Audioclasica

19-I-2017 Descúbranse: él es Daniil Trifonov

Crédito: Darío Acosta

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2016. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA DANIIL TRIFONOV, piano Obras de Schumann, Shostakovich y Stravinsky. Aforo: 2.324  Asistencia: 90% Veintidós ediciones suma el Ciclo de Grandes Intérpretes, un ciclo inagotable, que una edición tras otra lejos de envejecer, renueva expectativas y alberga los principales nombres del panorama internacional, aunando la sabiduría de figuras ya legendarias con los jóvenes valores que consagran su presencia e identidad en el Olimpo pianístico. Y qué mejor ejemplo de ello para esta primera cita de la temporada que Daniil Trifonov, la emergente e imparable sensación de…

Crédito: Darío Acosta

Crédito: Darío Acosta

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2016. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

DANIIL TRIFONOV, piano

Obras de Schumann, Shostakovich y Stravinsky.

Aforo: 2.324  Asistencia: 90%

Veintidós ediciones suma el Ciclo de Grandes Intérpretes, un ciclo inagotable, que una edición tras otra lejos de envejecer, renueva expectativas y alberga los principales nombres del panorama internacional, aunando la sabiduría de figuras ya legendarias con los jóvenes valores que consagran su presencia e identidad en el Olimpo pianístico. Y qué mejor ejemplo de ello para esta primera cita de la temporada que Daniil Trifonov, la emergente e imparable sensación de la inextinguible fuente rusa, que hacía constar así su primera aparición en el ciclo. Sus credenciales hablan por sí solas, a sus aún sólo veinticinco años, ya guarda en su casa los más prestigiosos premios y galardones, como el Chaikovsky o el Gramophone al artista del año 2016, siendo el solista que más conciertos ofreció durante ese año. Y a lo cual hay que sumar una ya apreciable cantidad de registros discográficos. Estamos además ante un músico poliédrico, que también dirige su mirada hacia la composición, algo que se aprecia en unas interpretaciones que desprenden entre otras muchas cosas, un profundo conocimiento de la obra y su lenguaje. Es un artista genuino, de raíz, uno de los más auténticos de los últimos tiempos y sin duda de su generación, al cual el piano ya ha abierto de par en par las puertas de su gloria. Un intérprete total cuya apariencia apolínea se vuelve voracidad dionisíaca frente al teclado, un torbellino visceral cuyo gesto es un trasunto dramatizado de la música que hace, en una suerte de verosimilitud trascendental de inspiración infinita, sin fingimiento ni artificio.

Un traje a la medida para la impulsividad y carácter cambiante de Robert Schumann, del que ofrecería para comenzar una delicadísima versión de las Escenas de niños Op. 15, de pura magia sonora afín a su intimismo poético y evocador. Una lectura que por otra parte bien podría no resultar estrictamente fiel a todos los matices de la partitura, pero que es poseedora de una incuestionable unidad discursiva impregnada por su ya imponente personalidad, ésa que es reservada a unos pocos. Apabullante en la casi imposible Toccata Op. 7, tarjeta de visita marca de la casa que traspasa las fronteras del mero virtuosismo para llegar con exquisito sentido al recóndito espíritu schumanniano, algo que parece natural en él a pesar de su esforzada ejecución, que logra imponerse al piano y a la obra libre de cualquier conato de soberbia. Trifonov escudriña el teclado, lo interroga, ora parece refugiarse en él, ora se yergue con pose natural y elegante, haciendo gala de una madurez desorbitante, propia de un maestro consumado. Completaría la terna sobre el compositor germano con una desbordante versión de su Kresileriana op. 16, arrolladora por su profunda y conmovedora intensidad, preclara en sus planos y contrastes dentro de una sonoridad de verdadera precisión quirúrgica, especialmente en sus pianissimi, sin pasar inadvertido un solo compás para el pianista ruso. Un relieve preciso a cada número y pasaje que alcanzó su climax en un inolvidable Vivace e scherzando final difícilmente repetible. Significativa ovación de un público atónito por lo presenciado ante un intérprete cuyos conciertos ya empiezan a tomar carácter de acontecimiento. No obstante hay que apuntar una vez más el lamentable comportamiento por parte de algunos asistentes, que más allá de los por desgracia habituales ruidos, llegaron tarde a la segunda parte con Trifonov esperando ante el piano para poder comenzar, a lo que hubo que sumar un repugnante móvil que sí, leen bien, fue atendido por su receptor. De echarse a temblar.

Y no faltaría en el mapa del programa la música de su tierra natal, primero con Schostakovich, en una selección de sus 24 preludios y fugas Op. 87, los números 7, 2, 5 y 24 respectivamente. Trifonov ofreció una visión absolutamente reveladora por su inmensa y sobrecogedora dimensión expresiva, inmersa de lleno en la sustancial e intensa mirada de su autor, más allá incluso del propio sentido formal, no exento por supuesto de perfección en el recorrido de todos sus planos y voces, que Trifonov hizo circular sobre una masa sonora tan nítida como extraordinariamente densa. Si el sonido pesara, él sabría cuánto. Una versión abrumadora y sin duda, de referencia, de una colección que por desgracia no cuenta con muchas versiones y cuyas páginas sin embargo, destilan un Shostakovich más profundo de lo que cabe pensar. Magistral.

El éxtasis y la apoteosis final correspondieron a la descomunal interpretación de los Tres movimientos de Petruchka de Stravinsky. Créanlo, pocas veces se puede llegar a ver tocar de ese modo. Desde una efusividad inusitada, espontánea y natural hasta parecer improvisado y acompañado por su gesto teatralizado, casi ritual, Trifonov interpretó Petruchka con una sonoridad rusa proverbial, de resonancias luminosas,  penetrantes y también delicadas, como en el inenarrable 2º movimiento. Todo impulsado por un auténtico torrente de intensidad rítmica con el que hasta llegó a dar saltos sobre la banqueta en completo estado de trance. Sin perder de vista por otra parte la proyección del color orquestal que este monumento posee. Probablemente el propio Stravinsky se hubiera conmovido con semejante versión, que arrancó los bravos enfervorecidos de un público rendido a este sobrehumano monstruo de la naturaleza.

Como despedida ya fuera de programa, ofrecería dos magníficas composiciones del apasionante y poco conocido compositor ruso tardorromántico, Nikolai Medtner. En concreto, dos piezas pertenecientes a sus Fairy Tales. De nuevo sensacional.

A su joven edad, afirma que no sólo le queda por aprender sino que aún no sabe nada, quizá esa sea precisamente la clave de su insondable talento e inminente grandeza. Descúbranse, él es Daniil Trifonov, y esto no ha hecho más que empezar.

Juan Manuel Rodríguez Amaro