Audioclasica

17-VII-2017 Un Trovatore de trazo grueso

Crédito: © Antoni Bofill
Los componentes de la representación saludan al final de la misma

BARCELONA GRAN TEATRE DEL LICEU ARTUR RUCINSKI (conde de luna), KRISTIN LEWIS (leonora), MARIANNE CORNETTI (azucena), MARCO BERTI (manrico), CARLO COLOMBARA (ferrando), MARÍA MIRÓ (inés), ALBERT CASALS (Ruiz), CARLES CANUT (goya). Dirección de escena de JOAN ANTON RECHÍ. Vestuario de MERCÈ PALOMA. Iluminación de ALEBERT FAURA. video project2 (DERGIO GRACIA). coproducción del GRAN TEATRE DEL LICEU Y ÓPERA DE OVIEDO. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. Directora del Coro, CONXITA GARCÍA. director, DANIELE CALLEGARI. Verdi: Il trovatore, ópera en cuatro actos. Libreto de Salvadore Cammarano y Emmanuele Bardare. Aforo: 2.292 Asistencia: 90% La idea de remozar la…

Crédito: © Antoni Bofill Los componentes de la representación saludan al final de la misma

Crédito: © Antoni Bofill
Los componentes de la representación saludan al final de la misma

BARCELONA

GRAN TEATRE DEL LICEU

ARTUR RUCINSKI (conde de luna), KRISTIN LEWIS (leonora), MARIANNE CORNETTI (azucena), MARCO BERTI (manrico), CARLO COLOMBARA (ferrando), MARÍA MIRÓ (inés), ALBERT CASALS (Ruiz), CARLES CANUT (goya). Dirección de escena de JOAN ANTON RECHÍ. Vestuario de MERCÈ PALOMA. Iluminación de ALEBERT FAURA. video project2 (DERGIO GRACIA). coproducción del GRAN TEATRE DEL LICEU Y ÓPERA DE OVIEDO. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. Directora del Coro, CONXITA GARCÍA. director, DANIELE CALLEGARI.

Verdi: Il trovatore, ópera en cuatro actos. Libreto de Salvadore Cammarano y Emmanuele Bardare.

Aforo: 2.292 Asistencia: 90%

La idea de remozar la tan veterana como fallida puesta en escena de Gilbert Deflo para Il trovatore era, sin lugar a dudas, justa y necesaria. Y hacerlo recurriendo a Goya y a sus escalofriantes Desastres como puente entre el vetusto argumento de la ópera y el público contemporáneo no carece tampoco de ingenio y, de hecho, se plasma por momentos en un sugerente juego de planos y de intertextos visuales. Sin embargo, ni ese Goya que, encarnado por Carles Canut, vagabundea cansinamente por el escenario, ni tampoco las proyecciones de sus grabados –y de los títulos que el pintor les impuso, en especial el recurrente “Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer”– acaban de insuflar a la escena algo más que un vago aire de palimpsesto y de pintura poco matizada.

A decir verdad, esa sensación de trazo grueso no debe ser imputada en exclusiva a lo escénico, sino que contribuyen también a ella otros varios elementos del espectáculo. Sin ir más lejos, a Daniele Callegari, su director musical, hay tan pocas cosas que reprocharle como que agradecerle: su lectura de la excelente –y a veces “preveristamente” emotiva– partitura verdiana resulta decepcionantemente funcionarial y se limita a acompañar a los cantantes sin establecer apenas diálogo con ellos ni descubrir matices o texturas mínimamente personales.

Así las cosas, y como sucede siempre con este temible título verdiano, la responsabilidad máxima acaba por recaer en el elenco vocal ­–no hace falta recordarle al lector lo que sentenciara al respecto Toscanini–, que carga con ella con desigual fortuna. El Manrico de Marco Berti ha ganado tal vez alguna seguridad con los años, pero su instrumento vocal –desde siempre de noble color y generoso volumen– no logra zafarse de problemas técnicos que le impiden mejores prestaciones, a lo que se suma una preocupante falta de expresividad teatral. Más desilusionante es el caso de la soprano estadounidense Kristin Lewis, que pone de manifiesto desde la primera hasta la última nota que está muy lejos de atesorar las virtudes necesarias para el exigente personaje de Leonora: ni su voz es la adecuada –una inexistente zona baja y un registro alto casi siempre construido sobre el grito–, ni su dicción italiana homologable, ni su teatralidad mínimamente creíble. También del experimentado Carlo Colombara uno habría esperado un Ferrando más rotundo y, a un tiempo, más dúctil –virtudes no contradictorias entre sí–.

En tales circunstancias, lo más interesante de la velada vino a ser la actuación de Artur Rucinski como el Conde de Luna y de Marianne Cornetti como Azucena. El primero dista mucho de ser un barítono verdiano y su timbre se afea a veces con cierta guturalidad, pero merece aplaudirse su legato y la musicalidad con que asumió su parte. La segunda compuso una gitana creíble en lo escénico y vocalmente notable –aunque su coloratura no abarca toda la paleta que el personaje requiere–. Junto a ellos, el coro rayó a buena altura y se convirtió en el componente más matizado de un conjunto que nunca superó la corrección.

Javier Velaza