Audioclasica

29-III-2017 Javier Perianes: Marca España

Crédito: Josep Molina.
El pianista Javier Perianes

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA JAVIER PERIANES, piano Obras de Schubert, Debussy, Albéniz y Falla. Aforo: 2.324  Asistencia: 75% La sociedad española actual nutre su orgullo principalmente a base de logros deportivos, pero es hora de reivindicar, a expensas del interés mediático, a quienes son poseedores de un prestigio que representa fuera el valor de nuestra cultura, tan denostada en suelo patrio. Es el caso de Javier Perianes, el consagrado pianista onubense, Premio Nacional de Música en 2012 y cuyo nombre ya es identidad del conservatorio de su tierra natal,…

Crédito: Josep Molina. El pianista Javier Perianes

Crédito: Josep Molina.
El pianista Javier Perianes

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

JAVIER PERIANES, piano

Obras de Schubert, Debussy, Albéniz y Falla.

Aforo: 2.324  Asistencia: 75%

La sociedad española actual nutre su orgullo principalmente a base de logros deportivos, pero es hora de reivindicar, a expensas del interés mediático, a quienes son poseedores de un prestigio que representa fuera el valor de nuestra cultura, tan denostada en suelo patrio. Es el caso de Javier Perianes, el consagrado pianista onubense, Premio Nacional de Música en 2012 y cuyo nombre ya es identidad del conservatorio de su tierra natal,  es el gran abanderado de las dos últimas y brillantes generaciones de pianistas españoles, tomando el testigo de un legado aún capitaneado por esos incombustibles Joaquín Achúcarro o Josep Colom, y que a su vez hunde sus huellas en figuras ya míticas como Alicia de Larrocha. Un orgullo de patrimonio pianístico y musical que por méritos propios, debe ser y es, embajador universal de esa etiqueta social e institucional que se ha dado en denominar Marca España.

Y es que además se iba echando de menos una participación nacional en el ciclo, en su caso concreto la tercera en solitario tras la última que se remonta a 2014, amén del ciclo de jóvenes intérpretes y alguna aparición conjunta. Aunque lamentablemente no hallase plena correspondencia en una sala demasiado despoblada para la ocasión, sin excusas respecto del calendario. Es el sempiterno menoscabo a lo propio, fuera de nuestras fronteras son admirados, dentro, se admira con devoción casi acrítica lo de fuera. Si no, que se lo dijeran precisamente a los Falla, Albéniz y compañía.  Como al propio Perianes, que goza de un prestigio y consideración incuestionables y que dentro de un ecléctico y amplio repertorio, se erige como uno de lo más insignes divulgadores de la música española, a la que dispensa un espacio casi prioritario. Muestra de ello fue esta última cita, ofreciendo un sugerente intercambio, con Granada de fondo, entre la fragancia musical de aquella Francia amante del exotismo español, evocada magistralmente por Debussy y el refugio que para nuestros compositores supuso la riqueza de la cultura musical del país galo.

No obstante, fue Schubert el primer protagonista, que Perianes convirtió en auténtico invitado de lujo a la velada. La sobria serenidad que caracteriza al pianista andaluz, de una admirable honestidad artística, quedó patente desde el inicio de la Sonata en La mayor D. 664, otra maravilla del vienés con cuya música Perianes guarda una especial relación y que interpretó desde una delicadeza tímbrica fuera de lo común. Un pianismo puro, liberado de artificios, respondiendo a su carácter intimista con tanta sencillez como profundidad, plena de sentido y fiel a la sensibilidad de su compositor. Todo sobre una sonoridad aterciopelada fundida a la perfección con un fraseo amplio y reposado. Algo que evidenció más aún en los sublimes cantabile de unas soberbias Drei Klavierstücke D. 946, en una lectura más reflexiva que apasionada bajo un tempo quizá demasiado retenido que sin embargo resultó cautivadora por su inspirado lirismo y la diáfana claridad de su desarrollo formal. A día de hoy, la visión sobre Schubert de Perianes es difícilmente superable,  junto a casos como los de Grigory Sokolov o Arcadi Volodos, que firman las versiones más relevantes del vienés en el panorama actual. Precisamente estamos de enhorabuena justo ahora que acaba de ver la luz su último y absolutamente recomendable registro dedicado al austríaco y que incluye la sonata interpretada en el recital.

Tras la exquisita ensoñación schubertiana, la apuesta firme por la contención y el preciosismo sonoro de Perianes, aumentó su poder evocador en las fragancias impresionistas posteriores, como el tríptico debussyano compuesto por Soirée dans Grenade, La puerta del vino y La sérénade interrompue, piezas en las que desplegó su amplia paleta de colores, dejando destellos de una belleza sin parangón, al tiempo que tal sutilidad pudo restar cierta intensidad puntual a la expresión. Un intimismo apropiado y en determinados momentos tal vez no tanto. Algo que transmitió en El Albaicín albeniciano, cuya magia embriagadora no se vio del todo reforzada por un mayor empuje rítmico deudor de su enjundia expresiva y que sin necesidad de pretensiones, requiere la música del genio de Camprodón.

El embrujo musical de Falla polarizó el tono enigmático de esta sugerente selección, abierta por esa suerte de marcha fúnebre que es el Homenaje pour Le Tombeau de Claude Debussy. Una delicatesen cuya indicación Mesto y Calmo probablemente necesita un menor rango dinámico y una articulación más próxima al staccato. Lo cual no restó un ápice de valor a lo ofrecido por el de Huelva, que apostó por un expresivo juego de resonancias apoyado en un mayor relieve del legato. No obstante, durante todo el concierto, como sucede cada vez con más y preocupante frecuencia, una parte de la asistencia puso a la paciencia contra la pared amargando los tragos más deliciosos de la audición, con una bochornosa amalgama de toses y ruidos, algunos ya en las puertas de lo paranormal.

Sin pausas a lo largo del citado conjunto de obras, Perianes quiso poner punto y aparte con la joya definitiva de la noche, en el otro polo del compositor gaditano y la versión para piano de ese icono de nuestro patrimonio musical que es el Amor brujo. Una interpretación que una vez más dejó constancia de su sexto sentido para rayar la perfección en un portentoso equilibrio tímbrico marca de la casa, con momentos y detalles de verdadera genialidad como fueron las pasionales El aparecido y Danza del terror, un extraterrenal Círculo mágico o A medianoche, acompañado por su gesto pintiparado, casi danzante. Un círculo que sin embargo, y sin desmerecimiento alguno de su totalidad, quizá no logró cerrarse del todo en la inicial Pantomima y la significativa Danza ritual del fuego, que al margen de sus fantásticos contrastes sonoros,  pudieron nuevamente acusar cierta escasez de impulso o nervio interpretativo, tal vez equivalente a ese algo inspirador que en el flamenco llaman “duende” y que en efecto posee su intenso carácter.

Una versión que mereció la cerrada aunque quizá no tan entusiasta ovación del público, dando paso a la única e inesperada propina de la cita con una maravillosa interpretación de la Mazurka Op. 17 nº4 de Frédéric Chopin. Incompresiblemente no hubo más demanda ante un pianista sensacional, de ejemplar personalidad, que con mucho por ofrecernos es todo un referente de la interpretación en el panorama internacional. Bravo.

Juan Manuel Rodríguez Amaro