Audioclasica

3-VII-2017 La fórmula Nyman

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VALENCIA Conciertos de Viveros. Gran Feria de Valencia MICHAEL NYMAN BAND. MICHAEL NYMAN, piano. Obras de Michael Nyman. Aforo 2.200 Asistencia: 70% Corría el verano de 1976 cuando Harrison Birtwistle encargó a Michael Nyman, hasta entonces crítico musical y musicólogo, una adaptación del libreto de una de las obras de Carlo Goldoni, Il Campiello (1756). En esta versión instrumentos antiguos como el rabel, las chirimías y el rebec compartían espacio con otros como el banjo y el saxofón. Según alguno de los presentes, la estruendosa banda irrumpió en la tranquilidad de St. John’s Smith Square (hoy la iglesia es una…

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Michael Nnyman Band. Créditos: http://www.cndm.mcu.es

VALENCIA

Conciertos de Viveros. Gran Feria de Valencia

MICHAEL NYMAN BAND. MICHAEL NYMAN, piano.

Obras de Michael Nyman.

Aforo 2.200 Asistencia: 70%

Corría el verano de 1976 cuando Harrison Birtwistle encargó a Michael Nyman, hasta entonces crítico musical y musicólogo, una adaptación del libreto de una de las obras de Carlo Goldoni, Il Campiello (1756). En esta versión instrumentos antiguos como el rabel, las chirimías y el rebec compartían espacio con otros como el banjo y el saxofón. Según alguno de los presentes, la estruendosa banda irrumpió en la tranquilidad de St. John’s Smith Square (hoy la iglesia es una sala de conciertos). El novedoso repertorio estuvo formado por machacones arreglos de canciones venecianas, piezas de Rossini, de Kurt Weil y alguna de Mozart, con un tinte folk. El crítico musical del Financial Times hizo una predicción: “Me temo que la banda de Campiello estará presente por mucho tiempo”. No iba desencaminado. En la cita de los primeros compases del Aria del catálogo, In Re Don Giovanni, encontramos prácticamente todo lo que Nyman ha escrito en este tiempo: armonía tonal, ritmos binarios, bajos ostinatos y sencillas células melódicas. Cuarenta años después el conjunto y su líder celebraron el aniversario con un concierto en el Barbican de Londres y con la consiguiente gira europea que los ha traído a Alicante y Valencia. El próximo febrero actuarán en el ciclo Fronteras del Auditorio Nacional de España.

Precisamente, es en lo fronterizo donde se ha movido Michael Nyman. En una difuminada línea que separa el experimentalismo y el canon, el pop y la música clásica, lo mínimo y lo excesivo. En definitiva, entre lo alternativo y las listas de superventas. Sin duda, un territorio incómodo. Como decía brillantemente Alessandro Baricco, ya quisieran muchos compositores contemporáneos el éxito que ha alcanzado Nyman cocinando fast-food music. No le falta el aliño de vanidad y egocentrismo: “los productores no me entienden, me dan guiones inadecuados”, “mi música es mejor que la de muchos compositores actuales”, “yo no compongo música cinematográfica convencional  por mi condición de compositor experimental”, “los críticos no me escuchan”… Pérez de Arteaga le llamó caradura cuando no entregó el Goldberg Shuffle prometido al Festival Internacional de Granada sin mediar explicación alguna. No fue la única vez.

Nyman dio nombre al movimiento: minimal music, y ahí está 1/100 y los valses de 1976 que tan bien explica desde la musicología María Vázquez González. El pianista se declaró heredero de John Cage y más allá: la escuela neoyorquina. Sin ningún empacho se apodó “compositor in progress” en un documental. La parte por el todo. Por mucho que uno esté abierto a la progresión como artista, y él lo está como músico y videocreador (no hace mucho que la Filmoteca de Valencia estrenó su film Michael Nyman with a Movie Camera), la expresión fue acuñada por Steve Reich para referirse al proceder general del minimalismo. Aquel que reaccionó al “ni armonía, ni ritmo, ni melodía” de las vanguardias, según el propio Reich, de algún modo mentor de Nyman. Y después de todo, después de debutar en los Proms londinenses en 2009, al cual no le dejaban entrar “los porteros del templo de la respetabilidad musical”, la reacción del pianista fue: “esta es la institución en la que quería ser aceptado”. Acabáramos. Por eso ha insistido en mostrar sus cuartetos y sinfonías, algunas de ellas grabadas y dirigidas por Josep Vicent y The World Orchestra en el ADDA de Alicante.

Junto a Peter Greenaway creó algunas de las escenas más potentes del cine posmoderno europeo. Buena pareja. Ambos miraban al pasado como fuente de inspiración: el músico a la armonía y a los ostinatos barrocos; el cineasta a la pintura renacentista y barroca (cabe recordar que la SMR de Cuenca coprodujo su visión sobre Las bodas de Caná de Paolo Veronese). Greenaway fue pintor antes que director. Nyman, crítico e investigador antes que compositor. El carácter grotesco que la música imprime al argumento de The Draughtsman’s Contract es impagable. Después llegaría el inesperado boom de El piano. Una película en la que aprendimos que la infancia no es tan inocente como se piensa. En ella nos estremecimos con la ternura de George Baines (Harvey Keitel) al rozar los pequeños trozos de piel que los minúsculos rotos de las calzas de Ada dejaban al descubierto. Más tarde, Gattaca, una de las bandas sonoras en las que Nyman menos se parece a Nyman, y The End of the Affair, una de las mejores.

Y así, entre citas textuales de Mozart, Purcell o Schumann e intratextuales  de sí mismo han transcurrido cuarenta años. Las chirimías de Campiello Band se han convertido en saxofones, el rebec en un cuarteto de cuerda y los sacabuches dejaron paso al trombón, a la trompa, y, a veces, al bombardino (euphonium) o al fliscorno (flugelhorn), instrumentos de metal muy usado por las brass bands británicas y por nuestras bandas de música (Carles Santos los saca a la palestra en algunas de sus piezas para conjunto). Lo acústico se ha amplificado y procesado para obtener un minimalismo tecno de corte punk. Los once músicos de la Michael Nyman Band se han especializado en este repertorio y en la forma de tocarlo: siempre forte o fortísimo. Hay quien discute si en este transitar de la colectividad proletaria post-hippy al liberalismo más radical, con el thacherismo de por medio, la música de Nyman ha sido una sutil contestación estética o si aquel ha deglutido al compositor.

En contraste con el cuidado de todas las puestas en escena de música contemporánea actual, y el que hay en las grabaciones (Nyman remasterizó y reeditó muchas de sus obras en su propio sello MN Records), la de la banda presenta una calculada dejadez (no en la entrega) y crudeza en las formas. Los inicios y las conclusiones son desmadejados. Parece haber empeño en afinar pero no se consigue. Cualquiera afina con esas dinámicas. La actitud del pianista es desdeñosa hacia el público: siempre de espaldas y no dirige ni una palabra. Sin embargo, la fórmula, musical y performativa, le ha servido para producir un sello sonoro inconfundible y ser el compositor británico más conocido de los últimos treinta años. A ello contribuyen las familiares intervenciones de Andy Fidon con el saxo barítono, Nigel Barr con el trombón bajo o Dave Roach con el saxo soprano, entre otros.

Pero la pregunta que me llevó al concierto fue: ¿le sirve esta fórmula al público tanto tiempo después? Sin duda. No la del Michael Nyman más experimental, pero sí el de las abrasivas bandas sonoras y ritmos motrices, a veces, con un tinte naif, que escuchan desde hace años: Chasing Sheep is Best Left to Shepherds, An Eye for Optical Theory, Prawn Watching, Time Lapse, Trysting Fields, Wheelbarrow walk, Sheep and tides, Fisch beach, Knowing the Ropes, Memorial, Come unto these Yellow Sands, Dipping, Stroking, Synchronising, El piano… El número de asistentes no fue despreciable. Todo el público acabó puesto en pie para ovacionar a la banda. “¡Cuánto he disfrutado. Cuántas veces he escuchados estos CDs!”, decía una señora al salir. ¿Nostalgia? ¿No es la nostalgia un elemento definitorio de la apreciación de la música pop?

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI