Audioclasica

24-VI-2017 NUEVE NOVENAS (III): ROMANTICISMOS

novena

  ORQUESTA SINFÓNICA DE MADRID, ORQUESTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID, ORQUESTA SINFÓNICA RTVE CORO NACIONAL DE ESPAÑA RAQUEL LOJENDIO, soprano; MARINA RODRÍGUEZ CUSÍ, mezzosoprano; GUSTAVO PEÑA, teñor; DAVID MENÉNDEZ, barítono VÍCTOR PABLO PÉREZ, director Hablar de Romanticismo implica, necesariamente, hablar del paulatino incremento del número de ejecutantes de la orquesta sinfónica, pero también, de manera simultánea, de la complicación del lenguaje armónico y de la construcción motívico-melódica. Y es que si bien ese mantra que se repite incesantemente acerca de que las audacias tonales de los compositores van siendo mayores a medida que el movimiento romántico avanza a lo…

Imagen correspondiente a la ejecución de la “Novena” de Beethoven. Crédito: Rafa Martín.

 

ORQUESTA SINFÓNICA DE MADRID, ORQUESTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID, ORQUESTA SINFÓNICA RTVE

CORO NACIONAL DE ESPAÑA

RAQUEL LOJENDIO, soprano; MARINA RODRÍGUEZ CUSÍ, mezzosoprano; GUSTAVO PEÑA, teñor; DAVID MENÉNDEZ, barítono

VÍCTOR PABLO PÉREZ, director

Hablar de Romanticismo implica, necesariamente, hablar del paulatino incremento del número de ejecutantes de la orquesta sinfónica, pero también, de manera simultánea, de la complicación del lenguaje armónico y de la construcción motívico-melódica. Y es que si bien ese mantra que se repite incesantemente acerca de que las audacias tonales de los compositores van siendo mayores a medida que el movimiento romántico avanza a lo largo del siglo XIX no es del todo cierto (sería más acertado afirmar que es un siglo de caminos diferentes en cada autor, con conclusiones distintas y, lógicamente, riesgos armónicos no equiparables entre los mismos), lo que sí resulta certero es aquella brillante perspectiva ofrecida por el estudioso Diether de la Motte que establecía que la historia de la música se caracterizaba primeramente por la inclusión cada vez mayor de tensiones en el seno del acorde, de notas añadidas a la triada básica. Siendo serios al respecto, una modulación más o menos agresiva, una yuxtaposición armónica, una fragmentación melódica, no afecta en modo alguno a la densidad sonora ni al color orquestal resultante; no obstante, sí lo hace el delicado lenguaje de esta “armonía extendida” que añade todo tipo de sonidos a unos acordes de base tonal (estando aún muy lejos de la plena consciencia del problema de estabilidad en la serie armónica que esto supone y que tan bien habrá de solventar la música de los siglos XX-XXI), como también lo hace el dispositivo orquestal netamente decimonónico con sus duplicaciones y refuerzos instrumentales excesivos. Será este el peor de los rasgos de una época que, ahora ya sí, avanzará hacia lo ensordecedor en muchos de los autores considerados capitales, como el Bruckner que nos ocupa y que constituyó el peor concierto de todos los realizados en las Nueve Novenas del pasado 24 de junio. Pero antes de llegar al odiable coloso, no todo el camino fue negativo.

La presencia romántica de la jornada comenzó, como no podía ser de otra manera, con la Sinfonía nº9 en re menor de L.v. Beethoven: la gran novena, por supuesto, de la que surge el mito del carácter apoteósico y maldito que daba nombre al mismo ciclo y que se imponía, por tanto, como el primer gran número del día, a cargo de una Orquesta Sinfónica de Madrid que ya había destacado en el Haydn previo, con un Víctor Pablo Pérez festivo y un Coro Nacional de España que se enfrentaba, junto con los solistas del cuarteto vocal, a una página coral que no por ser tan interpretada dejará de ser difícil algún día.

Si algo puede decirse acerca del cuarteto solista, es lo mejor que se puede decir de cualquier ejecución de esta escritura beethoveniana: que funcionó en su conjunto. Poco más. Es una escritura vocal desagradecida dentro de la que tan sólo se debe aspirar a que la suma de voces sea la adecuada, y desde luego aquí fueron todas ellas bien escogidas. Con todo, destacable la intervención del tenor Gustavo Peña que sorprendió con sus partes a solo bien trabajadas y en un ámbito que le resultaba propio. Y lo mismo puede aplicarse a la escritura coral, por supuesto, cuya ejecución se vio beneficiada al no haber reforzado Víctor Pablo Pérez la formación con un número excesivo de voces. Nadie murió asfixiado, todo fue correcto y brillante, y la gran Novena en su Himno final (y secciones anexas) no necesita comentarios, por lo que uno torna sus oídos hacia la parte orquestal encontrándose con lo mejor de la jornada completa: el timbalero de la OSM, José Manuel Llorens, que ejerció de verdadero virtuoso del instrumento. Y es que desde el primer momento, Llorens destacó por la utilización de un sonido áspero, seco, que conseguía ejercer su papel despegándose del resto de la orquesta de una manera tan absolutamente funcional que cuesta creer que sea posible. Allí estaba el obvio contacto visual entre director y timbalero, con confianza, divertido sin dejar de ser dramático como la ocasión requería, en un permanente diálogo que mantuvo la tensión a lo largo de los movimientos. Porque, todo sea dicho, la idea subyacente se encontraba tan palpable en la interpretación del maestro que incluso en los pasajes en los que el timbal no ejercía este contrapunto a la orquesta, lo sustituía Víctor Pablo Pérez a través de otros recursos tales como los pizzicatos en las cuerdas graves, igualmente destacados y conseguidos. Otros grandes aciertos del director fueron las dinámicas magistrales de las entradas truncadas del comienzo de la obra, así como los sucesivos contrastes acaecidos todo a lo largo del primer movimiento sin necesidad de insistir demasiado en los cambios texturales, todo ello a través de unos cambios de intensidad que uno no sabría explicar muy bien cómo han sido ejecutados. Absoluto dominio de los crescendos y su resolución no forzada. Nuevamente, ataque entre movimientos; ausencia de pausas para arrojar al público hacia el gran Himno. Espectáculo y música de primer nivel. Agradecido, medio auditorio se mantiene aplaudiendo en pie: no podría haber sido de otra manera.

El capítulo del gran sinfonismo continuó con una Orquesta de la Comunidad de Madrid que sostuvo a un Schubert más que atractivo, y a pesar de que curiosamente el maestro es el titular de dicha orquesta, el sonido obtenido fue menos destacable que en el Beethoven anterior. No obstante, y si bien cierto es que la novena de Schubert dista mucho de ser un ejercicio de música cristalina, hubo un control continuado desde dirección hacia un exceso de metales muy consciente, y una diferenciación de planos sonoros dignos del mejor Boulez, aquel director cuyo oído funcionaba con la precisión tecnológica de un ecualizador digital. Vuelta al dominio absoluto en los crescendos y sus resoluciones (ejemplar control de maderas y trompas) que permitieron que incluso en los pasajes más estáticos de la partitura subyaciera un movimiento continuado dentro de la calma: un ojo del huracán francamente atractivo todo a lo largo de sus cuatro movimientos que no deja de impresionar, pasados ya unos días, por la técnica con la Víctor Pablo Pérez transmite su pensamiento dinámico a la plantilla como el eje en el que basa su interpretación orquestal. Y ya luego llegó Bruckner.

Es una obligación (o debería serlo) del crítico y del cronista abandonar cuando no está plenamente capacitado para ejercer su trabajo de una manera imparcial; otra cosa sería deshonesta, y valga la sentencia para dejar constancia de que hay cosas que a uno le superan, y Anton Bruckner y su Sinfonía nº9 en re menor (y los excesos armónicos mencionados en la introducción al presente artículo) son varias de ellas. Por lo tanto, y sin entrar en detalles que muy probablemente resultasen errados para una parte de los aficionados, cabría únicamente valorar aquí el papel desempeñado por una Sinfónica RTVE que, ampliando significativamente su dispositivo respecto a la ejecución magistral de la correspondiente novena de Mozart, volvió a sonar de manera más cercana a la habitual. Desde esta perspectiva, la del sonido orquestal, la culminación de la programación romántica con Bruckner ha sido una Ítaca Negra con una partitura que resulta pesada y pesante, con una sección de metales en ocasiones fuera de control y una sonoridad para nada definida. Como reza la máxima dentro del mundo del sonido, “elemento añadido, plano sacrificado”, y ahora los planos sonoros no existen, aunque si esto es a lo que debe sonar esta música infexible como inflexible fue su autor, es de suponer que también se ha conseguido el objetivo.

HACHÈ COSTA

Seguir leyendo: NUEVE NOVENAS (IV): POST-ROMANTICISMOS