Audioclasica

14 y 15-VIII-2017 El Festival de Salzburgo y la Filarmónica de Viena

© Salzburger Festspiele / Ruth Walz. Matthias Goerne en el primer acto de Wozzeck

FESTIVAL DE SALZBURGO 2017 Asistencia media: 100% La colaboración entre los Wiener Philharmoniker y el Festival de Salzburgo nace desde su creación, en su forma definitiva en 1918, por obra del famoso escritor y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal, del compositor Richard Strauss, del director del Teatro de Salzburgo Max Reinhardt, del escenógrafo Alfred Roller y del director de orquesta Franz Schalk. Desde entonces el conjunto vienés ha sido el protagonista absoluto de la mayoría de las ediciones, convirtiéndose en el eje central de las producciones operísticas y de la mayoría de los conciertos sinfónicos. La edición de este año no…

© Salzburger Festspiele / Ruth Walz. Matthias Goerne en el primer acto de Wozzeck

© Salzburger Festspiele / Ruth Walz. Matthias Goerne en el primer acto de Wozzeck

FESTIVAL DE SALZBURGO 2017

Asistencia media: 100%

La colaboración entre los Wiener Philharmoniker y el Festival de Salzburgo nace desde su creación, en su forma definitiva en 1918, por obra del famoso escritor y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal, del compositor Richard Strauss, del director del Teatro de Salzburgo Max Reinhardt, del escenógrafo Alfred Roller y del director de orquesta Franz Schalk. Desde entonces el conjunto vienés ha sido el protagonista absoluto de la mayoría de las ediciones, convirtiéndose en el eje central de las producciones operísticas y de la mayoría de los conciertos sinfónicos. La edición de este año no ha sido distinta, celebrándose además los 175 años de la fundación de la famosa orquesta, protagonista con cinco conciertos – con obras del repertorio tardo romántico y del siglo XX – y tres óperas: Lady Macbeth de Mtsensk (dirigida por Mariss Jansons), Wozzeck (con la batuta de Vladimir Jurowski) y Aida protagonizada por Ana Netrebko y en el foso Riccardo Muti; el verdadero acontecimiento del festival ya que la ópera de Verdi faltaba del festival desde 1980.

He asistido a uno de los conciertos y a dos de las óperas y cada función ha estado marcada por la extraordinaria calidad de la orquesta, así como de los diferentes intérpretes. El Wozzeck de Alban Berg – representado en la sala más pequeña del Festpielhaus, la Haus für Mozart – tenía como mayor atractivo la nueva puesta en escena, encargada al famoso artista audiovisual sudafricano William Kentridge. Su trabajo fue impactante en lo visual al igual que lleno de detalles en el trabajo con los intérpretes. Una serie de objetos abandonados, dentro de un marco escénico dominado por escaleras torcidas y espacios obtenidos de armarios, funcionaban como base para la proyección de imágenes (elaboradas por Catherine Meyburgh) sacadas de dibujos animados típicos de la producción de Kentridge, todos caracterizados por el tema de la guerra. La idea del director ha sido de hecho la de interpretar la parábola existencial de Wozzeck como consecuencia de los desastres de la guerra haciendo hincapié en el hecho de que la obra fue escrita por Berg justo durante el desarrollo del primer conflicto mundial. El resultado fue una producción marcada por una atmósfera casi alucinada y por la gran atención puesta a la actuación de los cantantes, fundamental en esta obra maestra del Expresionismo alemán. Matthias Goerne fue un excepcional Wozzek, capaz de modular su potente, pero también dúctil voz, a las exigencias de un papel que exige siempre una gran fuerza expresiva y asimismo la capacidad de alternar la interpretación con momentos de introspección. Muy lograda fue la actuación de Asmik Grigorian como Marie y las de Jens Larsen como el Doctor y de Gerhard Siegel en el rol de Primer Oficial. Muy bien John Daszk como Tambourmajor y los otros cantantes en los papeles menores. Todos guiados por la batuta de Vladimir Jurovski, que fue capaz de sacar lo mejor de la partitura de Berg gracias al perfecto control de las formas musicales que componen la partitura y por la forma con la que consiguió un gran equilibrio entre las secciones expresionistas y las que son caracterizadas por un matiz de naturaleza más lírica.

 

© Salzburger Festspiele / Thomas Aurin. Evegenia Muraveva y Brandon Jovanovich en el segundo acto de Lady Macbeth de Mtsensk

© Salzburger Festspiele / Thomas Aurin. Evegenia Muraveva y Brandon Jovanovich en el segundo acto de Lady Macbeth de Mtsensk

 

No menos lograda fue la producción de la Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich, presentada en la gran sala del Grosses Fetspielhaus. En la imponente puesta en escena de Andreas Kriegenburg los acontecimientos de la obra son transportados en una época indefinida entre la de la primera ejecución (1934) y nuestros días. La casa de Boris Ismajlov se convierte en un microcosmo monocromático con gradaciones de gris y azul polvoriento dentro de la magnífica escenografía de Harald B. Thor, en línea con los trajes esenciales de Tanja Hofmann. Una escalera enlaza el patio con los balcones de los pisos superiores ya en estado de abandono, símbolo de un bienestar ya pasado, mientras las habitaciones de Katerina y el despacho del reprimido Zinovy son dos paralelepípedos que salen lateralmente a exigencias del relato. La régie de Kriegenburg trató el argumento con delicadeza y segura profesionalidad, presentando la historia de Katerina como un simple hecho de actualidad sin dejar especio a fáciles y pesados dobles sentidos. Nada fue dejado al caso o a la imaginación y hasta en los momentos más crudos fueron presentados con gran claridad y sin caídas de gusto. Todo esto gracias también al excelente trabajo con los cantantes y las luces de Stefan Bollinger que a veces llevaban la escena a la dimensión del sueño y de la pesadilla por medio de proyecciones deformantes. La dirección de Mariss Jansons fue de lo mejor que se puede escuchar hoy en día. El director letón – que conoce a la perfección la partitura y con el aporte de una Filarmónica de Viena en verdadero estado de gracia gracias a su inmensa paleta de sonidos diferentes – ofreció una lectura donde cada acto parecía el movimiento de una poderosa e inmensa sinfonía. Todo esto sin perder en ningún momento la fuerza impactante de una teatralidad marcada por momentos de gran impacto emotivo. El aporte de los cantantes fue fundamental para el éxito de la velada, empezando por la gran interpretación de Evegenia Muraveva que sustituyó en el último momento a la enferma Nina Stemme. De gran presencia escénica la cantante rusa sorprendió sobre todo por la potencia y el control de su voz, cálida y capaz al mismo tiempo de un perfecto fraseo. El tenor Brandon Jovanovich fue un Sergej muy convincente y con grandes capacidades de actor, así como el Boris del bajo Dmitry Ulyanov. Perfecto el Zinovy de Maxim Paster como todos los otros intérpretes y el magnífico coro de la Ópera de Viena.

 

© Salzburger Festspiele / Marco Borelli. Riccardo Muti, Yefim Bronfman y los Wiener Philharmoniker durante el Segundo concierto para piano de Johannes Barhms

© Salzburger Festspiele / Marco Borelli. Riccardo Muti, Yefim Bronfman y los Wiener Philharmoniker durante el Segundo concierto para piano de Johannes Barhms

 

Por último, el concierto de Riccardo Muti con los Wiener Philharmonker del 15 de agosto. La compenetración entre la orquesta vienesa y el director italiano es absoluta tras los 46 años de colaboración ininterrumpida; fue justo en el Festival de Salzburgo de 1971 cuando empezó esta especial “historia de amor”. La interpretación del Segundo concierto para piano y orquesta de Brahms, en la primera parte del concierto, fue ejemplar en cada momento gracias a una perfecta sintonía entre el director, los Wiener y el excelente pianista Yefim Bronfman. El verdadero milagro fue sin embargo el tercer movimiento, caracterizado por un estrecho, muy expresivo, y magníficamente equilibrado diálogo entre el solista y las diferentes secciones de la orquesta. Inolvidable. No menos impactante, aunque menos mágica, la segunda parte de la velada con una lectura potente, pero al mismo tiempo llena de momentos cargados de un gran lirismo, de la Cuarta sinfonía de Chaikovsky. Muti consiguió el mejor balance en el segundo movimiento, cuyo perfil melancólico fue evidenciado maravillosamente por la cuerda, pero también en el virtuosísimo pizzicato del tercer movimiento y en el intenso aquelarre del movimiento final. Éxito contundente al final del concierto como en ocasión de las dos funciones operísticas.

Gian Giacomo Stiffoni