Audioclasica

10.XII.16. Música viva

El ambiente en el Patio de Reyes a la salida del concierto.

Basílica del Monasterio del Escorial. Música española para órgano en el centenario del nacimiento de Carlos III PEDRO ALBERTO SÁNCHEZ SÁNCHEZ, órgano Obras de Soler, Durón, Nebra, Lidón, Mestres, Casanoves y Viola Se cuenta que Gottfried_Silbermann, el célebre organero alemán, al recibir el encargo de la construcción de uno de sus magníficos instrumentos, acudía a la iglesia o catedral en cuestión provisto de un bastón que golpeaba contra el suelo para comprobar la calidad acústica del lugar. Si la reverberación y armónicos escuchados no eran satisfactorios, declinaba el trabajo. Ignoramos  cuánto de verdad hay en esta historia, pero teniendo en cuenta…

El ambiente en el Patio de Reyes a la salida del concierto.

El ambiente en el Patio de Reyes a la salida del concierto.

Basílica del Monasterio del Escorial. Música española para órgano en el centenario del nacimiento de Carlos III

PEDRO ALBERTO SÁNCHEZ SÁNCHEZ, órgano

Obras de Soler, Durón, Nebra, Lidón, Mestres, Casanoves y Viola

Se cuenta que Gottfried_Silbermann, el célebre organero alemán, al recibir el encargo de la construcción de uno de sus magníficos instrumentos, acudía a la iglesia o catedral en cuestión provisto de un bastón que golpeaba contra el suelo para comprobar la calidad acústica del lugar. Si la reverberación y armónicos escuchados no eran satisfactorios, declinaba el trabajo. Ignoramos  cuánto de verdad hay en esta historia, pero teniendo en cuenta el prestigio y solvencia del constructor es razonablemente verosímil.

De cualquier manera, la anécdota nos da la medida de hasta qué punto la acústica de un edificio es determinante a la hora de colocar en él un órgano o planificar la gestión de cualquier actividad musical que se precie. En el caso particular de la Basílica del Monasterio del Escorial, hay que señalar que el exceso de reverberación (de hasta seis segundos, dicho sea de paso) nos permite calificarla de poco propicia para casi toda manifestación musical. Quien conozca los accidentadísimos avatares de la construcción de tan singular edificio, magistralmente detallados por José de Sigüenza en sus crónicas, entenderá la contundencia de  estas afirmaciones: fallecimiento del arquitecto al poco de iniciarse el proyecto, huelgas, retrasos, incendios, el espíritu del mismísimo Belcebú encarnado en perro recorriendo la obra por las noches, o grietas aparecidas en los pilares que sustentan la cúpula y que forzaron su cierre antes de alcanzar la altura prevista, son algunos ejemplos. No obstante, el archivo musical del Monasterio cuenta con un repertorio que no se ajusta a lo que cabría esperar en un templo de estas características y que da a la polifonía un particular tratamiento. Pero no queremos profundizar en un terreno que ha desatado agrias polémicas musicológicas. En cualquier caso, la acústica no favorece. Otro aspecto a valorar  es el hecho de que los cuatro órganos que proveen la Basílica han sufrido sucesivas reformas con el paso del tiempo, la más profunda durante el s. XX, hasta configurar unos instrumentos excepcionales, pero alejados de los originalmente pensados para el lugar que ocupan. Permítase la reflexión de que es ésta la consecuencia amarga de haber dispuesto siempre de dinero el Monasterio.

Veamos alguna implicación concreta: los registros más ricos en armónicos tales como las lengüeterías o trompeterías saturan, emborronan la textura de la música; los  más graves impresionan, pero generan cierta sensación de que la estructura del edificio se va a colapsar… Sánchez, hábil intérprete de sólida formación y amplio bagaje como concertista,  es conocedor de todos estos particulares dada su condición de habitual de esta casa, ya que en ella ejerce como Maestro de Capilla, y así lo demostró. Especialmente destacable fue la selección de la registración empleada durante todo el concierto, en muchos casos rozando ese límite que impone el recinto, pero sin sobrepasarlo.

Pedro Sánchez, saludando desde las alturas al finalizar el concierto.

Pedro Sánchez, saludando desde las alturas al finalizar el concierto.

La noche del 10 de diciembre (fría y despejada) una larga hilera de personas se desplegaba ante el portón que da acceso al Patio de Reyes que precede a la Basílica desde los cuarenta minutos precedentes al concierto. Escuchar los órganos del Escorial (el que pudimos oír es el que se encuentra en el crucero derecho, conocido como órgano del Prior o de la Epístola) es relativamente poco frecuente –a lo que hay que sumar la condición de entrada libre-, con lo que la expectación estaba asegurada. Al traspasar las puertas del templo, se pudo comprobar que no quedó un sitio libre.

Antes de entrar en detalle, resulta interesante apuntar la condición de inaccesible a la vista de que goza el órgano por parte del público (a menos que se coloque uno en la intersección del crucero y la nave central, cosa que nos resultó imposible), y en cualquier caso, del intérprete al parapetarse éste tras una mampara de marquetería. Si añadimos la altura en que se ubica instrumento, todo esto confiere una rara sensación de desconcierto, casi divina. Nada es casual en este lugar en el que, a pesar de los avatares arriba mencionados, la retórica está planificada y presente en cada rincón.

El programa del concierto (organizado conjuntamente por Patrimonio Nacional y la Comunidad de Padres Agustinos, gestores y habitantes del Monasterio) se presentó bajo el título Música española para órgano en el tercer centenario del nacimiento de Carlos III, y se compuso de una selección obras representativas de los autores más destacados del s. XVIII español como José Lidón, Sebastián Durón, José de Nebra o Antonio Soler. Hablamos de una música que en términos generales no es en sí misma excesivamente brillante, que podría ser tachada de algo insustancial y utilitaria, pero que es de obligada presencia en una efeméride como la que nos ocupa. Salvedad hecha del Padre Soler, claro está, quien en ocasiones sorprende por su oficio como compositor tal y como se verifica en el Intento en FaM que pudimos disfrutar. Muy destacable resultó la selección de los registros realizada por el intérprete que, según se sucedían los distintos bloques temáticos de la obra, iba ganando densidad y añadiendo tensión a la interpretación. Sin duda, fue el clímax del recital. Cabe señalar algún otro momento como la Sonata en ReM de Anselmo Viola que abrió el programa, o el colorista Fandango de España de Nebra que dio aire a los dieciséis descontextualizados Versos para Te Deum de Soler. En general, se puede afirmar que Sánchez es un intérprete limpio, que demuestra dominar la técnica organística sin problemas y que conoce las obras que maneja. El problema reside en que el repertorio no se prestó al lucimiento…

De cualquier manera, es verdaderamente elogiable –un lujo- poder comprobar que el Monasterio del Escorial, su Capilla Musical y su público están tan vivos.

Raúl Jiménez