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24-XI-2017 Dirigir la superficie

Rinat Shaham, Matthias Goernes y Yaron Traub en El castillo del duque Barbazul.

Valencia Otoño 2017. Abono 9. Palau de la Música. Sala Iturbi 24-XI-2017. RINAT SHAHAM, mezzosoprano. MATHIAS GOERNE, barítono. ORQUESTA DE VALENCIA. YARON TRAUB, director. Franz Schubert: Sinfonía nº 8 en si menor D.759, “Inacabada”. Béla Bartók: El castillo del duque Barbazul, op. 11, Sz. 48 Aforo: 1.817 Asistencia: 85% Minutos antes de que Yaron Traub alzara la batuta frente a la Orquesta de Valencia (OV), Dinko Fabris, presidente de la Sociedad Internacional de Musicología, clausuraba la primera edición del Foro Internacional de Música convocado por el propio auditorio. El italiano pronunció una hermosa conferencia entorno a una serie de proyectos…

Rinat Shaham, Matthias Goernes y Yaron Traub en El castillo del duque Barbazul.

Rinat Shaham, Matthias Goernes y Yaron Traub en El castillo del duque Barbazul. Créditos: Eva Ripoll.

Valencia

Otoño 2017. Abono 9. Palau de la Música. Sala Iturbi

24-XI-2017. RINAT SHAHAM, mezzosoprano. MATHIAS GOERNE, barítono. ORQUESTA DE VALENCIA. YARON TRAUB, director.

Franz Schubert: Sinfonía nº 8 en si menor D.759, “Inacabada”. Béla Bartók: El castillo del duque Barbazul, op. 11, Sz. 48

Aforo: 1.817 Asistencia: 85%

Minutos antes de que Yaron Traub alzara la batuta frente a la Orquesta de Valencia (OV), Dinko Fabris, presidente de la Sociedad Internacional de Musicología, clausuraba la primera edición del Foro Internacional de Música convocado por el propio auditorio. El italiano pronunció una hermosa conferencia entorno a una serie de proyectos “utópicos” vehiculados por la música. Habló de “El Sistema” venezolano, de la West-Eastern Divan Orquestra y de la red de orquestas juveniles que puso en marcha Claudio Abbado en Italia, entre otros. Premeditadamente se dejó en el tintero a las bandas de música con la esperanza de que el director y moderador del evento diera pie a un debate que no existió. No se imaginan cuánto hay de utópico en sacar adelante cada una de estas asociaciones. En dichos programas cabría añadir las recientes actuaciones de la OV en centros hospitalarios y penitenciarios.

Para justificar el concepto de utopía musical, Fabris acudió a los propios textos de Thomas Moro. Después desgranó la evolución del conjunto instrumental como reflejo de cada paradigma social: desde los ensembles de violines del siglo XVII hasta la orquesta sinfónica actual. También glosó la figura del director de orquesta, el cual alcanzó la autonomía en el foso de los teatros de ópera liberales, e ilustró gráficamente la del director-dictador del siglo XX como modelo de crisis. Su objetivo es reclamar un humanismo que aúne al músico práctico y al investigador en aras de mejorar estas acciones humanitarias.

Con todas estas ideas en la cabeza emergimos a la Sala Iturbi para presenciar el concierto (el Foro tuvo lugar en las salas inferiores del Palau). De todas ellas me rondaba, sobre todo, una: en la catalogación de directores, dónde podríamos encuadrar a Yaron Traub. El israelí llegó a la titularidad de esta orquesta en 2005, apresuradamente y por azar. Se pretendía a Carlo Rizzi para relevar a Miguel Ángel Gómez Martínez pero no cuajó. El noruego Ole Christian Ruud se puso enfermo y tampoco pudo acceder al puesto. Azorada, la dirección del auditorio contactó con Traub, puesto que había dirigido en Valencia con óptimos resultados. En primera instancia, sus buenas formas encantaron a los profesores y profesoras de la orquesta.

Pero el idilio duró poco. La tirantez ha sido constante en estos doce años y los resultados se convirtieron en irregulares. Sin embargo, los abonados llenaban la sala concierto a concierto y la mayor parte de la crítica fue condescendiente. Las dotes del director para hablar al público era una baza. Otra, sus buenas relaciones con Daniel Barenboim, Zubin Metha y otros grandes nombres. Hubo un tiempo, cuando Lorin Maazel y después Omer Meir Wellber fueron titulares en Les Arts, que las orquestas valencianas estuvieron en manos del ámbito musical hebreo.

Traub finiquitó su relación como director titular de la Orquesta de Valencia el pasado 26 de mayo, pero su colaboración como asociado continuará durante la presente temporada y parece que alguna más. Entre los conciertos previstos se encuentra este que comentamos. En la primera parte dirigió una “Incompleta” de Schubert en la que se aprovechó la amplia sección de cuerda que necesita Bartók, lo cual restó claridad a muchos pasajes. La orquesta sonó compacta y redonda, mas demasiado grande. Traub apuró los pianos pero no quiso jugar la baza de macerar la tímbrica de los vientos y sacarle jugo a los contrapuntos para decir algo menos convencional en un título tan familiar. Tampoco puso orden entre la disparidad de criterios de los solistas a la hora de frasear el “Andante”.

El castillo del duque Barbazul comenzó con la lectura del prólogo en húngaro por una profesora de la orquesta con la sala a oscuras. Durante la escena preliminar el conjunto consiguió la adecuada tensión narrativa y predispuso al oyente a seguir la acción. Pero al abrir la primera puerta se vieron los mimbres con los que estaba tejido el drama: falta de mordiente, articulación demasiado blanda, tímbrica ramplona y poco empastada, escasa acidez y disonancias necesariamente hirientes que fueron inofensivas. A partir de la cuarta puerta la tensión decayó en favor de los decibelios, por lo que la quinta fue más sonora que expresiva. Sobresalientes, José Vicente Herrera al clarinete y María Rubio a la trompa.

Al interés inicial contribuyeron especialmente Matthias Goerne y Rinat Shaham, debutante con la OV. En ellos recayó el peso de mantener la expectación. Goerne convirtió la mención a sus siete mujeres asesinadas en una siniestra antítesis del aria del catálogo de Leporello. Terrible. Rinat Shaham  pareció verdaderamente atormentada y no anduvo a la zaga ante la que le cayó encima. El sonido de Goerne no salió bien proyectado en muchos momentos pero su expresividad fue apabullante. Shahan lució poderosos graves, amplio caudal y comprensión de la obra. Le faltó un pelín de acople con la orquesta, o a la orquesta con ella, en momentos como el del grito que abre la quinta puerta.

Con todo, Traub se quedó en la superficie, con algún gesto a la galería incluido, de un drama en el que nada es lo que parece. Así lo dice el texto de Béla Balázs. Tal vez la medida de su éxito fuera el rosario de deserciones que se produjeron a lo largo de la obra, teniendo en cuenta que aun hoy haya quien pueda reaccionar marchándose ante la música de Béla Bartók. A medida que transcurría la ópera hubo un incremento de ruiditos de papeles de caramelos, constantes miradas al reloj de algunos vecinos de butaca y un sinfín de toses. Éstas, además de ser una molesta perturbación, calibran el grado de atención del público. Dice Andreas Wagener que es una respuesta social, no médica, a qué se cuenta, y sobre todo, cómo se cuenta. Si no, ¿por qué en el recital de Philippe Jaroussky no se movió ni tosió casi nadie?

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI