Audioclasica

07-XI-2017 Un grande sobre el alambre

© Ari Rossner/Warner Classics

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA PIOTR ANDERSZEWSKI, piano Obras de Mozart, Chopin y J.S. Bach Aforo: 2.324  Asistencia: 65% Esta vez Scherzo albergaba la expectante visita de Piotr Anderszewski. Pianista abanderado de su generación, que allende la cuarentena de edad y algo lejos ya de su irrupción a lo enfant terrible, con aires de dandi aún conservado, alcanza en su brillante trayectoria las primeras cimas de una notable madurez interpretativa. Un caso paralelo casualmente al de su magnífico coetáneo y predecesor esta temporada Leif Ove Andsness. Anderszewski exhibe una especial…

© Ari Rossner/Warner Classics

© Ari Rossner/Warner Classics

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

PIOTR ANDERSZEWSKI, piano

Obras de Mozart, Chopin y J.S. Bach

Aforo: 2.324  Asistencia: 65%

Esta vez Scherzo albergaba la expectante visita de Piotr Anderszewski. Pianista abanderado de su generación, que allende la cuarentena de edad y algo lejos ya de su irrupción a lo enfant terrible, con aires de dandi aún conservado, alcanza en su brillante trayectoria las primeras cimas de una notable madurez interpretativa. Un caso paralelo casualmente al de su magnífico coetáneo y predecesor esta temporada Leif Ove Andsness. Anderszewski exhibe una especial personalidad ante el teclado, de un afán comunicador que como el mismo afirma, necesita compartir con el público desde el estrecho vínculo que en su trabajo ha llegado a establecer con las propias obras. Todo basado en una concepción interpretativa que entre otras muchas virtudes destaca por el relieve del que dota a cada pasaje e instante, de un continuo equilibrio e intensidad difícilmente equiparables por su robustez, inmersa en el sentido de la obra desde el primer compás.

Y allí se encontraba Mozart para dar fe de ello con la Fantasía en do menor K.475, ya para siempre emparejada a su prima hermana la Sonata K.457 de tonalidad homónima. Y vaya si lo hizo, Anderszewski ofreció una de las más extraordinarias interpretaciones que se hayan podido escuchar de esta obra del genio salzburgués. Una versión canónica por su pureza sonora y fidelidad al estilo no exenta de su impronta personal en cuanto al carácter. Mereciendo casi un comentario de cada fragmento, destacó su insondable profundidad, intensa pero equilibrada, envuelta por un impresionante abanico de dinámicas controladas desde una pulsación en el margen de lo posible. Todo para subrayar un inefable fraseo con un preclaro sentido formal, como el expuesto en el primer movimiento, al que sucedió un Adagio de solemnidad hipnótica y tempo certero. Una conjunción idónea entre obra e interpretación, bajo un gesto con el que Anderszewski parecía autodirigirse, tarea que realiza en ocasiones, resaltando especialmente las cualidades dramatúrgicas de la partitura. Un fastuoso Allegro assai final coronaría una versión de referencia y que de ser registrada quedaría para los anales de la historia del ciclo y por qué no decirlo, de la interpretación pianística en su totalidad. Y eso que contaba con el precedente esta temporada nada menos que a cargo de “el pianista” Grigory Sokolov, protagonista de otra soberbia lectura. Un privilegio para la asistencia que reaccionó con efusividad hasta hacer salir dos veces a saludar al pianista polaco como si fuese el final de la velada.

Con semejante e inmejorable impresión, un leve receso para saborear la hazaña mozartiana antecedería a la serie dedicada a Chopin con la Polonesa-fantasía en la bemol mayor op.61. Sorprendente en un imposible pp al inicio, discurriría por un sinuoso camino de suerte dispar, exquisito en el trato de la sonoridad, el tempo y las transiciones a la vez que espeso en la articulación y plano en la expresión a pesar de su excelso control sobre la dinámica. Bien es cierto que esta Polonesa posee un carácter más abstracto si cabe en su peculiar aire de fantasía que le hace menos brillante y más compleja que sus piezas hermanas. De ahí que su ubicación en el programa tras Mozart tal vez no resultara del todo acertada, reducida a una suerte de agradable postre tras un suculento primer plato.

No sería descartable por otra parte que su concentración se viera afectada por una acumulación de ruidos cuya tipología supera todo lo asimilable entre toses, ronquidos, móviles y sonidos que ya parecen provenir de la ultratumba. Suerte pareja corrieron las Mazurkas posteriores, pertenecientes a los trípticos que componen las op.59 y op.56 respectivamente y que sirvieron de hilo conductor al programa tras el descanso. Anderszewski confirió a éstas la gracia y nobleza de su aire popular, más presente en las del op.59 y más refinado en las del op.56, de tinte poético y evocador. Piezas tratadas por este pianista con una mayor y merecida enjundia, más allá de su condición de pieza menor. Desde un suave y danzarín balanceo, hizo que cada fragmento cobrara su propio relieve, quedando no obstante oscurecidos por un tempo y fraseo algo precipitados que les restarían claridad y brillo expresivo, lo que dejaría un regusto un tanto agridulce y cierto estado de confusión que condujo a la ausencia del pertinente aplauso hacia el mencionado bloque. Probablemente se hubiera esperado más ante un músico originario de la misma Polonia natal de Chopin, con una tradición de mucho peso a las espaldas si miramos a los Zimerman o Rubinstein. Lo que demuestra que tal relación no es unívoca y menos aún en nuestro mundo globalizado.

J.S Bach y su Suite inglesa nº3 devolvieron la luz y el equilibrio a un Anderszewski siempre inconformista que logró dar solidez rítmica y profundidad a la música del Kapellmeister. Un Bach de reminiscencias gouldianas, primoroso en la ornamentación y mesurado en el aprovechamiento del rango sonoro y expresivo del piano respecto de su original destinatario. Un pletórico preludio y unas imponentes allemande y courante, algo aceleradas, dieron paso a una Sarabande impregnada de un carácter dramático más contundente que sutil pero igualmente conmovedor. La delicadeza tímbrica expuesta en sendas gavotas, mejor quizá en la primera, sirvió de contraste para una apoteósica giga, demoledora en su impulso rítmico e intensidad.

Correspondería a la ovación final con dos propinas de Leoš Janáček, tan sugerentes como desconcertantes para la audiencia tras lo escuchado. En todo caso no podía quedar duda, si la hubo, sobre un intérprete inconmensurable en su don y entrega artísticos, siempre al límite, siempre sobre el alambre. Quizá sólo así es posible ser un grande.

Juan Manuel Rodríguez Amaro