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12-V-17 Quo vadis?

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MADRID TEATRO MONUMENTAL. TEMPORADA DE ABONO. CONCIERTO B/20. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO RTVE. CARMEN SOLÍS, soprano. LEONARDO CAIMI, tenor. VLADIMIR CHERNOV, barítono y narrador. JAVIER CORCUERA, director titular del coro. MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ-MARTÍNEZ, director. L. V .Beethoven: Sinfonía nº 1, Op. 21. G. Puccini: Le Villi  Asistencia:75% El pasado viernes se cerraba en el Teatro Monumental la temporada de abono de la Orquesta y Coro RTVE con un programa poco llamativo para una ocasión como esta, y una realización del mismo que ha sido de las más cuestionables de todo el año: una Primera de Beethoven fría en exceso por…

El director Miguel Ángel Gómez-Martínez en una imagen de archivo. Fotografía: wikipedia.org 

MADRID

TEATRO MONUMENTAL. TEMPORADA DE ABONO. CONCIERTO B/20.

ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO RTVE. CARMEN SOLÍS, soprano. LEONARDO CAIMI, tenor. VLADIMIR CHERNOV, barítono y narrador. JAVIER CORCUERA, director titular del coro. MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ-MARTÍNEZ, director.

L. V .Beethoven: Sinfonía nº 1, Op. 21. G. Puccini: Le Villi 

Asistencia:75%

El pasado viernes se cerraba en el Teatro Monumental la temporada de abono de la Orquesta y Coro RTVE con un programa poco llamativo para una ocasión como esta, y una realización del mismo que ha sido de las más cuestionables de todo el año: una Primera de Beethoven fría en exceso por calculada, sabida y dominada hasta el aburrimiento, seguida de la ópera Le Villi de Giacomo Puccini en su versión para concierto, que, aparentemente por todo lo contrario que la sinfonía anterior (la ausencia de un conocimiento tan absoluto de la obra), fue más viva y, desde luego, también más ruidosa. Hubiéramos querido, quienes profesamos un cierto cariño hacia la formación, una despedida más cuidada así como un trabajo más brillante por parte del titular Miguel Ángel Gómez-Martínez, que volvía a dirigir la orquesta después de los últimos conciertos programados en manos de directores invitados. Pero no pudo ser y, exceptuando un cierto brillo otorgado por dos de los solistas en la segunda parte, los de los personajes de Roberto y Anna (esta última, con diferencia, lo mejor de la noche a cargo de la soprano Carmen Solís que comenzó un tanto recogida pero pronto hizo gala de una enorme capacidad para imponerse a la orquesta sin perder la expresividad del texto, algo que se antojaba sumamente difícil dado el nivel de decibelios exagerados de esta última que se empeñaba a levantar al público a base de tutti tras tutti con un uso chabacano de la percusión), la noche se hizo larga y tediosa. Ayudaron también en este panorama irregular las magníficas intervenciones en parlato del personaje narrador Guillermo Wolf, así como sus medianas intervenciones cantadas: un difícil equilibrio de aspectos que hacen del todo imposible un ejercicio crítico útil.

Y es que debido a que hay situaciones tan complicadas dentro de un concierto, uno no podría reseñar más que ciertos pasajes especialmente brillantes o, a la contra, determinadas barbaridades acaecidas, pero dicho enfoque no iría más allá del mero ejercicio descriptivo y, tanto para lo bueno como para lo malo, siempre resultará preferible que el mismo público se acerque a ver y escuchar qué ocurre: es este el modelo de reseña crítica imperante en España aunque su interés (y valga esto únicamente como una humilde valoración personal y, por lo tanto, podrá ser compartida o no) es bastante reducido. Así las cosas, y aparte de lo que ya queda dicho, uno podría matizar que ese Beethoven fue muy poco beethoveniano, dado que el exceso de estilización en la interpretación dio al traste con el ímpetu presente en la partitura (a pesar de ser, ciertamente, la más “clásica” de todas las sinfonías de su autor). Mucha claridad, mucho equilibrio; ninguna pasión. Inexistencia de contrastes dinámicos y/o texturales. Precisión metronómica indiscutible de utilidad más que cuestionable. Todo en su sitio en un bello ejercicio higiénico de interpretación mesuradamente quirúrgica (y suponiendo, eso sí, que habrá temperamentos encantados con dicho enfoque). Nada que añadir al avance entre movimientos: hubo un primero, un segundo, también un tercero y, luego, al final, un cuarto. Excelso, dirán algunos.

Como contrapartida igualmente descriptiva, Le Villi brilló especialmente en su interludio sinfónico (difícil no hacerlo), y en general a partir de la Escena Primera del Acto Segundo en donde, a nivel compositivo, se da un giro en la propia escritura de la partitura y Puccini parece encontrar muchas de las ideas que le acompañarán a lo largo del resto de su trayectoria: la música gana per se y, el concierto, de paso, también. Un ejemplo de elegancia último en los solistas en la Escena Final, en la que las voces proyectan su sonido sin fisuras a pesar del extremo y delicioso recogimiento de (nuevamente) Carmen Solís. Añadir, insistiendo, que el Monumental necesita de una atención especial a su sección de percusión, algo que decididamente no ha ocurrido: resonancias de timbales, platos apagados de manera muy poco sutil y unos cuantos “recursos” más que tal vez pongan en pie a un determinado sector del público pero que no deberían encontrar su lugar en una formación (no olvidemos) pública y estatal y, le pese a quien le pese, sustentada en gran parte con dinero público y sujeta, por tanto, a determinadas obligaciones, algo que tal vez Gómez-Martínez deba plantearse seriamente de cara a futuras temporadas.

Es este director titular un hombre que, desde su posición respetada y de prestigio (algo que, nueva declaración, no pretendería cuestionar ni un ápice desde estas páginas), es conocido por sus interpretaciones sin partitura y su fiel respeto a la obra, sin aportar aquello que no está; son estas, de alguna manera, sus propias palabras y son tesis que se desprenden de su propio discurso, ese que ha reflejado en numerosas ocasiones a través de diferentes entrevistas y declaraciones, en las mismas en las que ha declarado que la música contemporánea funciona sólo cuando es “buena” (el epíteto, Dios me libre, es suyo) o su insistencia en el que una orquesta ha de beber del repertorio clásico-romántico como premisa primera de su buen funcionamiento.

Sin entrar a cuestionar de manera extendida si la gran orquesta pública debe o no renovar el carácter de su repertorio (porque, si “la orquesta de la radio y televisión española” no debe renovar el repertorio, creo que tenemos un cadáver sinfónico), aquí el asunto de la partitura y de la dirección en base a la memoria parece haber creado un contraste sobre el que bien cabe reflexionar: si uno se conoce la partitura tan bien que ésta le va a nacer muerta, de poco sirve dicha vía; por contra, si no la conoce tan bien y le saldrá desmedida, nos encontramos en el punto contrario (y ya sabemos que los extremos opuestos acaban tocándose). Tal vez no sea ésta la cuestión decisiva en el conflicto acaecido, pero a primera vista ha parecido tener algo de relación. Y en lo tocante a la música contemporánea, supongo que el titular defiende sabiamente el salir de esos patrones caducos en los que las orquestas sinfónicas sólo estrenan obras de compositores políticamente bien relacionados, con acceso a las directivas de las orquestas, y cuya dinámica se reduce a estar presentes en los programas debido a estas buenas relaciones sociales y que, aparte del consabido estreno y la obtención del incentivo a la creación sinfónica que otorga SGAE a dichas obras, estas no obtienen más relevancia a posteriori. En lo último también conviene estar de acuerdo: son cuestiones en las que convendría trabajar con los ojos puestos en el 2018 para programar obras que realmente tengan un sentido pleno y mantener una ética de trabajo en el ámbito de lo público que sea merecedora de la mayor de las atenciones.

HACHÈ COSTA.