Audioclasica

17-XI-2017 Madurez, equilibrio, genio

© Bastian Achard

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA ANNE-SOPHIE MUTTER, violín. LAMBERT ORKIS, Piano. ROMAN PATKOLÓ, contrabajo. Obras de J. Brahms, J. S. Bach y K. Penderecki. Aforo: 2.049 Asistencia: 90% En Anne-Sophie Mutter descuella todavía el genio de aquella niña-prodigio a la que impulsara decisivamente Karajan con su formidable maquinaria de promoción, pero cuatro décadas después ha conseguido investirlo de un equilibrio y una madurez exquisitos. Desde su señorial presencia y esgrimiendo el suculento rango de sonoridades de su Stradivarius Lord Dünn-Raven de 1710, Mutter rindió visita al Palau con un programa verdaderamente atractivo, muy lejos de cualquier banalidad o complacencia:…

© Bastian Achard

© Bastian Achard

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

ANNE-SOPHIE MUTTER, violín. LAMBERT ORKIS, Piano. ROMAN PATKOLÓ, contrabajo.

Obras de J. Brahms, J. S. Bach y K. Penderecki.

Aforo: 2.049 Asistencia: 90%

En Anne-Sophie Mutter descuella todavía el genio de aquella niña-prodigio a la que impulsara decisivamente Karajan con su formidable maquinaria de promoción, pero cuatro décadas después ha conseguido investirlo de un equilibrio y una madurez exquisitos. Desde su señorial presencia y esgrimiendo el suculento rango de sonoridades de su Stradivarius Lord Dünn-Raven de 1710, Mutter rindió visita al Palau con un programa verdaderamente atractivo, muy lejos de cualquier banalidad o complacencia: concebido en Ringkomposition, albergaba en su centro, rutilante como la perla de la velada, la Partita n. 2 BWV 1004 de Bach, flanqueada antes y después por sendos títulos de Penderecki ­–a cuyo ochenta y cinco cumpleaños se dedica el concierto–, y cerrada en sus extremos por dos obras de Johannes Brahms –el “Scherzo” de la Sonata F-A-E y tres Danzas húngaras. La coherencia del conjunto solo habría de alterarse en la parte de las propinas, donde la violinista germana introdujo páginas de Tchaikovski y Villalobos.

Del Bach de la Mutter habría mucho que debatir, desde luego: muy lejos del historicismo en boga, viene trufado de libertades expresivas que redundan en una lectura personal cuya legitimidad depende de los gustos. Esa forma de abordar la partitura resulta, desde luego, mucho más apropiada cuando de Brahms se trata, y más del Brahms de las Danzas húngaras: las llenó Mutter de color y sensibilidad, sí, pero, huyendo a un tiempo de la sensiblería o el pintoresquismo, las sujetó desde un equilibrio modélico. Pero, al lado de estas páginas de repertorio clásico, hay que agradecer, y mucho, la puesta en atriles de las dos obras pendereckianas. Para la primera, el Dúo concertante para violín y contrabajo, la compenetración de Mutter con el contrabajista Roman Patkoló fue espléndida, y entre ambos consiguieron una esmerada lectura de una obra de reducidas dimensiones pero de atractiva arquitectura y brillante discurso sonoro. De mucho más empaque todavía es la segunda, la Sonata para violín y piano n. 2, una obra que merecería mayor presencia en los programas, no solo por sus muchos méritos estructurales, sino porque exige tanto como permite al virtuoso y porque abunda en momentos de auténtica intensidad. En la pieza, como en toda la velada, Mutter fue secundada de manera excelente por el veterano pianista Lambert Orkis, quien desgranó una lección magistral de acompañamiento. ¡Larga vida a la reina!

Javier Velaza