Audioclasica

12 al 15-III-2017 Dudamel y su Beethoven

Crédito: © Lorenzo di Nozzi

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA ORQUESTA SIMÓN BOLIVAR DE VENEZUELA. GUSTAVO DUDAMEL, director. Integral de Sinfonías de L. van Beethoven Aforo: 2.049 Asistencia: 100% Arrollador ha sido el paso por el Palau barcelonés de Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolivar para ofrecer la integral de las sinfonías beethovenianas. Imposible encontrar una sola entrada para ninguno de los cinco conciertos. Ambiente de gran acontecimiento social, retransmisión en directo y morbo en el couché. Dudamel va envuelto por doquier de una incuestionable aura mediática más allá de la cual, desde luego, hay un músico interesantísimo, llamado a realizar aportaciones importantes…

Crédito: © Lorenzo di Nozzi

Crédito: © Lorenzo di Nozzi

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

ORQUESTA SIMÓN BOLIVAR DE VENEZUELA. GUSTAVO DUDAMEL, director.

Integral de Sinfonías de L. van Beethoven

Aforo: 2.049 Asistencia: 100%

Arrollador ha sido el paso por el Palau barcelonés de Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolivar para ofrecer la integral de las sinfonías beethovenianas. Imposible encontrar una sola entrada para ninguno de los cinco conciertos. Ambiente de gran acontecimiento social, retransmisión en directo y morbo en el couché. Dudamel va envuelto por doquier de una incuestionable aura mediática más allá de la cual, desde luego, hay un músico interesantísimo, llamado a realizar aportaciones importantes a la música clásica en los próximos decenios. Y, sin embargo, quizás sea prematuro exigírselas todavía.

Abordar un corpus hiperreferenciado como es el de las nueve sinfonías de Beethoven es, desde luego, un riesgo que el director venezolano ha sabido afrontar con bravura y del que ha salido claramente indemne. Su Beethoven no es innovador, ni se basa en la recuperación historicista o en ninguna suerte de reinterpretación contextual revolucionaria. Desborda, eso sí, entusiasmo y energía, acentúa los contrastes entre los tempi y subraya –exagera, por momentos– los juegos de volúmenes, hasta el punto de que no le faltaría razón a quien le recabase una reducción decibélica en algunos movimientos. En esa lectura le secundan de manera casi religiosa los componentes de la orquesta Simón Bolívar, con una sincronización tan admirable como gozoso es su fervor en lo que hacen. A pesar de haber perdido algunos importantes efectivos en los últimos años –es difícil sucumbir a las tentadoras ofertas de las orquestas germanas–, la calidad del conjunto no solo no se ha visto afectada, sino que se constata una clara mejoría en cada nueva visita suya, prueba irrefutable del éxito del sistema que fundara Abreu. La sección de cuerda es de una solidez y un brillo notabilísimos, las maderas son deliciosas y los metales derrochan calidad broncínea en cada intervención: quedan, cierto es, puntuales detalles que pulir para poder situar a la formación en el mismo peldaño que a las pocas grandísimas orquestas de nuestro tiempo, pero nadie podrá negar que el nivel general de ese grupo de jóvenes y jovencísimos es sencillamente muy alto.

De las nueve partituras sinfónicas –solo en el primer concierto se añadieron dos títulos más, las oberturas Egmont  y Coriolano, y quizás de manera innecesaria–, convendría destacar la interpretación de la Quinta, la Sexta y la Novena –esta última bien apoyada en su parte coral por el Orfeó Català, aunque no tanto por un elenco de solistas mejorable–, pero lo cierto es que en ninguna de las restantes decayó el tono. Si en la Primera y en la Segunda prevalecieron los ecos mozartianos y haydinianos, las siguientes sonaron imbuidas de un espíritu más romántico que prerromántico, que la batuta atentísima de Dudamel administró con un buen gusto evidente. Independientemente del Beethoven que cada uno tenga en su cabeza, al del maestro venezolano hay que reconocerle una vitalidad contagiosa, con perfumes del Nuevo Mundo pero de esencia ortodoxa.

Por muchas razones, pues, su éxito fue merecido por más que vaticinado y esta meritoria integral tardará tiempo en olvidarse.

Javier Velaza