Audioclasica

22-I-2017 Poderosa Elektra

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MADRID AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA.  TEMPORADA 16/17. CICLO SINFÓNICO ORQUESTA Y CORO NACIONALES DE ESPAÑA. LISE LINDSTROM (Elektra). MANUELA UHL (Chrysothemis). KATJA PIEWECK (Celadora). ANNA LARSSON (Klytämnestra). ROBERT KÜNZLI (Aegisth). DAVID AFKHAM, director. Strauss: Elektra Op.58, TrV 223. Aforo: 2.324 Asistencia: 99% Elektra ocupa (junto con Salome) una destacada posición en la historia de la música por su carácter visionario.  Su lenguaje es partícipe del Expresionismo más desgarrado y es aquí donde encontramos los primeros atisbos del lenguaje atonal. Este apunte no aporta nada nuevo, ni mucho menos, ya que la obra en cuestión lleva más de un siglo fascinando…

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Crédito: Rafa Martín.

MADRID

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA.  TEMPORADA 16/17. CICLO SINFÓNICO

ORQUESTA Y CORO NACIONALES DE ESPAÑA. LISE LINDSTROM (Elektra). MANUELA UHL (Chrysothemis). KATJA PIEWECK (Celadora). ANNA LARSSON (Klytämnestra). ROBERT KÜNZLI (Aegisth). DAVID AFKHAM, director.

Strauss: Elektra Op.58, TrV 223.

Aforo: 2.324 Asistencia: 99%

Elektra ocupa (junto con Salome) una destacada posición en la historia de la música por su carácter visionario.  Su lenguaje es partícipe del Expresionismo más desgarrado y es aquí donde encontramos los primeros atisbos del lenguaje atonal. Este apunte no aporta nada nuevo, ni mucho menos, ya que la obra en cuestión lleva más de un siglo fascinando a público, compositores y musicólogos, quienes se han encargado de desentrañar sus secretos. O por lo menos, aquellos que son “tangibles”, claro está. Lo que tampoco deja de sorprender a día de hoy es el giro estético que dio Strauss tras estas dos producciones, y retornar a un estilo más conservador que mantendría hasta el final de sus días. Mucho se ha especulado acerca del por que –habiendo llegado a este punto- nunca fue más allá de un umbral que otros (algunos de los más destacados miembros de la Segunda Escuela de Viena) sí habrían traspasar. El miedo a abandonar cierta zona de confort es una de las explicaciones más plausibles para justificar esta trayectoria. Lamentablemente, al movernos dentro del terreno psicoanalítico, nunca podremos pasar de la conjetura. Sea como fuere, es previsible que de haber seguido la ruta de Schoenberg y sus discípulos, Strauss habría sucumbido al ser catalogado como artista degenerado. Hipotético final radicalmente alejado del que lo encumbró como compositor y director predilecto del régimen.

Lo cierto es que todas estas circunstancias personales y sociológicas que rodean a Elektra la dotan de un mayor dramatismo del que intrínsecamente posee: es un producto que anticipa la gran e inminente tragedia que llegaría a Europa en el año 1914 y que traería un nuevo orden político y social, es un exudado de una sociedad que se descompone, un grito desgarrado y doloroso a consecuencia de la decadencia imperante. Pero lo que resulta verdaderamente trágico es que tal grito fue contenido, autocensurado por el propio autor. Afortunadamente, otros vendrían para traernos “una pureza, accesibilidad y altruismo inconmensurable” en la nueva música, como apuntaría Anton Webern.

Retornando a Strauss, hay que reconocer una vez más que la obra que nos ocupa es magistral, sobrecogedora, sincera, hermosa y aterradora al tiempo. Nos mueve (o debería hacerlo) a una reflexión profunda,  a la introspección, pero también al análisis colectivo de nuestros aciertos y errores como sociedad. Y no nos referimos sólo al contenido moralizante del libreto, sino a todo lo apuntado anteriormente. Que hayan transcurrido más de cien años y mantenga plena vigencia es totalmente razonable: hablamos de una obra maestra que hurga en las pasiones más primarias del alma.

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En primer plano: David Afkhan y Manuela Uhl durante el concierto. Crédito: Rafa Martín

Pues bien, puntualizando la importancia del intérprete como mediador entre el compositor y el oyente, sirvan estos párrafos para introducir los elogios destinados a los encargados de recrear la Elektra de Strauss la tarde del domingo 22 de enero en el Auditorio Nacional. Podemos hablar de tres protagonistas:

De una parte, un elenco de cantantes con un excelente nivel de entre los que cabe destacar al sector femenino (la propia partitura de por sí ya brinda más protagonismo a las mujeres) y más concretamente a la tríada de protagonistas compuesta por Lise Lindstrom, Manuela Uhl y Anna Larsson. Su magnífica técnica les permitió mantener durante todo el concierto un altísimo nivel de entrega –físico y emocional- que podríamos calificar de titánico, casi heroico. Hay que recordar que Elektra es una obra de una dificultad técnica fuera de lo común, y baste para ello resaltar que nunca se verá en teatro alguno programados dos pases en días seguidos con un mismo reparto: no hay aparato vocal que lo resista. No en vano, la Sala Sinfónica  alteró su rutina de programación suprimiendo la función del sábado en esta ocasión. Quizá sea pertinente establecer un paralelismo entre la “lucha” establecida entre los cantantes y la orquesta, y la lucha la que experimentan los protagonistas del drama al afrontar su destino.

De otra parte, cabe hablar de la orquesta. La OCNE ha experimentado en los últimos años una serie de notables cambios bastante profundos que la colocan en una situación más ventajosa y adaptada a los nuevos tiempos. Se pueden mencionar mejoras dignas de elogio realizadas desde la dirección técnica y artística que atañen a la imagen institucional, a la programación, al marketing y otros aspectos afines. Cabe también hablar de que la plantilla se ha renovado y rejuvenecido, lo cual se palpa en el entusiasmo y predisposición de los músicos ¡Hubiese sido imposible ver sonreír a los instrumentistas  al recibir las ovaciones del público hace una década, tal y como sucedió la tarde del concierto que nos ocupa! Queda camino por recorrer, sin duda, pero resolver con solvencia tan complicada partitura (que posiciona a la orquesta como un protagonista más en la tragedia), ya es un buen indicador de que se camina por el camino correcto.

El último de los protagonistas fue el director. David Afkham se mostró como un verdadero maestro de ceremonias, algo así como un sacerdote oficiando un ritual de iniciación mistérico (permítase tal comparación en el contexto pagano en que nos movemos). Él fue el verdadero artífice que aunó voluntades para dar vida y coherencia al espectáculo que pudimos presenciar. La verdad, verlo dirigir es sorprendente, aunque sólo sea por cuestiones técnicas: tiene un gesto de una claridad poco habitual, cuenta con una paleta de recursos técnicos amplísima para comunicarse con los intérpretes, su mano izquierda revela una actividad asombrosa que emplea –mayoritariamente- para marcar las entradas (y las marca, las marca todas), conoce la partitura y lo demuestra, transmite seguridad, tiene carisma.

No hay que pasar por alto que la versión que presenciamos fue semiescenificada y contó con acertadísimos recursos más propios de un teatro de ópera que de un auditorio como una constante entrada y salida de cantantes del escenario por diferentes puntos, algo de maquillaje o una sencilla, pero efectiva iluminación. La circunstancia impuesta por la arquitectura que sacó a la orquesta y director del foso para colocarlos junto a los cantantes en un mismo plano pareció dotar a la partitura de Strauss de una singular dimensión.  No pretendemos defender como superior la versión de concierto de una obra escénica, ni mucho menos, pero la perspectiva en que nos situamos es propicia para plantearse algunas cuestiones de orden estético.

Por último, el público mostró un entusiasmo desbordado en una dilatada tanda de aplausos que ganaba fuerza por momentos, según los intérpretes desfilaban por el escenario, con especial entrega en el caso de los mencionados Afkhan y Lindstrom. Esperemos poder asistir a más conciertos de semejante nivel en el Auditorio en sucesivas ocasiones, ya que hablamos de un evento poco frecuente.

Raúl Jiménez