Audioclasica

28-XI-2017 Entonces Schiff se hizo Bach

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA ANDRAS SCHIFF, piano Obras de Mendelssohn, Beethoven, Brahms y J.S. Bach Aforo: 2.324  Asistencia: 70% Con una tímida lluvia cayendo al fin sobre Madrid, el ciclo de Grandes Intérpretes de Scherzo bajaba el telón de su vigesimosegunda temporada, que se dice pronto. Con el ilusionante calendario de la siguiente ya presentado, esta que concluye ha cumplido con creces las expectativas ante un público en verdad más escaso de lo deseable, pero que de cualquier manera ha podido disfrutar nuevamente de los más granado del panorama…

©Yutaka Suzuki

©Yutaka Suzuki

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

ANDRAS SCHIFF, piano

Obras de Mendelssohn, Beethoven, Brahms y J.S. Bach

Aforo: 2.324  Asistencia: 70%

Con una tímida lluvia cayendo al fin sobre Madrid, el ciclo de Grandes Intérpretes de Scherzo bajaba el telón de su vigesimosegunda temporada, que se dice pronto. Con el ilusionante calendario de la siguiente ya presentado, esta que concluye ha cumplido con creces las expectativas ante un público en verdad más escaso de lo deseable, pero que de cualquier manera ha podido disfrutar nuevamente de los más granado del panorama pianístico internacional, entre figuras emergentes, consagradas y mitos vivos del teclado como es el caso de Andras Schiff, maestro de ceremonias de este cierre. Poca presentación necesita el maestro húngaro, que mora desde hace tiempo por los altares de las leyendas. Desde la cumbre de su experiencia, el piano de Schiff desprende la autenticidad de una excelsa sabiduría que huye del artificio sin concesión alguna a la galería. No pocas veces se ha tildado de severo su modo de concebir la interpretación, pero el tiempo ha dirigido su camino hacia la búsqueda de un ser musical más personal y sensible, considerando que la nobleza y sencillez de su ideario interpretativo conlleva el riesgo de resultar demasiado áspero, sin atender a cuestiones concretas de estilo. Algo que se pudo apreciar sobre un programa que no escondía su declarada germanofilia respecto del repertorio, sobre esas tres grandes Bes pertenecientes a los Beethoven, Brahms y Johann Sebastian Bach, absoluta spécialité de la maison de Schiff, precedidas por la no menos monumental M de Mendelssohn.

Abriría la velada con su Fantasía en Fa sostenido menor op. 28, otra de esas perlas de un maravilloso catálogo aún no lo suficientemente explotado. Lástima que aquí no hallase su versión más brillante en manos de Schiff con una interpretación desdibujada en su comienzo, sin recorrido en la amplia paleta de matices que atesora. Todo sobre una expresión que no obstante logró cobrar mayor cuerpo a lo largo de sus quince minutos de duración, gracias al orden y claridad de un desarrollo salpicado por destellos magistrales de los que sólo alguien como Schiff es capaz. Sabor agridulce que antecedió a una quizá más afortunada lectura sobre la Sonata nº24  en Fa sostenido mayor op.78 de Beethoven. Una de las más breves del coloso de Bonn, cuyo amable y refrescante lirismo alberga un complejo equilibrio no del todo alcanzado por Schiff a la luz de un tempo apresurado. Bien es cierto que el inicio quedó enturbiado por la nada discreta entrada de algunos rezagados a la sala, con un público eso sí, más nutrido y paradójicamente menos ruidoso de lo habitual. Lo cual restó atención a la belleza de los compases del sugerente y emotivo Adagio introductorio, ya de por sí poco contenido. Una impresión confusa que se vio compensada por el cuidado de los cantabile y la agilidad en las transiciones, certero en el carácter de un primer movimiento contrarrestado por un desarbolado segundo salvado acaso por una intensidad final que Schiff culminó con un aspaviento poco habitual en él. Y por supuesto, volviendo sobre el público, no faltó el inoportuno móvil en su ineludible cita con el pianísimo.

Audioclásica. El pianista Andras Schiff saluda al final de su concierto

Audioclásica. El pianista Andras Schiff saluda al final de su concierto

Brahms ejercería, por ubicación y extensión, como eje central del programa. Un tour de force sobre música del hamburgués, cuya secuencia de capricci e intermezzi de las 8 Klavierstücke op. 76, tuvo más la premura de un sprint que la pausa de una carrera de fondo. Schiff tocaba arrebato con un Brahms abrumador, incontestable en su sentido rítmico aunque de nuevo sobrepasado en sus tempi, lo cual, incluso a pesar de la claridad en la diferenciación de planos sonoros, no favoreció el contraste dinámico, dejando apenas advertir en su progresión los momentos de clímax tan destacados en la música del compositor germano. Muy distinto y mejor carácter mostró la serie de las 7 Fantasien op. 116 en la reanudación. Se parase Schiff a pensarlo o no, la diferencia fue notable con un Brahms más condensado, más audible en su siempre complejo entramado rítmico y armónico, más profundo e intenso, más Brahms, en una palabra. Digno de mención fue el sutil aire poético imprimido en los intermezzi, especialmente el segundo, coronados por un arrollador capriccio final.

Y llegó Bach, alter ego de Schiff, embebido por completo de la música del Cantor de Leipzig. Es difícil escuchar la música de Bach tocada con tanta confianza y facilidad como lo fue en esta apabullante versión de la Suite inglesa nº6 en Re menor BWV 811, con la excelente lectura sobre la Nº3 por Anderszewski semanas atrás, aún latente en los oídos. Ya en su verdadero hábitat, Schiff se apoderaba del teclado dotándolo de un timbre metálico, clavecinístico en el mejor de los sentidos. La inercia del poderoso empuje rítmico con el que impulsaría el extenso preludio, dio paso a unas allemande, courante y sarabande bastante animadas en sus respectivos tempi, aunque sobrias por la consistencia de su expresión, sobre todo en cuanto a sonoridad y articulación, de exquisita naturalidad en el trino. Una pareja de gavotas de inefable delicadeza, probablemente el mejor episodio del recital, se verían coronadas por una contundente y grandiosa giga, cristalina por el tratamiento deslumbrante del contrapunto, que no hizo sino constatar una interpretación descomunal, Bach de una vez, de una pureza incomparable.

Cómo no, Bach, con permiso de un nuevo y más enérgico Mendelssohn que el anterior ofrecido, sería el protagonista en el amplio turno dedicado a las propinas, con partes del Concierto italiano y las Variaciones Goldberg, a cuyo final del aria, se produjo un prolongado y estremecedor silencio, testigo elocuente del asombro de una audiencia que tuvo ante sí a un Andras Schiff en el umbral de sí mismo, bajo el influjo siempre infinito de Johann Sebastian Bach.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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