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6-II-2017 Britten en el oasis

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  Madrid Temporada de Ópera. Teatro Real JACQUES IMBRAILO, Budd. TOBY SPENCE, Vere. BRINDLEY SHERRATT, Claggart. SAM FURNESS, novicio. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. IVOR BOLTON, director. Producción de DEBORAH WARNER. Benjamin Britten: Billy Budd. Aforo: 1.746 Asistencia: 95 % Con la llegada de Billy Budd a los escenarios madrileños, el Teatro Real cumple un objetivo declarado de su actual dirección artística y repara un acuciante vacío, todavía endémico en los coliseos españoles. En efecto, la producción teatral de Benjamin Britten está aún lejos de haberse consolidado en nuestro país, pese a que su autor se ha erigido ya a…

 

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Budd y Vere en una escena del Acto II (crédito fotográfico: Javier del Real).

Madrid

Temporada de Ópera. Teatro Real

JACQUES IMBRAILO, Budd. TOBY SPENCE, Vere. BRINDLEY SHERRATT, Claggart. SAM FURNESS, novicio. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. IVOR BOLTON, director. Producción de DEBORAH WARNER.

Benjamin Britten: Billy Budd.

Aforo: 1.746 Asistencia: 95 %

Con la llegada de Billy Budd a los escenarios madrileños, el Teatro Real cumple un objetivo declarado de su actual dirección artística y repara un acuciante vacío, todavía endémico en los coliseos españoles. En efecto, la producción teatral de Benjamin Britten está aún lejos de haberse consolidado en nuestro país, pese a que su autor se ha erigido ya a nivel mundial como el compositor de ópera del siglo XX más programado de nuestros días, solo por detrás de dos colosos como Puccini o Richard Strauss.

Mientras Peter Grimes -la punta de lanza de la ópera britteniana en el circuito español- ha subido al menos en dos ocasiones a los escenarios madrileños -en 1991 en el Teatro de la Zarzuela y en 1997 en el Teatro Real-, Billy Budd ha debido esperar la friolera de 66 años. El agravio es difícilmente comprensible teniendo en cuenta la intensidad, unidad y perfección formal de una partitura que se acopla como un guante a las atmósferas marinas y a los variados caracteres que pueblan este drama, en el que la pureza y la belleza de espíritu se confrontan a la mezquindad y las bajas pasiones con una serenidad y luminosidad casi parsifalianas. Si en algo ha valido la pena esta larga espera es, al menos, en que Billy Budd llega en un momento en el que el público madrileño está la suficientemente preparado para recibirla (y disfrutarla) como la obra maestra que es, con respeto e interés, y sin bajas sensibles en el entreacto.

Este éxito es mérito tanto de la producción como de la parte musical. La primera -firmada por Deborah Warner- sigue una línea iniciada ya desde el estreno de la obra (de Basil Coleman, con diseños de John Piper), en la que se obviaron los detalles históricos en pos de un retrato más abstracto y universal. En esta ocasión, con una caja escénica semivacía en la que las varas y las bambalinas se han transmutado sutilmente en los palos y la cordelería de un barco, sin más añadido que una estructura horizontal móvil capaz de habilitar dos espacios horizontales superpuestos en algunos momentos.

El movimiento escénico resultó coordinado y eficaz en las importantes escenas corales, sensible y veraz en el caso de los roles principales, robusto y disciplinado de principio a fin. La retorcida personalidad de Claggart quedó sin embargo desdibujada por la actitud excesivamente reverencial de la dirección de escena, muy alejada sin duda del celo hermenéutico que predomina en las producciones de ópera actuales -desde la barroca hasta la contemporánea, pasando por los grandes hitos del bel canto-, e inscrita sin duda en el peculiar y excepcional oasis que todavía representa la obra de Britten. El Billy Budd madrileño prodigó así en belleza y poesía lo que escamoteó en violencia y pasión.

La parte musical merece todos los parabienes posibles, comenzando por la orquesta, cada vez más instruida en la sonoridad britteniana -notorio desde la última Muerte en Venecia-, y el sensacional coro masculino, dirigidos desde el podio de forma enciclopédica y entusiasta. El reparto -anglosajón en su mayor parte- cumplió con la solvencia acostumbrada en un repertorio que llevan grabado en el ADN. La excelencia global no impide destacar la meritoria actuación del trío protagonista, encabezado por el matizado y humano Vere de Toby Spence. Tampoco admitieron réplica el rotundo Claggart de Brindley Sheratt y el poético Budd de Jacques Imbrailo, aunque en estos casos habríamos agradecido una caracterización más sinuosa por parte del primero, y una mayor vulnerabilidad -impotencia, desesperación, duda- en los momentos críticos del segundo. No debemos olvidar que Billy Budd es el testimonio de un personaje acuciado por la culpa y su responsabilidad en una injusta sentencia (Vere). Los hechos originales presentarían, sin duda, un perfil menos apolíneo e infinitamente más crudo.

RAFAEL FERNÁNDEZ DE LARRINOA