Audioclasica

21-I-2017 Poliédrico Gergiev

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Valencia Invierno 2017. Abono 2. Palau de la Música. Sala Iturbi VARVARA, piano. ORQUESTA SINFÓNICA DEL TEATRO MARIINSKI DE SAN PETERSBURGO. VALERY GERGIEV, director. Olivier Messiaen: L’Ascension. Wolfgang A. Mozart: Concierto nº 27 para piano y orquesta en si bemol mayor, KV 595. Dimitri Shostakóvich: Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47. Aforo: 1.817 Asistencia: 100 % Con este concierto Valery Gergiev y la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski volvían a iniciar en Valencia su gira española. En la docena de veces que han pisado este escenario desde 1994 los compositores rusos han acaparado la mayor parte de sus programas.…

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Varvara y Valery Gergiev en el Palau de la Música de Valencia. Créditos: Eva Ripoll

Valencia

Invierno 2017. Abono 2. Palau de la Música. Sala Iturbi

VARVARA, piano. ORQUESTA SINFÓNICA DEL TEATRO MARIINSKI DE SAN PETERSBURGO. VALERY GERGIEV, director.

Olivier Messiaen: L’Ascension. Wolfgang A. Mozart: Concierto nº 27 para piano y orquesta en si bemol mayor, KV 595. Dimitri Shostakóvich: Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47.

Aforo: 1.817 Asistencia: 100 %

Con este concierto Valery Gergiev y la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski volvían a iniciar en Valencia su gira española. En la docena de veces que han pisado este escenario desde 1994 los compositores rusos han acaparado la mayor parte de sus programas. Generalmente, óperas en versión concierto, conciertos y sinfonías de Chaikovski y Prokófiev. Fuera de este marco poco más: un par de sinfonías de Gustav Mahler. La última en sonar fue la nº 9 en re mayor en 2014. Con Messiaen, Mozart y Shostakóvich conformaron la propuesta más poliédrica de las presentadas. Y no solo en referencia a la estética de cada compositor, sino a la forma con la que el director se adentró en cada una de estas obras.

Si por algo destaca Gergiev es por la creatividad que genera sus versiones y por los caleidoscópicos colores que obtiene de la orquesta, desde lecturas intensamente introspectivas. Recorrió L’Ascension con un caminar calmo y sosegado, dejando que el mensaje teológico que contiene surgiera de cada sonido. Transitó desde la solemnidad y equilibrio de los acordes del metal en la primera meditación a la quietud armónica y celestial del último, pasando por el ímpetu del tercero, “Aleluya en la trompeta, aleluya en el címbalo”. En el último concierto para piano de Mozart el director se plegó a la delicada sonoridad de Varvara Nepomnyashchaya. Por eso, todo resultó pequeño, lo cual no es un inconveniente. Sí lo es que el fraseo de la solista, a veces, estuviera falto de continuidad. La pianista ofreció como propina la “Passacaglia” de la Suite para clave nº 7 en sol menor de Haendel.

Como contraste, la lectura de la Sinfonía nº 5 en re menor, op. 47 resultó colosal, en lo sonoro y en lo conceptual. Gergiev y los de San Petersburgo sacaron a relucir la contradicción que hay en ella. Shostakóvich quiso agradar a Stalin tras sus críticas a Lady Macbeth del distrito de Mtsensk. Sin embargo, es obvio su sarcasmo y el talante trágico que poco a poco parece diluirse. El director no dejó espacio para la complacencia. Unas trompas redondísimas, a vece furiosas, otras delicadas, dominaron de principio a fin para sacar, a la menor ocasión, esa rabia. En el “Moderato” inicial el genio orquestal fue compensado por los evocadores y tristes solos en las maderas. En el “Allegretto” bailó el amargo vals sorprendiendo por su vigor, lo cual contrastó con el gélido inicio del “Largo”. En este movimiento las temperaturas fueron extremas. Del frío, en el que los sonidos de oboe y clarinete aparecían sin saber de dónde, pasamos a un fortísimo cálido y tenso que culminó un punzante xilófono, para atacar inmediatamente un beligerante final. Los metales de la Orquesta del Mariinski parecen haber dejado atrás el carácter incisivo de los tiempos de Mravinski. Suenan amables aún en los pasajes más aguerridos. El entusiasmo que puso cada uno de los músicos llevó al conjunto a lucir en su virtuosismo. Pasaron por todos los matices dinámicos imaginables y reaccionaron solícitos a las exigencias de un Gergiev que los manejó con fruición. Un deleite que transmitió al público y perduró en una inusitada propina, no menos gozada, al dibujar el suave oleaje de El lago encantado op. 62 de Anatoli Liadov.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI