la masculina). Un sendero, flanqueado por tilos centenarios, se adentra en la espesura del bosque, donde sólo el suave murmullo de las voces de la comitiva colorea el silencio del lugar. Al final del camino, un monótono y creciente crepitar de aguas anuncia la proximidad del palacio y el fin de la breve singladura que concluye con la llegada a un amplio espacio ajardinado, articulado por suntuosas fuentes dedicadas a la deidades de la Fama y la Fortuna.

Una de las fuentes del conjunto monumental construido por Luis II de Baviera en Herreninsel entre 1878 y 1886 con el palacio al fondo. Foto: Miguel Morate.

La expedición prosigue en el interior del palacio. Para acceder a la sala en que se celebran los conciertos el público tiene que atravesar numerosas estancias ricamente ornamentadas con muebles rococós de caprichosas formas, cuadros de escenas bélicas y de paisajes, y objetos cuya utilidad se presenta como un auténtico misterio inescrutable. Sin duda, el espacio más impresionante del recorrido es la Escalera de los embajadores o Gran escalera de Versalles, una copia exacta de la del palacio del “Rey Sol” cuyas paredes y techo conforman un monumental mosaico elaborado con mármoles y piedras de diferentes colores junto a formas estucadas revestidas de oro en un alarde de ostentación. La espectacular Spiegelsaal o Galería de los espejos –réplica de la de Versalles– conforma el destino final del itinerario. Con una descollante longitud de 98 metros –¡25 más que la del palacio versallesco!– la proximidad o lejanía al escenario, dispuesto en un extremo de la sala, dicta la jerarquía entre los diferentes tipos de entrada y, por tanto, de precios. El calor es extremo en este espacio de opulencia con una humedad asfixiante. El abanico se hace imprescindible en unos días castigados por temperaturas mucho más altas de lo habitual. Los destellos dorados del sol poniente que se filtran por los grandes ventanales, los reflejos en las noventa lámparas de cristal y el intermitente crujir de la madera son elementos connaturales al espacio. Durante los conciertos, los descansos tienen lugar en el jardín frontal del palacio. Es todo un acontecimiento ver atardecer; cómo los últimos rayos de sol se refractan en los exuberantes chorros de agua provenientes de los surtidores de las fuentes. Describen un ambiente idílico mecido por la solemnidad de las trompas alpinas que suenan en los intermedios bajo el más profundo ceremonial: el jefe de sala guía a intérpretes y portadores del instrumento a ritmo marcial, enfundandos todos ellos en sus impecables libreas. En todo momento uno tiene la sensación de estar en otra época. Un clima de exclusividad y aislamiento flota en la atmósfera y parece que las islas imponen su propio régimen en este entorno de abundancia natural, riqueza y de enorme peso histórico y monástico en que tuvo lugar en 1948 la firma de la actual Constitución alemana.

Con un público fiel –cuya edad media probablemente ronde los 50 años– y poco interesado en obras que salgan de los siglos XVIII y XIX, el festival se centra en piezas de repertorio barroco, clásico y romántico. No ya la música contemporánea, sino la música del siglo XX apenas tiene cabida en un evento diseñado para una audiencia muy concreta: veraneantes procedentes de Múnich y de diferentes puntos de Baviera, la región más rica y conservadora de toda Alemania. Los precios de las entradas son altos, oscilan entre los 43 y los 89€ para los conciertos de la Spiegelsaal, y el oyente medio, muy condescendiente con el nivel de las propuestas. Se trata, por tanto, de un festival hecho a la medida de una clase media-alta melómana, orgullosa de poder disfrutar de un ambiente tan especial, y de su responsable artístico, protagonista en más de un tercio de los conciertos del festival.

Tras la fuente una gran avenida conduce a un embarcadero que se adentra en tierra. Foto: Miguel Morate.

En lo relativo a la música propiamente, el cartel lo conforman en su mayoría intérpretes de buen nivel más conocidos en tierras germanas que fuera de ellas (a menudo nombres repetidos de año en año), y de manera puntual figuras de relevancia internacional, como Paul McCreesh en esta edición del evento. No obstante, el peso recae fundamentalmente en las cualidades del excelente director Enoch zu Guttenberg quien ofrece cada año una buena porción de los conciertos del encuentro junto a su orquesta KlangVerwaltung y su coro Chorgemeinshaft. Las interpretaciones de zu Guttenberg distan de la perfección, su técnica de dirección es limitada y también lo son su orquesta y su coro, pero tiene la habilidad para conseguir de cada atril una entrega total y eso se traduce en todas sus interpretaciones. Su pericia se basa en su desmedida pasión por lo que hace y su capacidad para comunicar, para emocionar y sacar lo mejor de sus músicos, que reciben un trato de igual a igual. Esta impresión ha sido una constante en todos los conciertos de zu Guttenberg a los que este comentarista ha podido asistir (Missa Solemnis de Beethoven, La Creación de Haydn y ahora el Stabat Mater de Dvořák). Es líder, pero también uno más de su propio equipo. Hoy en día, cuando las orquestas tienen tan limitado el tiempo de ensayo (uno en el caso de las orquestas inglesas, dos o tres, el resto), conseguir estos resultados, ofrecer una visión personal, y transmitir sin trabas el mensaje más hondo de una obra musical es toda una conquista. Uno se pregunta por qué un músico de este talento resulta tan poco conocido fuera de su país. La respuesta, no obstante, parece venir por sí sola: al varón le gusta trabajar con sus músicos, muchos de ellos provenientes de importantes orquestas alemanas y austriacas como la Filarmónica de Viena o de Múnich. Con ellos tiene pleno entendimiento y complicidad, se siente entre sus amigos y tiene plena libertad de gestión.

Vista desde el coro de la Galería de los espejos o Spiegelsaal durante la interpretación del Stabat Mater de Antonín Dvořák. Foto: Herrenchiemsee Festspiele.

Así pues, la Orquesta KlangVerwaltung y el coro Chorgemeinschaft dejaron el listón muy alto bajo las órdenes de zu Guttenberg. Ante tanta emoción era inevitable pensar que aquello iba a ser difícilmente superable en las veladas restantes. Claro que el director bávaro no escoge obras al azar. Su repertorio se basa fundamentalmente en grandes monumentos sinfónico-corales, piezas maestras en las que se mueve como pez en el agua, que transitan un arco temporal y estilístico que va del Barroco al Romanticismo. Una obra como el Stabat Mater de Dvořák se ajusta como anillo al dedo a sus intereses y cualidades. El compositor checo escribió esta pieza en un momento de inmenso duelo ante la pérdida de su hija recién nacida en 1875 a la que se sumaría en el plazo de dos años más el deceso de sus dos hijos restantes. Dvořák recurre a este texto mariano del siglo XIII lleno de patetismo, que describe el profundo dolor imaginado de la Vírgen a los pies de la cruz de su hijo, para verter una enorme y sincera carga emocional. De su pluma brota una partitura de gran profundidad (una de las más logradas de todo su catálogo) que se traduce en tempi lentos y en una orquestación camerística que minimiza los grandes gestos orquestales para concentrarse en diseños melódicos de gran belleza, un rico lenguaje armónico y una dosificada aparición del coro y los solistas. Compuesto entre 1876 y 1877, está plagado de retórica, sonoridades y gestos barrocos, como el passus duriusculus del primer movimiento, la sonoridad íntima con órgano positivo o armonio del cuarto, o los motivos y la instrumentación de la novena sección. Al mismo tiempo Dvořák aprovecha la ocasión para homenajear a un buen número de piezas y compositores: el Andante con Moto del Trío, op. 100 de Schubert en el tercer movimiento, el Requiem de Mozart en la cuarta sección escrita en la infrecuente tonalidad de sib menor, el comienzo de la Cuarta de Schumann al inicio del décimo movimiento… Pero la obra ha sido también objeto de veneración por parte de numerosos compositores. ¿Cómo no pensar en el interludio orquestal del “Abschied” de La Canción de la Tierra en el segundo movimiento, “Qui est homo”, con ese gesto característico de apoyatura cromática ascendente? ¿o en el tema frigio del segundo movimiento de la Cuarta Sinfonía de Brahms en la extensa sección inicial tras las palabras “dum pendebat Filius”?

La lectura de zu Guttenberg al frente de su coro y orquesta hizo muy consciente esta riqueza referencial. Supo trasladar toda la carga emotiva de la obra y verter con prístina transparencia la riqueza de detalles de la partitura y de todos sus secretos en una versión íntima y sobrecogedora al mismo tiempo. Muy puntualmente, hubo momentos de confusión y emborronamiento como en la fuga final sobre la palabra “Amen”, pero en líneas generales la interpretación fue sobresaliente, de esas que calan hondo y permanecen en la memoria durante mucho tiempo. Del cuarteto vocal lo más interesante fue la contralto Anke Vondung (habitual en el festival) con unos bellos fraseo y timbre, y una delicada adecuación a las dinámicas que se puso de manifiesto de manera especial en el, mahleriano y barroquizante a la vez, número noveno para alto solo “Inflammatus et accensus”. Lo más desacertado de todo fue la actuación de la soprano Mary Mills con desajustes en la afinación, fraseos caprichosos (respiró en medio del sol prolongado del “Pro pecatis” de la segunda sección), pero más aún con una total falta de sintonía espiritual con la obra y de adecuación al estilo.

El director artístico y musical Enoch zu Guttenberg, y tras él una sala abarrotada de público, momentos antes de comenzar el concierto. Foto: Herrenchiemsee Festspiele.

La Orquesta Sinfónica de Bamberg ofreció al día siguiente un nuevo concierto de música eslava, compuesta en fechas muy próximas al Stabat Mater. Su director ocasional, el joven checo Jakub Hrusa, brindó una interpretación de Mi patria de Smetana llena de energía juvenil y fuerza, centrada en los arcos formales y en el ímpetu masivo de la pieza. Técnicamente más solvente que zu Guttenberg, este maestro titular de la Filarmonía de Praga de desbordante gestualidad (al término del concierto caían chorros de sudor de su camisa) es un invitado regular de algunas destacadas orquestas europeas entre las que se encuentran Leipzig Gewandhaus Orchester, Orquesta Sinfónica de la BBC y WDR Symphony Cologne. Mi patria es una pieza de grandes gestos, bloques compactos y grandiosos tuttis orquestales. Con un lenguaje armónico considerablemente limitado y una inventiva de ideas no siempre boyante, en opinión muy personal de este crítico, su interés se halla en la robustez y energía monolítica de la obra, así como en determinadas soluciones de orquestación y en pasajes señalados en los que la armonía se paraliza en favor de diseños melódicos (como el final de la sección primera de El Moldava que precede justo a la escena de una boda campesina por medio de superposiciones rítmicas y melódicas sobre un pedal de mi), de forma similar aunque con mucho menor desarrollo a como hiciera Wagner en sus oberturas del Oro del Rhin y de La valquiria.

Hrusa, al frente de una Sinfónica de Bamberg bien entrenada y muy solvente técnicamente, se centró en dibujar con nitidez los grandes arcos formales de cada pieza, en resaltar los momentos de explosión en texturas preminentemente heterofónicas. Los detalles quedaron ocultos por una gran masa orquestal bien compactada y expuesta. El archiconocido comienzo de El Moldava sonó descuidado. Los interesantes desdoblamientos de los instrumentos con que el compositor checo crea un efecto de diversidad y de multiplicación no brillaron bajo las órdenes de Hrusa. Las aguas del Moldava fluyeron turbias en la más interesante y rica de las obras del ciclo. En la mayoría de los números de este conjunto sinfónico de hora y media de duración Smetana trata la orquesta como un gran “superinstrumento”. Se focaliza en el vigor heroico que es capaz de desplegar y prescinde de todo contrapunto. El ciclo, que no fue concebido como tal sino como una serie de piezas independientes, resulta pesado y redundante en sus planteamientos formales. Se trata, no obstante, de música que alude a la épica, a la narrativa, poemas sinfónicos que siguen el modelo creado por Franz Liszt (aunque, todo sea dicho, distan mucho de la riqueza de ideas, de texturas y la complejidad armónica del genio húngaro) y que por tanto nada tienen que ver con la entrega sincera y directa al sentimiento que hace Dvořák en su primera composición religiosa. La escucha de una y otra obra no podía ser comparada, aunque al término del concierto la viveza del recuerdo emocionado del Stabat hacía imposible rehuir de la confrontación de ambas experiencias.

Detalle del público durante uno de los conciertos del festival. Foto: Herrenchiemsee Festspiele.

Hace algunos años zu Guttenberg decidió asumir un nuevo reto e incluir óperas en la programación del festival. La solución adoptada ante las limitaciones espaciales fue la de realizarlas semiescenificadas en el mismo escenario en el que se dispone la orquesta en la Galería de los espejos. En el caso de Manon Lescaut, la ópera programada en esta edición del encuentro, se emplearon unos pocos elementos escénicos (unas mesas y sillas de jardín en el primer acto; un diván, un biombo y un espejo en el segundo; y un ancla, un timón y un par de rocas en el cuarto), ligeros cambios en la iluminación bajo un arco que, tras la orquesta, coronaba la cabecera de la sala (muy poco justificables en la mayoría de los casos), y vestuario, acorde con la época en que transcurre la historia de la ópera, para solistas y coristas. Los cantantes se movían libremente por el escenario, frente a la orquesta y alrededor de ella, y, puntualmente, se deslizaban entre las primeras filas del público. Gran parte de la magia del teatro se perdía y determinadas situaciones llegaban a caer en lo naíf. Es necesario un cuerpo de cantantes muy sólidos actoralmente para levantar una función en estas circunstancias, y no fue el caso. Pero más importante aún que ello era tener presente que el emplazamiento de la orquesta sobre el escenario y no sobre un foso multiplicaba de manera considerable sus posibilidades dinámicas. Ljubka Biagioni, directora musical y responsable, igualmente, de la propuesta escénica, pasó por alto este hecho de capital relevancia. Así pues, cada tutti por encima del forte de la Sofia Symphonics –una orquesta sólida, pero algo falta de actitud– anegó por completo las voces del coro y de los solistas. Toda la función estuvo lastrada por una total falta de balance, que impidió ¡algo tan esencial como es poder oír! Los pianos y, como mucho, lo mezzofortes se convirtieron en los únicos momentos en que poder apreciar sin trabas el conjunto al completo: cómo la actuación del barítono Anton Keremidtchiev en el papel de Lescaut estuvo muy por encima del resto, con una voz corpórea y bien proyectada, un cuidado uso de los matices y una incontestable solidez en el escenario; cómo flaquearon los protagonistas Neyla Kravchenko (Manon) y Daniel Danionov (Des Grieux), Kravchenko con serios problemas de afinación en el registro medio y de control del aire, y Danionov, carente de registro agudo, forzadísimo siempre a partir del la (no faltaron los gallos) y muy frágil escénicamente. Y cómo de los comprimarios merece una mención especial Alexander Baranov, realmente gracioso en su pequeña intervención como maestro de danza.

La gente pareció disfrutar por igual del trágico destino de Manon, de la épica mítica de Mi patria como del recogimiento espiritual y dolente del Stabat Mater, y todos los conciertos culminaron con entusiastas ovaciones del público. Así percibido, en medio de un ambiente de considerable ostentación y conservadurismo germano a raudales, no ya del entorno sino de la audiencia misma, la música pareció ser más un condimento que el elemento capital del festival. En cualquier caso, por encima de toda crítica resta el pensar que cada una de las propuestas musicales consiguió un lleno en el aforo de la sala, lo cual denota una perfecta concordancia de la programación y el planteamiento del festival a los intereses de los espectadores. En todo caso, a pesar del continuismo reinante del encuentro, las propuestas musicales no dejaban de ser interesantes ya sobre el papel y a este crítico le habría gustado asistir a otros de los conciertos posteriores. Pocas veces son las que uno tiene la oportunidad de escuchar el inusual y bellísimo oratorio de Schumann El Paraíso y la Peri o la ópera el Rey Arturo de Purcell (por nada menos que Paul McCreesh), programas que dentro del espíritu tradicionalista resultan notablemente interesantes y originales.

Atardecer en el lago Chiemsee. Foto: Miguel Morate.

Al concluir los conciertos un barco aguardaba en el muelle de la isla para conducir a músicos y oyentes por igual a Prien, la localidad más cercana. La idiosincrasia del festival terminaba por equiparar a todos y propiciar situaciones como la que le sobrevino a este comentarista: el azar hizo que la soprano del Stabat Mater se convirtiera en su compañera de asiento y compartiera el trayecto de vuelta en la proa de la embarcación que habría de llevarnos a tierra firme. Todo ello mientras tomaba notas de las impresiones del concierto y, precisamente, de los desaciertos de la cantante. Tan solo zarparon en un barco aparte miembros del principal sponsor del encuentro: Deutsche Bank. ¡Deutsche Bank! Difícil no pensar, súbitamente, pocos días después de su tortuoso desenlace, en el Grexit y en el tercer préstamo de la Unión Europea, comandada por Alemania, al pueblo griego; más aún cuando, ironías del destino, en un intento de acercamiento “al otro”, la programación del festival giraba en torno al lema “Pueblos y gentes extranjeras”. No en vano, Deutsche Bank es uno de los principales acreedores helenos, y benefactor de las enormes primas de riesgo aplicadas al Estado griego. Un gigante financiero con 33.000 millones de euros de ingresos anuales, que aún así tuvo que ser rescatado con fondos públicos, y que según un informe recientemente publicado por la consultora Richard Murphy FCA (European Bank´s Country-by-Country Reporting) deriva sus beneficios (hasta el 18% de sus ganancias) hacia la isla de Malta para evadir tasas. ¿Cómo no pensar, en medio de unas durísimas políticas de austeridad impuestas por la Troika a Grecia que le han llevado a un descenso de su PIB en un 25% en cinco años, en el gasto desmedido de uno de los monarcas más representativos de la historia alemana reciente como es Luis II de Baviera y en la paradoja de que tal dispendio a espuertas ha probado ser hoy en día una inversión enormemente rentable, palpable, sin ir más lejos, en el más de un millón de turistas que visitan cada año Neuschwanstein o en la posibilidad de celebrar un festival de música en una de sus enardecidas creaciones como es un palacio en medio de un lago? ¿Como no pensar en que la recuperación económica del estado germano tras la Segunda Guerra Mundial fue únicamente posible gracias a la condonación en 1953 de más de la mitad de la deuda contraída con sus acreedores extranjeros? O, volviendo al Rey Loco, ¿qué habría sido de Wagner, de su Anillo del Nibelungo y del Teatro de Bayreuth sin el inmenso desembolso económico del monarca? En medio de este torbellino imparable de reflexiones, una vez más el lago, ya oscurecido, impuso su letargo con los últimos rayos de sol y la ennegrecida y desdibujada sombra de Los Alpes. Al alba, con el nuevo día, el sol volverá a brillar sobre las aguas del Chiemsee y el devenir de la historia seguirá su curso errático, cíclico, impredecible, me dije.

Miguel Morate Benito