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28-IV-2017  Id y contad que aquí se construyó un auditorio

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Valencia Primavera 2017. Abono 8. Concierto especial 30º aniversario. Palau de la Música. Sala Iturbi RICARDA MERBETH. JULIA NOVIKOVA. OFELIA SALA. THERESA KRONTHALER. MARÍA LUISA CORBACHO. NIKOLAI SCHUKOFF. JOSÉ ANTONIO LÓPEZ. ALFREDO GARCÍA. ESCOLANÍA NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS. ORFEÓ VALENCIÀ. PHILHARMONIA CHORUS. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. ORQUESTA DE VALENCIA. YARON TRAUB, director. Gustav Mahler: Sinfonía nº 8 en mi bemol mayor “De los mil” Aforo: 1.817 Asistencia: 95 % El 25 de abril de 1987 el edificio diseñado por el arquitecto sevillano José María García de Paredes abrió sus puertas, a falta de colocar el órgano y algún…

Un momento de la interpretación de la Sinfonía nº 8 en mi bemol mayor “De los mil”. Palau de la Música de Valencia. Créditos: Eva Ripoll

Valencia

Primavera 2017. Abono 8. Concierto especial 30º aniversario. Palau de la Música. Sala Iturbi

RICARDA MERBETH. JULIA NOVIKOVA. OFELIA SALA. THERESA KRONTHALER. MARÍA LUISA CORBACHO. NIKOLAI SCHUKOFF. JOSÉ ANTONIO LÓPEZ. ALFREDO GARCÍA. ESCOLANÍA NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS. ORFEÓ VALENCIÀ. PHILHARMONIA CHORUS. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. ORQUESTA DE VALENCIA. YARON TRAUB, director.

Gustav Mahler: Sinfonía nº 8 en mi bemol mayor “De los mil”

Aforo: 1.817 Asistencia: 95 %

El 25 de abril de 1987 el edificio diseñado por el arquitecto sevillano José María García de Paredes abrió sus puertas, a falta de colocar el órgano y algún que otro retoque final. Con el flamante Palau de la Música i Congressos la entonces Orquesta Municipal ponía fin a un largo peregrinaje por diferentes espacios en los que ensayar. Los conciertos se ofrecían en el Teatro Principal intercalados entre las demás actividades, lo cual imposibilitaba a los profesores desarrollar su trabajo con normalidad. En febrero de 1986 llegaron a protestar tocando los primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven en la calle. El nuevo auditorio se convirtió en la primera sede estable y en condiciones adecuadas del conjunto. Según Eduardo López-Chavarri Andújar su construcción logró “cerrar un largo paréntesis de dificultades y problemas” que se remontaban a su fundación en 1943. En el concierto inaugural Manuel Galduf dirigió la Marcha burlesca de Manuel Palau, el Concierto de Aranzjuez, con Narciso Yepes, y La vida breve de Falla.

Estos son los hechos que se conmemoraron durante la última semana de abril. Tal y como informaba Cristina Quílez desde estas mismas páginas, con una jornada de puertas abiertas, un concierto de la Banda Municipal de Valencia y actuaciones de diferentes conjuntos de la propia orquesta en plazas de la ciudad, haciendo gala del lema “Un Palau obert” que rige esta etapa. Aunque el aniversario reviste toda la temporada, el colofón lo ponía la interpretación de la Octava sinfonía de Gustav Mahler. Su estreno en Valencia tuvo lugar el 27 de abril de 1990 cuando Manuel Muñoz, hoy subdirector de música del Palau, ostentaba el cargo de director. Veinte años después de su estreno en España por Frühbeck de Burgos y la ONE en Granada. Eran los primeros años de funcionamiento del auditorio y Gonzalo Badenes reconocía su aportación a la estabilidad y progreso de la que a partir de ese año se llamaría Orquesta de Valencia (OV). La crítica saludó el esfuerzo con optimismo y dijo que la interpretación de Galduf del Veni, Creator Spiritus fue “arrebatada y furibunda, pero efectiva”.  La OV volvió a programar la Sinfonía de los mil en 2010, pero finalmente se cayó del ciclo dedicado al 150 aniversario del nacimiento de su autor por cuestiones presupuestarias.

Yaron Traub acaba este curso su titularidad, la cual supone algo más de un tercio de estos treinta años. Frecuentemente se ha dirigido al público en diferentes momentos de sus conciertos para presentar obras, a solistas o simplemente para saludar. En esta ocasión, agradeció la labor del artífice de la construcción del Palau, el alcalde Ricard Pérez Casado, homenajeado durante esta semana al igual que la Banda Municipal que también tiene su sede aquí, y adelantó su lectura antibelicista de la partitura del bohemio. Traub aludió a su estreno, solo cuatro años anterior al estallido de la I Guerra Mundial, y al belicismo interminable. Pareció apelar a la proclama de Leonard Bernstein de 1967: “El tiempo de Mahler ha llegado”, más de cincuenta años después de su muerte, mediados por dos grandes guerras, el holocausto, Vietman, el asesinato de Kenendy, la carrera de armamento, y un largo etc. A Valencia parece que vino a cerrar un ciclo de crisis que llevó a la cultura a un estado calamitoso.

Como decía el añorado José Luís Pérez de Arteaga, Mahler ocupó ocho semanas del verano de 1906 en su composición. Dos meses de aislamiento en la villa construida en las cercanías de la aldea carintia de Maiernigg que lo fueron alejando de Alma y a ella de la composición y de sus amistades, hasta acercarla a Walter Gropius. A ella está dedicada la partitura como amada y “espíritu creador”. Sin ella Mahler hubiera compuesto canciones y sinfonías igualmente, pero no las que compuso, reconoce el locutor y crítico recientemente fallecido. “Así es el amor omnipotente que todo lo forma y todo lo protege”, afirma Pater profundus en el texto extraído de Fausto. Una coincidencia con San Pablo de parentesco teológico que tanto agradó al Padre Sopeña.

Pero el Veni, Creator Spiritus apela al genio creativo, romántico, emocional y subjetivo, de raigambre medieval. El propio himno procede del siglo IX. Como Dante, el compositor busca la luz y la sabiduría círculo a círculo, desde lo más profundo, hasta llegar al Empíreo. Así lo indica su escritura. En la Divina comedia el guía es “el buen Apolo”. Aquí el Espítitu Santo o Paráclito colabora en la ascensión “hasta las esferas más altas”. A ellas nos lleva “el eterno femenino” mariano corporeizado en todas las Marías que rodearon al músico, según Sigmund Freud, y como al Fausto redimido, “solo el poder de la luz espiritual podía elevar a la humanidad de las profundidades de sus fracasos, equivocaciones y desesperación, a través de los ideales cristianos de hermandad, esperanza y amor”, según Pérez de Arteaga. Este es el entramado filosófico en el que se apoya un judío convertido al cristianismo, a quien en la Wiener Hofoper nunca aceptaron como uno de los suyos.

Algo de ese tránsito hubo en la segunda parte de la sinfonía en la que el compositor adelgaza las texturas para dejar relucir progresivamente los ámbitos más agudos, tanto en las voces como en la instrumentación. Poco antes del canto de la Mater Gloriosa suena una diáfana mandolina y las angelicales arpas, lo cual da pie al momento sublime al que se dirige toda la obra, bien construido por Ofelia Sala con una hermosa línea melódica y por Traub al facilitarle la labor en su concepción de la partitura. Anteriormente, José Antonio López sumamente expresivo, quedó un poco justo de volumen. A la primera intervención de Alfredo García (se echó de menos más profundidad en su registro grave) le correspondió uno de los momentos más acertados de la compacta cuerda grave. Schukoff fue un Dr. Marianus efectivo pero un tanto forzado en lo vocal. Ricarda Merbeth llenó su rol. El sonido de Theresa Kronthaler es hermoso pero parco en los graves. Julia Novikova y María Luisa Corbacho estuvieron más desdibujadas y los escolanes cumplieron sobradamente con su labor.

Todos tuvieron que lidiar con la densidad orquestal y, sobre todo, con el poderío de las masas corales, dueñas y señoras del Veni, Creator Spiritus. En esta primera parte ni hubo claridad, ni contrastes dinámicos como pedía el Mahler director. Tanto solistas como orquesta fueron arrasados por el chaparrón que desde los fondos les cayó. El Cor de la Generalitat, el Orfeó Valencià y el Philharmonia Chorus de Londres decantaron el balance a su favor además de por la fuerza, por la altura a la que estaban colocados. Estos fondos, junto a la cristalera del vestíbulo, fueron los elementos más criticados del edificio de García Paredes, ya que la visibilidad del escenario es reducida. Su distancia también fue un elemento que impidió el ajuste en muchos momentos. Las aportaciones más interesantes surgieron en el segundo movimiento: la sección camerística del preludio en la que las maderas lucieron muy bonito color, el suspense de la escena del bosque, el “Coro místico” dicho como un rezo y el emotivo retorno del himno, bien tensado por Traub para llevar al público a estallar en una prolongada ovación.

Finalmente, en este uso paralitúrgico y ceremonial de la Sinfonía en mi bemol mayor solo faltó decir, como apuntaba el propio Mahler, Ite missa est.

 

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI