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09-XII-17 Homenajes

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MADRID. TEATRO DE LA ZARZUELA. TEMPORADA 2017/2018 Dirección y Coreografía: ANTONIO RUZ. Colaboración coreográfica: OLGA PREICET. Dramaturgia y letras: ALBERTO CONEJERO. Música: PABLO MARTÍN CAMINERO, MOISÉS P. SANCHEZ Y DIEGO LOSADA. Diseño de escenografía: PACO AZORÍN. Diseño de Iluminación: OLGA GARCÍA Vestuario: ROSA GARCÍA ANDUJAR. Cantaora invitada: SANDRA CARRASCO. ORQUESTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID Y MÚSICOS DEL BNE. Director musical: MANUEL CORVÉS. Dirección artística: ANTONIO NAJARRO BALLET NACIONAL DE ESPAÑA: ELECTRA Ovación general y puesta en pie del público asistente al estreno de Electra, última creación del Ballet Nacional de España (BNE) encargada al coreógrafo Antonio Ruz con la asistencia de…

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Crédito: James Rajotte.

MADRID. TEATRO DE LA ZARZUELA. TEMPORADA 2017/2018

Dirección y Coreografía: ANTONIO RUZ. Colaboración coreográfica: OLGA PREICET. Dramaturgia y letras: ALBERTO CONEJERO. Música: PABLO MARTÍN CAMINERO, MOISÉS P. SANCHEZ Y DIEGO LOSADA. Diseño de escenografía: PACO AZORÍN. Diseño de Iluminación: OLGA GARCÍA Vestuario: ROSA GARCÍA ANDUJAR. Cantaora invitada: SANDRA CARRASCO. ORQUESTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID Y MÚSICOS DEL BNE. Director musical: MANUEL CORVÉS. Dirección artística: ANTONIO NAJARRO

BALLET NACIONAL DE ESPAÑA: ELECTRA

Ovación general y puesta en pie del público asistente al estreno de Electra, última creación del Ballet Nacional de España (BNE) encargada al coreógrafo Antonio Ruz con la asistencia de Olga Pericet.

Ante la imposibilidad (por derechos de autor) de reponer Medea del Maestro Granero, Najarro busca otro mito trágico para hacer una obra dramatúrgica completa y elige a Alberto Conejero, autor en boga en el círculo de la “nueva” dramaturgia contemporánea española (su último éxito es la famosa La piedra oscura en el CDN) que pone la palabra y abastece de argumento a una tragedia clásica sin modificarla demasiado, fiel a la línea de sucesos, dotando a las letras del cante de una poesía absolutamente lorquiana que conecta a la perfección con las vivencias de los Átridas, sin más, sin moraleja detrás, sin revisión del clásico (Electra no es feminista, ni lleva trajes de Armani, ni es una it-girl) eminentemente narrativa y hermosa. Que “la sangre llama a la sangre “lo sabemos desde los griegos y Conejero no aporta más. Ni falta que hace. Por otra parte, nos encontramos a un Antonio Ruz comedido, moderado, maduro y consciente haciendo lo que sabe hacer con corrección y bajo la mirada de la sabia Olga Pericet aportando la raíz flamenca al baile contemporáneo de Ruz. Aún así, y desde este trabajo de hibridación de danza española y contemporánea, han quedado muchos elementos a medio camino, en una indefinición que no deja de ser interesante, hay demasiados referentes, demasiados homenajes que puede ser que no beneficien demasiado. El elenco y los solistas del BNE demuestran una vez más su versatilidad y su gran trabajo, no pudiendo destacar a nadie dado el alto nivel de todos ellos. Quizá una Electra encarnada por Inmaculada Salomón es la más lineal, porque desde la coreografía no le permite salir nunca del enfado y el drama. Igualmente destacable de entre todos los personajes es el Corifeo (la cantaora Sandra Carrasco).

Homenaje #1: la boda y las tinajeras destilan Gades al cien por cien, sin disimulo; los solos huelen a Duato y Jiry Kylian; los grupos son Sasha Waltz (Coreógrafa y maestra de Ruz, discípula de Pina Bausch. Frotamiento de muñecas Pina Bausch sin disimulo). Danza española con sustrato contemporáneo de los años ochenta metido a capón, bien resuelto, muy bien bailado y ¿abriendo caminos?

El avance de la dramaturgia a través de las letras del cante es tan interesante como necesario para entender la trama argumental, y aunque ayuda, no está bien encajado del todo, ya que, si de antemano no conoces la compleja consanguineidad y asesinatos varios en la familia de los Átridas, es posible que en muchos momentos el espectador quede descolgado de la historia. Se deja notar de manera más grave una caída del ritmo escénico en las partes que hacen avanzar la trama con respecto a las escenas de baile coral. Desciende mucho la emoción en los solos (personajes) y, en cambio, en las coreografías grupales la emoción sube a niveles increíbles y sublimes (las tinajeras, los soldados borrachos, etc.), que como ya hemos dicho, decaen al llegar las escenas de personaje en una falta de equilibrio rítmico y emocional y sobre todo, de pasar muy por encima por la interpretación de los caracteres. A pesar de esto, hay que decir que, Clitemnestra y Orestes son los personajes psicológica y coreográficamente mejor creados.

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Crédito: James Rajotte.

Homenaje #2: la escenografía mastodóntica, atemporal y seca. Paco Azorín es fiel a sus referentes, por lo tanto, Gordon Greig y Apia se respiran en esta construcción de la España indefinida que Azorín nos vende. Con muchas reminiscencias de la escenografía de Arenal de Nacho Duato, vemos una construcción  muy cinematográfica, muy misteriosa, imposible no verla, imposible que no engulla a los personajes de vez en cuando. Es éste un gran acierto de la dirección de Antonio Ruz, el hecho de que la escenografía integre baile y dramaturgia todo el rato, en todo momento, de manera inteligente y muy sorprendente para el espectador que ve como ese gran monolito que quiere ser la España profunda, sube, baja, se desplaza, sale de él un rio, aparece una tumba, tiene puertas, se baila en los desniveles, aparecen los fantasmas, y sirve para la venganza final… muy convincente, pese a su enormidad.

Homenaje #3: si se tienen en cuenta las maravillosas fotos de Ortiz Echagüe de la España recóndita, podemos decir que Electra y todos los personajes griegos de esta tragedia estaría localizados en Navarra, ya que ellas llevan la falda capa de los tajes de agua de Ochagavia. Pero no, si seguimos analizando, la intención del vestuario redunda, de nuevo, en la indefinición local. Rosa García Andújar en su sabiduría para el diseño de vestuario, se ha documentado del maestro Echagüe y toda su fotografía para mezclar diferentes trajes de regiones españolas. En este desdibujado de atemporalidades en la que está imbuido todo el montaje de Electra, el vestuario no va a ser menos, no nos lleva a un único lugar de la cepa hispana, sino que nos hace llegar a varios; la falda capa (además de a Navarra) nos lleva a Cádiz, a las cobijadas de Vejer. Las tinajeras son las aguadoras ibicencas de Ortiz Echagüe. Clitemnestra respira la falda y fajín de lagarterana. La boda es la Andalucía de mantilla y bata de cola… Cada traje, por tanto, tiene una foto en la galería de l mencionado fotógrafo, un gran y patente homenaje lanzado al maestro desde este montaje.

El diseño de iluminación está correcto, pero hay que decir que es al final del drama, en el asesinato de Clitemnestra, donde se hace patente la “Gran Tragedia” dentro de las mini tragedias que el espectador se va encontrando a cada paso, cuando los bailarines deforman sus caras interpretando El grito de Munch. La obviedad del rojo pop de la iluminación que baña de sangre la escena, nos lleva a un recurso fácil y manido no demasiado sutil.

Homenaje #4: la música, que irremediablemente recuerda o se inspira en El amor brujo de Falla. La composición de Pablo Martín Caminero y Moisés P. Sánchez pecan de excesiva intensidad en algunos momentos, pero es una delicia en general, y está en coherencia con las emociones de la tragedia como no puede ser de otra manera en Electra. Ni que decir tiene del buen trabajo de la Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida por Manuel Corvés y los buenísimos músicos flamencos que se intercalan con la orquesta en unas transiciones limpias y maravillosas. La voz de Sandra Carrasco pone la guinda a toda esta unión de poesía musical que deja al público soliviantado.

Paola T.