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24-VI al 24-VII-2016 Treinta años de música en el paraíso

Crédito: Kissingersommer
La impresionante Grüner saal, icono del Kissingersommer 2016

Kissingersommer 2016. Europa in Kultur Asistencia media: 100% Crisol de géneros, estilos y épocas, una pléyade de intérpretes y compositores, hermosas salas de concierto dotadas de una sensacional acústica y un paraíso como entorno y testigo de todo ello, eso es el festival internacional del Kissingersommer en la localidad alemana de Bad Kissingen, un privilegio para los sentidos, un lugar pequeño con un estatus cultural gigantesco, por eso, entre otras cosas, cumple su trigésimo aniversario este verdadero festival entre los festivales de verano en Europa. Durante un mes, desfilan por él los principales nombres del firmamento musical, prestando atención a…

Crédito: Kissingersommer La impresionante Grüner saal, icono del Kissingersommer 2016

Crédito: Kissingersommer
La impresionante Grüner saal, icono del Kissingersommer 2016

Kissingersommer 2016. Europa in Kultur

Asistencia media: 100%

Crisol de géneros, estilos y épocas, una pléyade de intérpretes y compositores, hermosas salas de concierto dotadas de una sensacional acústica y un paraíso como entorno y testigo de todo ello, eso es el festival internacional del Kissingersommer en la localidad alemana de Bad Kissingen, un privilegio para los sentidos, un lugar pequeño con un estatus cultural gigantesco, por eso, entre otras cosas, cumple su trigésimo aniversario este verdadero festival entre los festivales de verano en Europa.

Durante un mes, desfilan por él los principales nombres del firmamento musical, prestando atención a las figuras del panorama germánico y dando cobertura a los nuevos valores emergentes, con nombres a tener en cuenta en un futuro muy próximo. En cuanto a la organización del festival, excelentemente guiado por su fundadora y directora Kari-Kahl Wolfsjäger, no es posible pasar por alto la ingente y variada oferta de conciertos, fundamentalmente en el plano sinfónico- concertante, la cámara y el lied, abarcando un amplio abanico de épocas, que llegan hasta la creación actual con algunos estrenos, y géneros, dejando espacio a la música tradicional y el jazz, con la inclusión de algún espectáculo infantil para que nadie quede al margen del evento. Una actividad concertística que tiene su epicentro en el icónico y majestuoso complejo denominado Regentenbau, que además alberga uno de los principales centros de relax con sus insignes e históricas aguas curativas.

Muestra de todo ello fueron las cuatro citas a las que quien suscribe estas líneas tuvo la oportunidad  y el inmenso privilegio de poder asistir. El primero de ellos, en la Max-Littmann saal, con la Filarmónica Checa bajo la dirección de Semyon Bychkov y la presencia siempre imponente de las hermanas Labèque, con un programa protagonizado por Chaikovsky y Mozart. Del compositor ruso, su obertura fantasía Romeo y Julieta y la Sinfonía nº3, de las que Bychkov ofreció dos poderosas versiones. La primera, inspirada por su carácter, el impulso rítmico y el delicado lirismo de sus cantabile, posibles gracias a una impecable sección de cuerda de la formación checa. Bychkov logró, como es propio de los grandes directores, y él, a fe que lo es, realizar una lectura fresca y renovadora de una obra consumada del repertorio, ahondando en la búsqueda de detalles expresivos.

Fórmula parecida fue la empelada para la tercera sinfonía, poco habitual en los programas y de gran complejidad, en la que el director ruso puso énfasis en el equilibrio sonoro de una auténtica joya de orfebrería orquestal, resultando una interpretación absolutamente sublime también por su profunda intensidad. Y entre ambas, un prodigio de la efervescencia creativa del genio de Salzburgo, con el Concierto para dos pianos nº10 K.365 en las dobles, estelares y sabias manos de Katia y Marielle Labèque. Una interpretación mágica de dos intérpretes que trasladan su condición fraternal a sus pianos y consiguen ser sólo una, al tiempo que dialogan entre sí y juegan con la música como nadie, especialmente con este concierto. Ante la ovación, ofrecieron para deleite de la asistencia el espectacular 4º movimiento perteneciente a los Cuatro movimientos para dos pianos de Philip Glass, compositor del cual son intérpretes de referencia.

La siguiente cita acogía un cálido concierto de lied en la sin par Rossini saal. Con un elenco eminentemente alemán compuesto por tres fantásticos pianistas acompañantes: Axel Bauni, Jan Philip Schulze y Sigfried Mauser; dos sopranos: Sarah Aristidou (la única de origen no germánico, sino francés) junto a Caroline Melzer; y dos barítonos: Matthias Winckhler y Peter Schöne. Todos ellos fueron los encargados de dar vida a un programa que alternaba lied de repertorio romántico y postromántico con lied de nueva creación, con la presencia de algunos de sus compositores en la sala, destacando la figura de Wolfgang Rhim.

Inmejorable escenario para el joven y excelente cuarteto de solistas vocales, que como cualidad común, hicieron gala de una impecable técnica vocal en sus respectivas intervenciones, además de exhibir una imponente presencia escénica con una más que notable personalidad interpretativa, como fue el caso de Caroline Melzer, deslumbrante en sus versión del Siren de Rachmaninov o de Sarah Aristidou, que puso el acento francés en una sutil lectura del Apparition de Debussy, exhibiendo un refinado timbre de asombrosa agilidad en el registro agudo. En la parte masculina, Matthias Winckhler mostró sus cualidades de liederista nato, con un especial sentido expresivo que llegaba a recordar en ciertos rasgos a la verdadera leyenda del género, Dietrich Fischer-Dieskau, así se pudo apreciar en sus interpretaciones de Des Sennen Abschied de Robert Schumann y el Seemanns Abschied de Hugo Wolf. Y la figura estilizada de un Peter Schöne que es pura fibra vocal, un sensacional barítono de timbre robusto y contundente expresividad que demostró que un lied se canta, pero también se cuenta,  y deleitó con su carácter y profundidad en tres canciones de Chaikovsky.

Capítulo aparte merecen (no puede ser menos por su condición de acontecimiento) los estrenos que se tuvieron la oportunidad de escuchar, de los que los citados cantantes fueron de nuevo extraordinarios valedores. El alemán Manfred Trojahn, presentaba Das Jahr geht mit deinem Tod, sobre textos de Marina Zwetajewa. Una página apasionante por su intensidad dramática, con un interesante intercambio de papeles en el que el piano cobraba mayor protagonismo respecto de la parte vocal, ambas a cargo de una inspirada Caroline Melzer y un intuitivo Siegfried Mauser, que también ofrecieron del mismo compositor su Szene für Sopran und Klavier.

Muy aclamado por la asistencia fue el estreno de Zwei Lieder: Nado zhe y Spit, sopit obshi vagon, con textos de Nekrasov y Shneiderman respectivamente, del joven compositor de origen rumano Alexandru Sima. Una obra en la que también el piano adquiere una mayor dimensión de recursos expresivos que sin ser novedosos, Sima consigue que no resulten gratuitos y meramente efectistas, sino que los dota de una intención expresiva real e integrada en el sentido de un discurso próximo al lenguaje espectral embravecido a la vez por un fuerte impulso rítmico. También la voz es exprimida en casi toda su capacidad técnica y expresiva, algo que Sarah Aristidou defendió de modo brillante, con el inmaculado piano de Axel Bauni.

La potente voz de Peter Schöne junto a un pletórico Jan Philip Schulze al piano, tenían encomendado el estreno de Franghiz Ali-Zade, la única ausente en la cita. Una partitura de interesante complejidad en el plano expresivo con un diálogo denso entre ambas partes que circulan en torno a un lenguaje de carácter modal con ciertas reminiscencias de música tradicional, algo propio de la compositora de Azerbaiyán.

Sin duda, la mayor expectación se concentraba en la personalidad del laureado Wolfgang Rhim, no en vano uno de sus títulos servía como epígrafe de presentación del programa. Y por supuesto que no decepcionó, la larga lista que ya acumula de obras dedicadas a este repertorio y su magisterio compositivo, añadían con éxito estos Zwei Gedichte: Bist fort y el título anteriormente aludido Zeit, sich vom Bernstein zu trennen, también sobre textos de Zwetajewa. De nuevo el tándem Melzer-Mauser daban admirablemente de lleno en el corazón de una obra próxima al lenguaje expresionista que tan bien conoce y maneja Rhim, en un sabio juego de resonancias unidos a una retórica desgarradora e intensa hasta el estremecimiento.

Con todos los participantes en el escenario para responder a la ovación cálida aunque no exultante de los asistentes, los intérpretes respondieron con un delicioso bis conjunto al tiempo que abandonaban paulatinamente la escena.

Sobre lo que no hay discusión posible, es que una de las fechas marcadas en rojo en el calendario del festival, era la que anunciaba la visita de Grigory Sokolov en la Max-Litmann saal. Qué se puede decir ya que no se haya dicho de un coloso como él, quizá mucho aún, tanto como lo que es capaz de seguir ofreciendo en cada uno de sus recitales, que convierte en un monumento al arte pianístico. Repetía también en esta ocasión el díptico Schumann-Chopin, que protagoniza su temporada de conciertos. Bajo una tenue iluminación, con el público en una absoluta y ceremonial oscuridad, Sokolov alumbraría uno de los conciertos más sublimes y memorables que jamás nadie haya podido presenciar.

No deja de sorprender su manera de profundizar hasta las entrañas de cada obra y compositor, de resaltar y dar sentido a cada frase, el abanico de sonoridades y contrastes, todo bajo un estado de concentración y entrega superlativos. Prueba de ello fue Schumann, el universo del compositor alemán ha encontrado en Sokolov a su intérprete más trascendental, como se apreció en una inefable versión del Arabeske op.18, llevado más allá de su delicadeza y aparente ingenuidad, preludio al ataque súbito de la Fantasía op.17, testimonio épico de su sabiduría en una avalancha de intensidad y profundidad casi metafísicas. Cabe preguntarse qué pensaría el propio Schumann si escuchase tocar así su música. Y qué no decir de Chopin, del tono y la hondura poética destilada en los dos Nocturnos op.32, que fueron llevados por el maestro ruso a una dimensión mayor respecto del modo en el que los nocturnos suelen ser interpretados, por la densidad con la que enriqueció su fraseo, apoyado sobre la amplitud de un tempo reposado, finísimo en el rubato. Finalmente, la cumbre de la Sonata nº2 en Sib menor, en cuya ascensión Sokolov superó todas las cimas posibles. Desde unos arrebatadores Doppio movimiento y Scherzo, por su propulsión rítmica y la inigualable graduación de sus dinámicas, al momento álgido de una Marcha fúnebre sobrecogedoramente solemne que culminaría en la traducción de un Finale para la que aún no existe un adjetivo. Una interpretación de leyenda.

Cómo no, a su inmensidad pianística se unía su habitual e ilimitada generosidad, con la concesión de hasta ¡siete propinas! convertidas en casi una parte más del concierto. Todas ellas, a excepción de una mazurka chopiniana, estuvieron dedicadas a Schubert, ante un público completamente rendido a su figura. Apoteósico.

El cuarto y último concierto al que pudimos asistir, nuevamente en la Max-Litmann saal, presentaba un denso programa con la presencia principal de un joven pero ya experimentado reparto de solistas, junto a la Orquesta Nacional de Lyon, a las órdenes del también aún joven director, el letón Andris Poga. Antes del comienzo, la directora del Festival, Kari-Kahl Wolfsjäger, presentaba la velada para dedicarla, tristemente, a las víctimas del terrible atentado sufrido en Niza el día anterior.

El magnífico percusionista austríaco Martin Grubinger, provocó el deleite en su intervención con el fascinante Tears of nature: Concierto para percusión y orquesta, del insigne compositor chino Tan Dun, una obra expresamente escrita para él en 2012. Desde un imponente set de percusión, distribuido en diferentes puntos del escenario, Grubinger mostró con extraordinaria frescura todo el poder expresivo de ésta, en un manejo magistral de su infinita paleta y riqueza de colores tímbricos, imprimiendo un carácter e intensidad que favorecían la claridad de su percepción. Así es en este concierto de Tan Dun, cuya retórica percusiva (y visual) construyen un potente discurso alrededor del cual gira su carácter hipnótico y hasta taumatúrgico, con momentos deslumbrantes como la cadenza del tercer movimiento, que permitió admirar el prodigioso dominio de Grubinger. Ciertamente, en los últimos tiempos el lenguaje de la percusión ha cobrado gran auge entre los compositores y cautiva a buena parte del público. Quizá sea por la naturaleza de su discurso, presente desde nuestros orígenes y que no se sujeta a otras convenciones o incluso prejuicios relacionados con la evolución musical, y probablemente por ello goce de una mayor libertad creativa. Si además cuenta con intérpretes de la talla de Martin Grubinger, el camino por recorrer es más que prometedor.

Vilde Frang tomaría el turno con el Concierto para violín y orquesta op.15 de Benjamin Britten. La violinista noruega mantiene una estrecha relación con este concierto, exquisito y de gran exigencia para su parte solista, de la que ha dejado afortunada constancia en un reciente registro discográfico. En esta ocasión rubricaría una excelente versión que no obstante progresó de menos a más, impecable en el plano técnico y muy cuidada y sutil en cuanto a sonoridad y fraseo pero con cierta falta de intensidad durante el primer movimiento. Algo que contrarrestó posteriormente, con la ejecución de una portentosa cadenza en el segundo y una expresividad creciente, entablando un mayor diálogo con la orquesta, que se hizo patente en un tercero pleno de sentido y profundidad con el que definitivamente concluiría.

Andris Poga, resolutivo en ambos conciertos, muy bien arropados por la agrupación gala, destacada en sus secciones de cuerda y metal, tendría la última palabra con la sexta sinfonía, Patética, de Chaikovsky. Una dirección sobresaliente, atenta al tratamiento de las texturas y contrastes de planos dinámicos, pero que acusó algo de rigidez y precipitación en cuanto al fraseo y el tempo, sin casi inercia ni respiro en las transiciones. La rotundidad y firmeza en su manera de dirigir funcionó espléndidamente en el carácter de los tres primeros movimientos, sobre todo en el triunfal tercero, pero se anegaría en un cuarto que es juez implacable para cualquier director, y no admite excesos ni defectos. Un movimiento que necesita tanto control como una libertad que Poga no terminaba de ofrecerle, teniendo en cuenta el lirismo de aliento dramático y retenido que perfila la articulación de sus frases en el Adagio lamentoso. Un llanto forzado en una Patética que finalmente no lo fue tanto, sin desmerecer todo lo anterior ni mucho menos la labor rectora de un Andris Poga con mucho que decir en el futuro.

Sin tiempo para más, llegaría el momento de partir y dejar un Kissingersommer que suma treinta años siendo un paraíso para la música, con el fervoroso deseo de que cumpla muchos más. Muchas felicidades, y gracias.

Juan Manuel Rodríguez Amaro