Audioclasica

22-II-2017 Desolación de la carne

Crédito: © A. Bofill

BARCELONA Temporada 2016/17. Gran Teatre del Liceu ADAMS, COOK. ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. PETER RUNDEL, director musical. ÀLEX OLLÉ, dirección de escena. ALFONS FLORES, ESCENOGRAFÍA. LLUC CASTELLS, vestuario. MARCO FILIBECK, iluminación. Luca Francesconi: Quartett Aforo: 2286 Asistencia: 75% Tras una intensa campaña publicitaria, y avalada por su exitosa trayectoria internacional a partir de su estreno escalístico en abril de 2011, llegaba como un soplo de aire fresco a la temporada del Gran Teatre del Liceu Quartett, del tándem Francesconi/Ollé; quizá no se trate de una muestra de lo más innovador que puede ofrecer hoy en día la…

Crédito: © A. Bofill

Crédito: © A. Bofill

BARCELONA

Temporada 2016/17. Gran Teatre del Liceu

ADAMS, COOK. ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. PETER RUNDEL, director musical. ÀLEX OLLÉ, dirección de escena. ALFONS FLORES, ESCENOGRAFÍA. LLUC CASTELLS, vestuario. MARCO FILIBECK, iluminación.

Luca Francesconi: Quartett

Aforo: 2286 Asistencia: 75%

Tras una intensa campaña publicitaria, y avalada por su exitosa trayectoria internacional a partir de su estreno escalístico en abril de 2011, llegaba como un soplo de aire fresco a la temporada del Gran Teatre del Liceu Quartett, del tándem Francesconi/Ollé; quizá no se trate de una muestra de lo más innovador que puede ofrecer hoy en día la escena operística, pero tanto la elección temático –la proyección contemporánea por Heiner Müller   de las “peligrosas relaciones” de Choderlos de Laclos y su retrato de una sociedad caracterizada por la dominación sexual y la hipocresía y corrupción morales– cuanto el refinado ingenio cruel, o directo carácter obsceno, de sus diálogos lo sitúa como uno de los ejemplos más destacados del teatro musical de los últimos años.

Es cierto que la traducción inglesa del texto original “dulcifica” la potencia del original alemán y que, en términos de estructura dramática, el encaje de algunos elementos no acaba de cuajar, ya sea por la descompensación entre los momentos narrativos y los abundantes –y de mayor interés– monólogos interiores reflexivos, ya por lo confuso de lo acción, que solo gana en intensidad dramática a partir del intercambio de roles titulares de la escena sexta, o por el cierre en falso, por insípido, del epílogo. Sin embargo, se conserva buena parte de la capacidad revulsiva del drama, apoyado en una puesta en escena potente, que expone descarnadamente a los personajes en su aislamiento vital por medio de un implacable espacio cúbico suspendido sobre la escena y en un contexto de iluminación, vestuario y proyecciones ajustados en su despojamiento cromático y visual.

Francesconi propone un entorno sonoro que subraya bien la acción, de manera no especialmente imaginativa –así, en la parte electrónica–, pero notable en los frutos logrados de la tímbrica instrumental y en los abundantes guiños eclécticos, que traen a la memoria ilustres precedentes, como Britten, Berio (Opera) o, en su faceta más avanzada y en términos también argumentales, el Sciarrino de Luci miei traditrici; es, quizá, la variedad en la escritura vocal el rasgo más sobresaliente de la ópera, que supieron explotar ambos solistas (una versátil Allison Cook como Marquesa de Merteuil y Robin Adams/Vizconde Valmont, con mayor protagonismo en la segunda parte de la representación), intérpretes exclusivos de la propuesta desde su estreno.

Por su parte, Peter Rundel obtuvo una meritoria prestación de los instrumentistas orquestales del teatro, poco acostumbrados a este repertorio, y supo eludir las dificultades de concertación de los diversos planos sonoros de la obra, faltos de una distribución espacial más acusada; una contribución esencial la suya a la acogida del público liceísta, que pasó de la inicial sorpresa a la adecuada implicación emocional, rubricada en un aplauso que sobrepasó en algunos puntos la barrera de la tibieza.

Germán Gan Quesada