Audioclasica

26.XI.2015 James Rhodes, la oportunidad del mensaje

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James Rhodes en el Palau de Valencia. Crédito: Eva Ripoll Valencia. Palau de la Música. Sala Iturbi JAMES RHODES, piano. Frédérich Chopin: Fantasía en fa menor y Polonesa Fantasía, op. 61 nº 7. Ludwig van Beethoven: Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110. Aforo: 1.817 Asistencia: 60 % “¿Has leído el libro?”, preguntaba un chico a su compañero mientras avanzaba por el pasillo en busca de su asiento. “Sí, sí, esta semana lo he terminado”, contestaba el otro. Algunos asistentes llevaban bajo el brazo Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, un libro que ha conseguido…

1_valencia_26-11-2016_eva-ripollJames Rhodes en el Palau de Valencia. Crédito: Eva Ripoll

Valencia. Palau de la Música. Sala Iturbi

JAMES RHODES, piano.

Frédérich Chopin: Fantasía en fa menor y Polonesa Fantasía, op. 61 nº 7. Ludwig van Beethoven: Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110.

Aforo: 1.817 Asistencia: 60 %

“¿Has leído el libro?”, preguntaba un chico a su compañero mientras avanzaba por el pasillo en busca de su asiento. “Sí, sí, esta semana lo he terminado”, contestaba el otro. Algunos asistentes llevaban bajo el brazo Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, un libro que ha conseguido vender 75.000 ejemplares. La web del Palau de la Música de Valencia presentaba a James Rhodes como un superventas. El alcance de esta terrible autobiografía, escrita antes de los 40, ha hecho que su autor participe en charlas TED, conferencias en las que se presentan “ideas que merecen ser divulgadas”, o que sea entrevistado en el programa de libros Página Dos de RTVE. Jordi Évole le dedica su próximo Salvados. Un programa de actualidad socio-política que lo más que se ha acercado a la música fue al entrevistar a Ramoncín a causa de la SGAE y en un especial dedicado a Julio Iglesias.

Realmente la tremenda historia de Rhodes no deja indiferente al lector. La misma vendedora de la librería recomendaba el libro, que leyó sin pestañear, porque a pesar de su dureza vale la pena su mensaje. En él asistimos al relato, sin ningún tipo de cortapisa, de una violación por su profesor de boxeo en la escuela primaria, adicciones varias (incluso al sexo con compañeros mayores o adultos), reclusiones en instituciones psiquiátricas, un intento de suicidio, pérdida de la custodia de su hijo e incluso al pleito en contra de su primera mujer para poder publicar estas memorias. Sin embargo, Instrumental, a pesar de tanta crudeza avanza hacia la esperanza: el futuro que representa su hijo. La Chacona de la Partita para violín nº 2 en re menor BWV 1004 de Johan Sebastian Bach, transcrita por Ferruccio Busoni, fue el enganche de su protagonista. Después llegó la coincidencia en el aprecio de esa misma pieza por parte de Denis Blais, un emprendedor francocanadiense que buscaba un proyecto nuevo y que le animó a grabar su primer disco. Antes no se conocían de nada. A partir de ahí, logró trabajar en la City londinense, vive del piano con la intención de renovar la industria de la música, se ha convertido en representante de jóvenes artistas y denuncia lo que le sucedió para prevenir casos similares.

Hacia el final del libro, cuando uno ya respira, aunque no acabe de hacerlo con total tranquilidad, el pianista menciona otro elemento que le ayudó a sobreponerse: la creatividad. Esa palabra fetiche que en tiempo de crisis lo mismo sirve, y no pongo en duda sus palabras, para sobreponerse a sí mismo que al injusto mundo en el que vivimos. Estamos en pleno auge de la educación emocional, del empoderamiento y del emprendimiento. ¡Qué remedio! Incluso Gloria Tello, concejala responsable del Palau de la Música, recurrió al “trabajo y creatividad” que se ha empleado en el diseño de la temporada en curso, con el ánimo de abrirla a un público joven y diverso. El londinense, que en septiembre fue invitado a la inauguración del Sónar de Barcelona, estuvo precedido en este escenario por Cameron  Carpenter y un Casual Concert & Lounge de la Orquesta de Valencia (OV), con sesión after a cargo de un DJ.

Rhodes, quien dice que “la música clásica se la pone dura”, se presentó en una Sala Iturbi con poco más de media entrada. Que vista informal (tejanos, zapatillas y una sudadera con el apellido Chopin) no es novedoso. Dice que tampoco lo pretende, es por comodidad. Hasta en los tiempos más formales del auditorio la OV hacía los “Conciertos para todos” en mangas de camisa. Por no hablar de las sesiones de jazz del festival de julio y de los que ahora se incluyen en temporada. O del último Ensems en la Sala Rodrigo, en el que hablar de uniformidad es un sinsentido. Tampoco es nuevo lo de explicar las obras. El propio Yaron Traub lo ha hecho muy bien al saludar e introducir algunos de los conciertos de abono. Incluso permitió al público dialogar con Emmanuel Pahud en alguno de ellos.

Entonces, ¿dónde reside la novedad? A mi juicio, en lo oportuno del mensaje. Además de lo mencionado, hace dos años que el director suizo Baldur Brönnimann enumeró diez elementos de los conciertos de música clásica que convendría cambiar. Entre ellos el vestuario, la interacción de los músicos con el público o el uso de la tecnología. Los asistentes a este concierto llegaron con los deberes hechos, habían leído el libro, y al salir continuarían con ellos. Rhodes habló de su nuevo texto: Toca el piano. Interpretar a Bach en seis semanas.  Su lectura se puede complementar con algunos clips colgados en su propia web, lo cual, según las metodologías educativas innovadoras, se denomina flipped clasroom o aula invertida: un apoyo en casa tras el trabajo en el aula. El pianista-escritor presentó el volumen, lo vendió y lo dedicó. No necesita firmar discos. Están disponibles en su canal de YouTube y en Spotfy.

Sus fans gozan de la actuación verdaderamente obnubilados. Aplauden con fervor sus interpretaciones, incluso silban al final. Ríen sus gags, algunos previsibles (Trump, Amazon, Brexit), con convencimiento. Además, ahora van a poder tocar el piano. A pesar de su bonita edición, el manual se asemeja a unas instrucciones de montaje de Ikea: usted mismo puede interpretar el Preludio nº 1 en do mayor de El clave bien temperado. Pero claro, al final, aunque haya seguido todos los pasos, la tulipa de plástico de la lámpara le quedará un poco arrugada o las puertas del armario no le cuadrarán, ya que desconoce los trucos del artesano. Como el propio Rhodes dice, “para tocar Claro de luna o el Preludio nº 4 en mi menor de Chopin debe buscar un buen profesor”. Y no es que el Preludio de Bach sea fácil.

Con él inició el concierto programado por la productora Sold Out fuera del abono de otoño. Lo mejor, como en el libro, es lo inusual de las piezas anunciadas para un público generalista. Con una técnica de trazo grueso y una sonoridad confusa glosó la Fantasía en fa menor y la Polonesa Fantasía, op. 61 nº 7 de Chopin y la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110 de Beethoven. Rhodes tampoco tiene la cintura necesaria para lucir rubati. En la sonata la fuga resultó desmadejada y los ásperos acordes finales no sirvieron para ganar en sonoridad y garra. Donde destacó fue en las re-creaciones que siguieron fuera de programa: Orfeo y Euridice de Gluck, O mio babbino caro o la broma beethoveniana sobre la Marcha del Coronel Bogey de El puente sobre el río Kwai.

En estas lecturas hay más de lo que se dice que de lo se que toca. Rhodes introduce cada obra con la historia clínica de su compositor, la de estos dos y alguno más. Por ello, recurre al canon de músicos atormentados. “¿A quién no le han diagnosticado algo en su vida?”, añade. El pianista frecuenta unos tópicos y contesta otros. No me pareció mal que mencionara a Goya. A parte de la sordera y el genio son interesantes las concomitancias de su obra y recepción con la del de Bonn. No obstante, lo más atractivo es que consigue bajar del altar a tan sagrados músicos para hacerlos humanos, tremendamente humanos. La velada siguió el camino hacia la “felicidad” que traza  Instrumental. Si usamos un lema sinfónico podría haberse titulado per aspera ad astra. Como en una sesión de mindfullness, paulatinamente, aparecieron términos como meditación, emoción, escape, fantasía, sentimientos o interior. Afortunadamente, esta vez, James Rhodes no apeló a la magia.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI