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28-IV-2017 Nuevamente el maestro

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MADRID TEATRO MONUMENTAL. TEMPORADA DE ABONO. CONCIERTO A19. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO RTVE. ANTONI ROS MARBÀ, director invitado. Obras de Franz Schubert y Jean Sibelius. La presencia de Antoni Ros Marbà al frente de la Sinfónica y Coro RTVE tendrá siempre algo de expectante y de simbólico, habida cuenta de que fue él mismo su primer maestro titular allá por los años de creación de la formación, a finales de los años 60. Y así, casi como broche de oro a esta recta final de una temporada que ha hecho desfilar en sus últimas sesiones a una serie de directores…

El maestro Ros Marbà en una imagen de archivo. Crédito: 2017 XI Curs Internacional de Direcció d’Orquestra Antoni Ros Marbà

MADRID

TEATRO MONUMENTAL. TEMPORADA DE ABONO. CONCIERTO A19.

ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO RTVE. ANTONI ROS MARBÀ, director invitado.

Obras de Franz Schubert y Jean Sibelius.

La presencia de Antoni Ros Marbà al frente de la Sinfónica y Coro RTVE tendrá siempre algo de expectante y de simbólico, habida cuenta de que fue él mismo su primer maestro titular allá por los años de creación de la formación, a finales de los años 60. Y así, casi como broche de oro a esta recta final de una temporada que ha hecho desfilar en sus últimas sesiones a una serie de directores de gesto desbordado e impetuoso, la noche brindada por Ros Marbà se anticipaba calmada, cálida, ya no sólo como consecuencia de su quehacer habitual, sino también por mera coherencia con la época histórica a la que el maestro pertenece.

Es Marbà un director de la “vieja escuela”, si se quiere y siempre y cuando la expresión sea comprendida como algo positivo: no resultará jamás excesivo ni descontrolado y, a lo sumo, podrá resultar frío o excesivamente contenido en ocasiones, pero en ningún caso lo será sin ejercer un control férreo de la partitura y sin un sólido criterio personal. Un hombre cuyas manifestaciones más celebradas en la rompedora música del siglo XX son aquellas tildadas de modernas, que no de contemporáneas (su Falla, su Mompou, y, permítase, su García Abril); un compañero de Karajan; Goyescas y Roberto Gerhard. Un mundo de contemplación que se acabó en los años 70 del ya pasado siglo y que, por supuesto, conviene admirar por parte de aquellos que aún tenemos la ocasión, porque su fin absoluto no debe encontrarse demasiado lejos. Hablamos de una escuela gestual que provoca verdadera admiración, al ser observada con detenimiento la adecuación real entre cada movimiento directorial en relación con el equilibrio y la potencia objetiva de la orquesta, así como la respuesta última de esta: esa perfección es la de Ros Marbà, aunque el repertorio escogido para la ocasión lo haya ayudado de manera desigual.

FRANZ SCHUBERT: Misa núm 5 en La bemol mayor, D. 678

Curiosidad de obra la que ocupaba la primera parte del concierto, esta Misa de Franz Schubert, por poco interpretada en nuestro país y por entroncar de alguna manera con el reciente Lazarus del mismo autor que pudo escucharse en la Semana de Música Religiosa hace apenas unas semanas, en aquella ocasión bajo la ejecución de la Orquesta y Coro de la Academia SMR. En todo caso, dos acercamientos muy diferentes, uno profesional y otro no, que hacen gala de una misma serie de recursos compositivos: la tan criticada música religiosa de Schubert es, realmente, un despropósito en su falta de sentido religioso, pero un festín en su forma y estructura siempre y cuando uno se abstraiga completamente del sentido del texto. No es aquí útil la tan parafraseada sentencia de que la adecuación entre música y texto en la producción del autor es maravillosa por profunda, porque si bien es cierto que se da en esta Misa en la misma medida que en su lieder, la realidad es que el procedimiento de fragmentar en exceso el texto, adecuando cada línea vocal, casi cada palabra en ocasiones, con el devenir melódico-armónico, es, sencillamente, inapropiado: la hiper-estetización de un texto litúrgico suele dar un fruto, como poco, ambiguo y, desde luego, efectista, y parece que Ros Marbà no acaba de compartir los fuegos artificiales de una partitura basada en el exceso y el contraste continuo.

Desde esta perspectiva, aquel Lazarus mencionado de la Semana de Música Religiosa realizada por estudiantes fue mucho más satisfactorio que la presente Misa, sin que esta afirmación desmerezca en nada al maestro responsable del presente concierto: hay música que es grande en su artificio, y es un hecho que esa música funciona mejor con entradas menos controladas, con colores más desgarrados, con descontrol, a la suma, y nada de esto ocurre aquí. Podría parecer absurdo realizar un agravio comparativo mayúsculo entre una orquesta de estudiantes y un maestro de reconocido prestigio, pero entiéndase bien lo suscrito: la tesis consiste en que parece que una música efectista funciona mejor con una interpretación efectista, y visto desde esta perspectiva, casi resulta positivo que la ejecución de la Sinfónica y Coro RTVE haya resultado menos brillante, y sin que menos brillante signifique negativa. Desde luego, el coro estuvo muy a la altura de la batuta y hay que seguir insistiendo en que el trabajo que está realizando el responsable titular Javier Corcuera es irreprochable, y que parece que el Teatro Monumental no hace sino ayudar a una formación con una dinámica bien trabajada, aspecto que probablemente sea su rasgo más destacable y que hoy tuvo momentos de primer orden en los contrastes con los solistas vocales o, especialmente, en sus entradas a capella en diálogo con la orquesta a solo. Igualmente, plantilla instrumental en plena asunción del trabajo directorial y en consonancia dinámica perfecta con el coro (después de la batalla de intensidades del pasado Stabat Mater de Rossini, sin ir más lejos, del que también habría que decir que igualmente funcionó mucho mejor en la citada Semana de Música Religiosa bajo dirección del titular Miguel Ángel Gómez-Martínez). Así las cosas, sólo quedaría invitar a Ros Marbà a ser un poco más chabacano en su acercamiento a la partitura, y este agravio sí que resultaría excesivo.

JEAN SIBELIUS: Sinfonía núm. 2 en Re mayor, Op. 43

Si al desbordamiento de la escritura religiosa de Schubert no le sienta bien el ser encorsetada dentro de unos parámetros de elegancia y mesura (porque se vuelve estéril en el mismo momento en que su artificio se dignifica como elemento a ser observado con profundidad), se aprecia en la música de Jean Sibelius todo lo contrario: si a Schubert toca liberarlo para que no se note el artificio, a Sibelius toca encerrarlo para que la parte artificiosa no engulla a lo fabuloso de su concepción sinfónica.

Y fue este el gran momento de la noche, después de un primer movimiento recogido que nos recuerda desde el primer compás que se trata ya de una obra madura del compositor, con su profunda escritura de cuerda, las densidades compactas del metal, y su concepto de yuxtaposición de ideas muy definidas en claras líneas temáticas, y también, por qué no decirlo, con una concepción melódica que recuerda al peor Tchaikovsky y asimilados, y que Ros Marbà consiguió evitar debido a la ya mencionada atención a la estructura real de la obra y su funcionamiento en base a pequeñas células, pequeñas ideas, que se interrumpen de manera continuada.

Nuevamente la dirección evitó lo obvio (ahora, eso sí, con fortuna), y todo fue calculado y tratado con elegancia, con un maestro cuyos mejores momentos visuales los dio en su comunicación con la sección de metales y percusión (ejemplar equilibrio entre tuba y timpani repetido a lo largo del concierto), todo a lo largo del segundo movimiento con las sección de violoncellos (lamentablemente poco común resulta últimamente algo tan básico como que un director transmita en calma la acentuación deseada…) y, en lo auditivo, la magnífica secuencia de contrastes y planos sonoros del tercer movimiento Vivacisimo, realizando un resumen final en el celebérrimo crescendo último que suele convertirse en el caballo de batalla con el que un mal director y una mala orquesta se ganan el aplauso del respetable, siendo aquí todo lo contrario: una elegante despedida y una declaración del buen hacer técnico, evitando lo desmedido en aras de la belleza de la fuerza contenida. En tiempos como los actuales, observar a un maestro trabajando sin intención de impresionar a nadie es la mayor de las expresiones deseables para el repertorio clásico.

HACHÈ COSTA