Audioclasica

29-XI-2016 Sabor agridulce

Crédito: Steve Riskind
El pianista neoyorquino Richard Goode

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2016. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA. RICHARD GOODE, piano Obras de Bach y Chopin. Aforo: 2.324  Asistencia: 75% Una edición más del ciclo de grandes intérpretes de Scherzo llegaba a su fin, completando nuevamente una excelente temporada con recitales que en algún caso quedarán para el recuerdo. Esta vez la responsabilidad de su clausura recaería en el experimentado pianista Richard Goode. El neoyorquino atesora una brillante y larga trayectoria de conciertos y grabaciones que lo convierten sin duda en uno de los grandes maestros del teclado en la actualidad, tanto en…

Crédito: Steve Riskind El pianista neoyorquino Richard Goode

Crédito: Steve Riskind
El pianista neoyorquino Richard Goode

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2016. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA.

RICHARD GOODE, piano

Obras de Bach y Chopin.

Aforo: 2.324  Asistencia: 75%

Una edición más del ciclo de grandes intérpretes de Scherzo llegaba a su fin, completando nuevamente una excelente temporada con recitales que en algún caso quedarán para el recuerdo. Esta vez la responsabilidad de su clausura recaería en el experimentado pianista Richard Goode. El neoyorquino atesora una brillante y larga trayectoria de conciertos y grabaciones que lo convierten sin duda en uno de los grandes maestros del teclado en la actualidad, tanto en su vertiente solista como en el género camerístico y el lied, siendo un claro exponente, con sus virtudes y controversias, de la escuela norteamericana. Y asimismo, es poseedor de una gran personalidad como intérprete, con resultados dispares en sus versiones, que circulan entre lo sorprendente, lo confuso y lo admirable. Muestra de ello fue esta velada, en la que Goode proponía un sugerente díptico con obras de Bach y Chopin respectivamente. Del eterno cantor del Lepizig, ofreció una más que contundente versión de su Concierto Italiano. Con la partitura ante sí, como también en el resto del concierto, predominó la firmeza de un timbre metálico, casi clavecinístico, que contrastó con una densa sonoridad, en los límites del estilo aunque bien ajustada a la expresión del piano. Todo ello a través de un tempo algo precipitado a lo largo de los tres movimientos, especialmente en el 3º, lo cual terminó por enturbiar la articulación, a pesar incluso de la exquisita claridad del contrapunto entre las voces o del sutil tratamiento de la ornamentación, con trinos de una belleza cristalina.

Con cierto halo de incertidumbre sobrevolando a la moderada asistencia, ofrecería la colección de las 15 Sinfonías BWV 787-801 del Kapellmeister. Piezas desafortunadamente inhabituales en concierto, consideradas composiciones menores por su carácter didáctico pero que en manos de un maestro como Goode cobran vida para reivindicar su valor, revelándose como las pequeñas perlas para el teclado que realmente son. Prosiguiendo con sus discutibles y nerviosos tempi, hubo una notable progresión de menos a más en el calado y talante interpretativo, evolucionando de lo circunspecto y frío hacia la calidez de una expresión más intensa y profunda, con una apreciable diferencia entre las más veloces, sobradamente enérgicas, respecto de las de tempo más pausado, éstas últimas de una inspiración sensiblemente superior. Un sentido de inspiración o de la libertad ante las sensaciones e ideas en el momento de tocar a las que el propio Goode alude como un disfrute especial al atreverse a llevarlo a cabo en sus interpretaciones en vivo, algo muy interesante al margen del grado de acierto, generalmente alto, siempre arriesgado y a veces inadecuado que conlleva ese “dejarse llevar” y que esta vez se tuvo la oportunidad de apreciar. En conjunto una lectura brillante de las sinfonías en la que destacaron algunas como la enigmática novena o el esplendor vertiginoso de la decimoquinta y última. Fue llamativa además su permanente manera de canturrear y el insistente zapateo marcando el pulso, quizá producto del visible esfuerzo en su temperamental modo de tocar. Mientras tanto, la lista de ruidos impertinentes producidos en la sala tan desgraciadamente comunes, sumaba un nuevo y esperpéntico invitado a su colección con la presencia de unos descomunales ronquidos provenientes del patio de butacas, incluido cómo no con los detestables móviles y las siempre inoportunas toses, todo un deleite para los oídos y el espíritu.

Mismo rumbo que no destino tomó el monográfico dedicado a Chopin en la segunda parte, alternando una expresión farragosa y apresurada con sensacionales destellos de genialidad, que afortunadamente, más vale tarde que nunca, fueron cobrando mayor presencia hasta convertirse en tónica de sus interpretaciones. Una selección conformada principalmente por nocturnos y mazurkas que comenzó con el op. 55 nº 2 y el conmovedor op. 48 nº 1, pasando literalmente por encima de ellos en una interpretación desangelada y estrictamente leída, ajena a cualquier expresividad y nula en el rubato, tornando la profunda pasión y melancolía en pura desesperación, con alguna que otra imprecisión. Aunque justo fue en el op. 48 donde dejó uno de esos destellos en un soberbio final que precisamente constituye un tour de force para los intérpretes por su complejidad técnica y expresiva, con una diversidad de resolución no muchas veces convincente, pero que para Goode supuso un leve giro para encontrar una mejor versión de sí mismo. Un giro visible en la consecución de una lucida serie de mazurkas, las Op.24 nº2 y 4, Op. 59 nº2 y Op.7 nº3, en las que sin abandonar la ya constante premura, sí apuntaría al aroma cálido y embriagador de su singular carácter como en la insigne Op.7 nº3, resaltando a su vez la gracilidad rítmica y melódica que éstas poseen. Antes de regresar sobre sus inquietos pasos con dos nuevos nocturnos, en una expresión de carácter lisztiano en el Op. 27 nº1 por sus marcados contrastes dinámicos y un tempo casi marcial en un más sobrio que profundo Op. 62 nº2, regaló una mirífica versión de la Barcarolla Op. 60, Chopin en estado puro por su sugerente tono poético, atento al rubato y delicado en su colorido abanico tímbrico. Y si es costumbre reservar lo mejor para el final, el neoyorquino no fue una excepción al respecto, coronando su actuación con la interpretación más brillante de toda la cita en una sensacional y poderosa Polonesa-Fantasía Op.61 con la que de una vez por todas desplegó su verdadero magisterio pianístico en un prodigioso alarde de virtuosismo y expresión sólo al alcance de los elegidos. Lograba así conectar al fin con la sustancia de la propia música y consigo mismo, pasando de una aparente y enturbiadora “prisa” a una completa plenitud interpretativa y personal.

Para alargar el momento, sirvieron sendas propinas pertenecientes a ambos compositores, con una sublime Mazurka en la menor Op.17 nº4 de Chopin y una intensa aunque algo veloz Sarabande de la Partita nº1 BWV 825 de Bach. La discreta ovación del público dejó entrever cierto resquemor por no haber disfrutado de esta versión de Goode durante todo el concierto, pero así son los grandes. Todo ello unido al aspecto ligeramente despoblado de la sala dejó un sabor agridulce como despedida de la temporada que no ensombrece a su conjunto ni mucho menos, la ilusión por la próxima.

Juan Manuel Rodríguez Amaro