Audioclasica

08-XI-2016 Piano interior

Crédito: Maurice Jerry Beznos
El pianista Emanuel Ax

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2016. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA EMANUEL AX, piano Obras de Schubert y Chopin. Aforo: 2.324  Asistencia: 75% No podía coincidir mejor cita con los primeros fríos de noviembre instalándose sobre Madrid, que la cálida visita al ciclo de Scherzo de Emanuel Ax. El pianista americano de origen polaco muestra la discreción como virtud en el intérprete, su carácter afable y humilde hacen de él unas de las personalidades más entrañables y cercanas del panorama pianístico. Todo unido a una experiencia y sabiduría inmensas, con una especial sensibilidad en la manera…

Crédito: Maurice Jerry Beznos El pianista Emanuel Ax

Crédito: Maurice Jerry Beznos
El pianista Emanuel Ax

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2016. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

EMANUEL AX, piano

Obras de Schubert y Chopin.

Aforo: 2.324  Asistencia: 75%

No podía coincidir mejor cita con los primeros fríos de noviembre instalándose sobre Madrid, que la cálida visita al ciclo de Scherzo de Emanuel Ax. El pianista americano de origen polaco muestra la discreción como virtud en el intérprete, su carácter afable y humilde hacen de él unas de las personalidades más entrañables y cercanas del panorama pianístico. Todo unido a una experiencia y sabiduría inmensas, con una especial sensibilidad en la manera de tratar al piano, siempre reflexivo y contenido, pero también muy vivo, de una gran riqueza sonora en sus dinámicas y contrastes. Un intérprete de la vieja escuela, alejado de todo artificio y divismo, un maestro en esencia. Escuchar a Ax podría compararse a una acogedora y apasionante conversación al calor del fuego. Para esta ocasión, los compañeros de tertulia escogidos fueron Schubert y Chopin, en un ciclo marcado por una significativa presencia de ambos, especialmente del vienés.

Dos colecciones de impromptus respectivamente vertebraban la propuesta de Ax para comenzar la velada, unos, los cuatro pertenecientes a la inefable op. 142 de Schubert, puestos frente a los únicos cuatro que por su parte legó el compositor polaco dentro de su ingente catálogo. Por alguna razón, con una sala que en vísperas de festivo en la capital mostró una asistencia relativamente escasa, Ax parecía no encontrarse demasiado cómodo en el inicio, lo cual restó cierta expresividad a una interpretación casi desabrida e impulsada por unos tempi demasiado ágiles, pero que a la vez lograba llegar al corazón mismo de su compositor por la depuración de su estilo, apoyado sobre un fraseo de inigualable naturalidad. Algo que fue muy apreciable en el celebérrimo nº2 Allegretto en la bemol mayor, con una consistencia y sencillez quizá más afín a su carácter que en la versiones más lánguidas que pueden escucharse de este schubertiano canto entre la nostalgia y la esperanza. Todo sin descuidar una sonoridad de pulcritud cristalina, tanto en la distinción de planos como en los pasajes de exigencia más virtuosística, brillante en las variaciones de un poético e intenso Andante y electrizante en el Allegro scherzando con final en Presto que culmina la serie, en los que cada nota y compás cobraron verdadero relieve y presencia, bajo un clarividente sentido de la forma.

Semejante suerte corrieron los impromptus de Chopin en términos de tempo y fraseo, pudiendo nuevamente aparentar cierta superficialidad en la interpretación que en realidad sólo respondía a una sobria sencillez. Aunque para estos, Ax mutaría diametralmente el carácter. Si Schubert fue un Schubert puro, Chopin sonó con un color y acento auténticos que su compatriota de nacimiento supo imprimir como gran conocedor de un lenguaje que deslizó con enérgica expresión y fluidez sobre un instintivo rubato a lo largo de las cuatro piezas, destacando si cabe una apasionada y modélica versión de la última y siempre aclamada Fantasía-Impromptu. En cualquier caso resultó muy interesante el carácter intuitivo y libre que Ax confirió a un tipo de composición que precisamente encuentra su génesis en el sentido de la improvisación.

Tras la discreta ovación de un público que no parecía del todo convencido con lo escuchado, incluso quien suscribe estas líneas se topó con algunos comentarios desfavorables de algún que otro espectador, el descanso supuso un verdadero revulsivo para Emanuel Ax, que regresó al escenario con una energía visiblemente renovada para reencontrarse con la mejor versión de sí mismo, y vaya que lo fue. También retornaría a Schubert, con una más de sus innumerables joyas, la segunda de las Drei Klavierstücke en Mi bemol mayor D.946. Conmovedor desde el primer motivo, regaló una interpretación sublime por su infinita sensibilidad, de suma delicadeza en los contrastes dinámicos, sin abandonar una vez más la agilidad en un tempo que sin embargo no resultó nunca precipitado.

Para el final quedaría el plato fuerte, de la mano de Chopin, con su Sonata nº 3 en Si menor op.58, de la que Ax logró una versión de referencia que sin riesgo a exagerar podría considerarse histórica en el ámbito del recital, por muy degradado y olvidado que esté tal concepto en la actualidad. Una interpretación desde el inicio perfecta en su articulación e intensidad, y preclara en todos sus matices, que no dejó de encontrar la profundidad y el carácter preciso en cada parte, deslumbrante en unos cantabile de un lirismo extraordinariamente sutil. Todo desde un impresionante estado de gracia, manteniendo su excelsa elegancia y humanidad. Ax lo hizo y lo dijo todo ante un público inusitadamente silencioso, muy probablemente absorto ante una interpretación difícilmente repetible. Absolutamente sensacional.

Aún no acabaría ahí, y en correspondencia al reconocimiento de la asistencia, se despediría con sendas propinas de Chopin y Schumann respectivamente. Un concierto con dos caras de una misma moneda, la de un gran pianista que sin necesidad de concesiones a la galería, mira al interior de sí mismo, de la propia música y por supuesto, de su piano.

Juan Manuel Rodríguez Amaro