Audioclasica

28-01-2017 El desgarro del amor pasional

©Michele Crosera. Christoph Pohl, Leine Kinča y Pavlo Balakin en una escena del segundo acto de Tannhäuser

VENECIA Temporada de ópera 2016/2017. Teatro la Fenice PAUL MCNAMARA, LIENE KINČA, AUSRINE STUNDYTE, CHRISTOPH POHL, CAMERON BECKER, PAVLO BALAKIN. ORQUESTA Y CORO DEL TEATRO LA FENICE. CALIXTO BIEITO, Dirección Escénica. OMER MEIR WELLBER, direción musical Wagner: Tannhäuser Aforo: 1000 Asistencia: 90% Las puestas en escena de Calixto Bieito, se sabe, son siempre polémicas, a menudo excesivas, pero nuca dejan indiferente el espectador. Muchas veces éstas no logran convencer a crítica y público, sobre todo si quieren provocar de forma superficial, pero en otras ocasiones consiguen ofrecer una lectura diferente e inteligente de las óperas, abriendo nuevas perspectivas interpretativas. El…

©Michele Crosera. Christoph Pohl, Leine Kinča y Pavlo Balakin en una escena del segundo acto de Tannhäuser

©Michele Crosera. Christoph Pohl, Leine Kinča y Pavlo Balakin en una escena del segundo acto de Tannhäuser

VENECIA

Temporada de ópera 2016/2017. Teatro la Fenice

PAUL MCNAMARA, LIENE KINČA, AUSRINE STUNDYTE, CHRISTOPH POHL, CAMERON BECKER, PAVLO BALAKIN. ORQUESTA Y CORO DEL TEATRO LA FENICE. CALIXTO BIEITO, Dirección Escénica. OMER MEIR WELLBER, direción musical

Wagner: Tannhäuser

Aforo: 1000 Asistencia: 90%

Las puestas en escena de Calixto Bieito, se sabe, son siempre polémicas, a menudo excesivas, pero nuca dejan indiferente el espectador. Muchas veces éstas no logran convencer a crítica y público, sobre todo si quieren provocar de forma superficial, pero en otras ocasiones consiguen ofrecer una lectura diferente e inteligente de las óperas, abriendo nuevas perspectivas interpretativas. El acierto llega cuando el director de escena coge como punto de partida elementos que ya existen en la letra y en la música y no pretende sobreponer otros que nada tiene a que ver con el universo poético original de la obra. En estas ocasiones la operación que realiza Bieito es sacar a la luz los aspectos más controvertidos, hurgar en los pliegues de la pieza y echarlos a la cara de la audiencia con fuerza y sin prejuicios. Lo hizo de forma muy convincente con Carmen hace tres temporadas en la Fenice (una producción de gran éxito que ganó el famoso premio Abbiati como mejor puesta en escena en 2011) y ha vuelto hacerlo, siempre en La Fenice, con el Tannhäuser veinte años después de su última aparición sobre las tablas del teatro veneciano.

La historia del cantor Tannhäuser, dividido entre el amor pasional inspirado por Venus y el amor cristiano representado por Elisabeth, se convierte en las manos del director de Miranda del Ebro en una reflexión sobre el deseo y sobre la continua represión al que es sometido por la sociedad burguesa. Más que la moral religiosa, es el instinto el que domina la actuación de todos los personajes de este Tannhäuser, incapaces finalmente de resistirle. El Venusberg al principio de la ópera, viene así presentado como un lugar donde domina la naturaleza y el instinto en sus estados primigenios, con un escenario literatamente invadido por ramas de árboles. Naturaleza que termina por invadir, en el último acto, también la sala de los cantores que, en el segundo con sus columnas blancas, quería ser la representación de la racionalidad y del control en clave contemporánea. El deseo, la muerte, el inconsciente, la voz, el cuerpo son enseñados e interpretados por Bieito en toda su desgarradora presencia caracterizando la misma actuación de los protagonistas, incapaces de controlar el mundo que los rodea. Una lectura extrema, no siempre lograda a causa de algunos excesos en los movimientos de los actores y a veces un excesivo alejamiento de las leyendas indicadas en el libreto original, pero sin duda interesante.

En lo que se refiere a la parte musical, Omer Meir Wellber ofreció una lectura muy lograda de la difícil partitura. La interpretación del director israelí (que utilizó parcialmente la versión de Viena –, la “Wiener Fassunf”, con el primer acto de la versión de París de 1861 y el segundo y tercero de la de Dresde de 1845 ) consiguió mantener firmemente la tensión teatral pese a la duración de la obra y a sus desigualdades dramatúrgicas, valorizando el lado lírico de la partitura – con sus evidentes influencias de la ópera italiana y francesa – como también el rapsódico y visionario, sobre todo en el primer acto.

Desigual fue por lo contrario la actuación del reparto vocal. Paul McNamara – que tuvo que sustituir el anunciado Stefan Vinke – evidenció algunas dificultades por falta de ensayos, logrando sin embargo una aceptable interpretación de Tannhäuser pese a sus modestos recursos vocales. Leine Kinča non consiguió dominar una voz, sin duda potente, pero poco homogénea en todos los registros dejando así poco espacio a lado más lírico del personaje de Elisabeth. Ausrine Stundyte fue una Venus plausible –  pero con problemas en la zona grave – mientras que excelente resultó el Wolfram de Christoph Pohl; su aria del tercer acto “O du, mein holder Abendstern” (Oh, mi dulce estrella de la noche) fue la verdadera joya de la velada. Muy bien el resto del reparto con una nota de mérito para el Hermann de Turingia de Pavlo Balakin. Feliz éxito de la velada con aplausos convencidos para todos, sobre todo para el director Wellber.

Gian Giacomo Stiffoni