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24-VI-2017 NUEVE NOVENAS (IV): POST-ROMANTICISMOS

ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. VÍCTOR PABLO PÉREZ, director Obras de Shostakóvich y Dvořák. Con una Orquesta Nacional de España alcanzando los cielos en su interpretación, se presentaba en el programa correspondiente al cuarto concierto (el primero con una pausa entre obras muy poco afortunada para los que llevábamos ya muchas horas disfrutando de la ausencia de respiros entre actos) sendas novenas de Dimitri Shostakóvich y Antonín Dvořák, dejando muy claro que si hay una orquesta de élite en el terreno nacional ahora mismo, esa es la ONE, y que el fruto del trabajo de su antaño titular Josep Pons seguirá resultando…

Victor Pablo Pérez y la Orquesta Nacional de España. Crédito: Rafa Martín.

ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. VÍCTOR PABLO PÉREZ, director

Obras de Shostakóvich y Dvořák.

Con una Orquesta Nacional de España alcanzando los cielos en su interpretación, se presentaba en el programa correspondiente al cuarto concierto (el primero con una pausa entre obras muy poco afortunada para los que llevábamos ya muchas horas disfrutando de la ausencia de respiros entre actos) sendas novenas de Dimitri Shostakóvich y Antonín Dvořák, dejando muy claro que si hay una orquesta de élite en el terreno nacional ahora mismo, esa es la ONE, y que el fruto del trabajo de su antaño titular Josep Pons seguirá resultando palpable por mucho tiempo. Cualquier valoración escrita de lo que es capaz la sección de viento madera de la presente formación sería desmerecer a la misma, porque la música hay que escucharla, no leerla, pero lo que es innegable es que cualquiera de las dos obras ejecutadas requiere de una sección de maderas muy sólida con la que poder acometerlas, sin que la mención especial hacia la misma suponga desmerecer las restantes, dado que en el lenguaje sinfónico difícilmente brillarán unos elementos sin que los otros se encuentren cumpliendo igualmente su función.

Podría parecer que una valoración primera de la ejecutante encargada del flautín en la novena de Shostakóvich resulta un tanto obvia; a fin de cuentas, el asunto sería como destacar la preponderancia del piano en una sonata para el instrumento mismo, claro está, pero la realidad es que la limpieza en la ejecución y la contención en el sonido de un instrumento endiablado como el presente es algo de por sí extremadamente difícil de alcanzar hasta este punto, y cuando toda la sección responde posteriormente en la obra de Dvořák en la misma medida, está claro que su papel es ya no sólo incuestionable, sino a todas luces destacable. Con todo, a pesar de este comienzo tan llamativo y bien desarrollado, para muchos oyentes la novena de Shostakóvich resultará en parte desastrosamente chabacana. Difícil valoración se puede realizar de manera homogénea sobre un autor tan maltratado, vapuleado y maleado, por lo órganos de gobierno con los que le tocó vivir, aquel asesino régimen comunista ruso de la práctica totalidad del siglo XX. Las enmiendas, las correcciones forzadas o bajo presión, hacen de sus obras un compendio de ideas muchas veces excesivamente contrastantes, como si la mano oprimida que escribe un primer movimiento fuera diferente a la mano creativa que escribe el segundo, algo que ciertamente ocurre en la presente obra, cuyo verdadero interés se presenta de manera gradual, a medida que estas intervenciones del flautín en diálogo con la orquesta (más bien, suma de monólogos) se hacen menos presentes en aras de una mayor riqueza de recursos. No es esta una de las sinfonías más brillantes ni más características de su autor, si bien la variedad de texturas inusitadas, y siempre en un delicado equilibrio a través de su orquestación, le confieren el mismo atractivo que pueda tener prácticamente el corpus de las obras completas del ruso. A fin de cuentas, por encima de su importancia político-social que en ocasiones parece ser el factor predominante a la hora de valorar su creación (aquí mismo acabamos de hacerlo una vez más), se encontraría la maestría con la que Shostakóvich acomete ejercicios de instrumentación jamás excesivos, con unos velos sonoros capaces de hacer sumamente agradables pequeñas piezas del tipo de sus suites jazzísticas – y, ya de paso, permanecer en la memoria colectiva por siempre jamás en una medida mucho mayor que la que le puedan brindar sus cuartetos o todos los leningrados del mundo.

Lo acaecido con la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák exige mención especial, dado que pocas veces es posible escuchar la obra con semejante claridad expositiva, siendo ello dicho con la absoluta consciencia de ser ésta una obra repetida hasta la extenuación por parte de las sinfónicas de medio mundo. Pero es que, nuevamente, la sección de maderas de la ONE obra el milagro en una pieza magistral que no siempre se comprende del todo en sus elementos temáticos. Porque lo cierto es que resulta francamente llamativo y “simpático” el acercamiento que la historiografía-musicología realiza hacia una partitura de la que se afirma siempre que contiene diferentes elementos melódicos tomados de la música popular estadounidense, a pesar de que ello se diga de manera velada y casi poniéndolo en duda (así como un “Dicen las malas lenguas que…”); recita la crítica de memoria el nombre del alumno que acercó a Dvořák al legado de música tradicional norteamericana en sus años de profesor en New York pero sólo para después incidir en los aspectos más obvios de la obra, los de su escritura orquestal netamente post-romántica y olvidando todo lo demás. Pero lo cierto es que el Nuevo Mundo está ahí, en la misma medida que está ahí en la obra de un Ives o de un Copland, porque el tratamiento fragmentado sería la primera de las características de un pensamiento melódico que no incide en el desarrollo; un pensamiento de la línea musical cantabile que rechaza el desarrollo temático de naturaleza germana y que el concierto supo plasmar a la perfección.

Sin perjuicio de haber expuesto la cuestión del no-desarrollo melódico en primer lugar, son muchos los elementos que hacen de esta novena una sinfonía “americana” y uno debe volver los ojos hacia algo, tan sólo algo, del legado estadounidense para poder comprenderlo y así aplicar unos principios interpretativos que resulten ser los adecuados para la plasmación de las ideas del autor. La arriba mencionada tendencia al no desarrollo de una línea melódica breve, anecdótica, pero también el carácter poético en la utilización de un vibrato marcado en las maderas como elemento temático subyacente en sí mismo (reminiscencia del canto que llega como un elemento distintivo hasta la música contemporánea en partituras como los Cantos Desiertos de un Riley o las Mountain Songs de Beaser de inspiración nacionalista), la acentuación exacta de los giros y floreos entre tónica y sexta mayor resultantes de la escala pentatónica, los planos resaltados de la instrumentación (las trompas en un lugar excepcional, ya ensalzadas las maderas), serían algunos de los puntos a trabajar en una partitura que la ONE y Víctor Pablo Pérez han comprendido y plasmado a la perfección mucho más allá del eterno segundo movimiento (el cual, también sea dicho, posee una irregularidad en sus períodos melódicos que hay que comprender igualmente para darle todo el carácter tradicional que se puede otorgar a la sección), ofreciendo una ejecución magistral que demuestra la importancia del papel de esta sinfonía en la historia de la música americana. Al igual que el principio de la Teoría del Conocimiento que establece que percepción y objeto percibido son una misma cosa, que no existe uno sin el otro, el gran legado de Dvořák sería el de haber retratado América al mismo tiempo que creaba América: su influencia será tan grande que de alguna manera será el germen primero para un sinfonismo americano que atravesará el siglo XX impulsado por obra de Nadie Boulanger y su séquito de alumnos tradicionalistas, que vieron en el presente lenguaje musical el reflejo de un folklore que en parte existía sólo porque estaba siendo visto como tal. Y como tal lo ha querido recrear, y ha podido recrearlo, esta Orquesta Nacional de España de mano de un Víctor Pablo Pérez que ha sentado cátedra en el desarrollo de estas Nueve Novenas.

HACHÈ COSTA