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22-XII-2017 Una “Titán” que, de nuevo, pudo molestar a los viejos formalistas

Sergei Khachatryan y Ramón Tebar con la Orquesta de Valencia. Créditos: Eva Ripoll.

Valencia Otoño 2017. Abono 13. Palau de la Música. Sala Iturbi SERGEY KHACHATRYAN, violín. ORQUESTA DE VALENCIA. RAMÓN TEBAR, director titular y artístico. Obras de Jean Sibelius, Dmitri Shostakóvich y Gustav Mahler Aforo: 1.817 Asistencia: 100 % En su último concierto de 2017, la Orquesta de Valencia (OV) presentó a quien será su director titular y artístico durante los próximos cuatro años. Mejor dicho, si nos remitimos a los hechos, el propio Ramón Tebar (1978) fue quien se presentó antes de comenzar. Con los músicos solemnemente puestos en pie tomó la palabra para reiterar (lo dijo dos veces) que el…

Sergei Khachatryan y Ramón Tebar con la Orquesta de Valencia. Créditos: Eva Ripoll.

Sergei Khachatryan y Ramón Tebar con la Orquesta de Valencia. Créditos: Eva Ripoll.

Valencia

Otoño 2017. Abono 13. Palau de la Música. Sala Iturbi

SERGEY KHACHATRYAN, violín. ORQUESTA DE VALENCIA. RAMÓN TEBAR, director titular y artístico.

Obras de Jean Sibelius, Dmitri Shostakóvich y Gustav Mahler

Aforo: 1.817 Asistencia: 100 %

En su último concierto de 2017, la Orquesta de Valencia (OV) presentó a quien será su director titular y artístico durante los próximos cuatro años. Mejor dicho, si nos remitimos a los hechos, el propio Ramón Tebar (1978) fue quien se presentó antes de comenzar. Con los músicos solemnemente puestos en pie tomó la palabra para reiterar (lo dijo dos veces) que el Palau de la Música es la casa de todos los allí presentes y que el personal que lo forma trabaja para el conjunto de la sociedad valenciana. Levantó a los profesores y profesoras porque, en su opinión, un director no es nadie sin sus músicos. Finalmente, todos juntos felicitaron las fiestas alla Wiener, en castellano y valenciano.

Con tan simpático ceremonial, Tebar puso fin, públicamente, al malestar que produjo entre la plantilla el precipitado anuncio de su llegada al Palau antes del verano, con nombramiento, a efectos administrativos y prácticos, del pasado 1 de septiembre. Y es que parece que su labor en Valencia ha de transcurrir entre sobresaltos. Días antes de inaugurar la temporada en el Palau de Les Arts, del cual es principal director invitado, se produjo la dimisión de Davide Livermore por sus discrepancias con los dirigentes de la Conselleria de Cultura. Un hecho que dada las susceptibilidades políticas de dentro y fuera de la Comunidad y la facilidad de gatillo que tienen algunos periodistas dio pábulo a un remero de disparates.

Al contrario de lo que suele suceder en estos lares, Ramón Tebar es un músico que no se ha forjado al calor de las bandas de música. “En mi casa no hay músicos, pero hay mucha musicalidad.”, declaraba en una entrevista. Primero fue pianista y luego director desde muy joven. Como acompañante, Montserrat Caballé lo llevó por medio mundo. En el ámbito de la batuta ha forjado su carrera en EE.UU. Llevaba fuera 15 años y en los dos últimos ha consolidado la estrecha relación que ahora tiene con los dos auditorios de la ciudad. En La Traviata de febrero su parte fue lo más celebrado y víspera de este concierto pudimos escuchar la última función de un excelente Don Carlo. En su web aparecen cinco logotipos. Dos son los de dichos centros y el resto los de las orquestas y teatros estadounidenses con los que está vinculado: Florida Grand Opera, Palm Beach Symphony y Orquesta Naples. Comenzará 2018 con una producción de Mario Gas de L’elissir d’amore en el Liceu de Barcelona.

Tebar sustituye a Yaron Traub, quien ha ostentado la titularidad de la OV durante doce años. Una relación prolongada en exceso, según alguno de los músicos. La vinculación del israelí con Valencia sigue como director asociado. Nada más lejos que el pasado 24 de noviembre condujo El castillo del duque Barbazul comentado en estas mismas páginas. Por su parte, el valenciano solo dirigirá dos conciertos en esta temporada: el que aquí se reseña y el del próximo 9 de febrero. Mientras tanto, planea las líneas maestras de un proyecto que pasa por reforzar la plantilla, visitar varios auditorios de fuera del País Valenciano y fomentar la creación actual. El director parte del ideario de que “la música siempre ha de ser comunicación” y entre sus tareas más urgentes se encuentran la de ampliar un repertorio muy escorado hacia el modernismo y potenciar la buena forma del conjunto.

No tengo muy claro si este programa fue diseñado antes o después de que Tebar conociera su nombramiento. Tanto en un caso como en otro è ben trovato. El poema sinfónico Finlandia de Jean Sibelius podría constituir un guiño nacionalista acorde con los tiempos y de la Sinfonía n.º 1 en re mayor, “Titán”, de Gustav Mahler se podría aplicar el simbolismo del despertar de la naturaleza como apertura de una nueva etapa y del tránsito hacia el triunfo al que se llega pasito a pasito. Juegos interpretativos aparte, de lo que no cabe duda es de que los autores que lo forman tuvieron estrechas conexiones. Las sinfonías de Mahler suponen una constante búsqueda (lo decía Pérez de Arteaga). También las de Sibelius lo son (lo digo yo). Ninguna se parece a la anterior. Célebre es la confesión del bohemio al finés: la sinfonía es un mundo, “debe abarcarlo todo”. Después, Shostakóvich se miró en Mahler para componer las suyas.

Con todo, el concierto despertó gran expectación. Se colgó el cartel de sold out. No obstante, musicalmente costó entrar en él. Finlandia fue correcto pero no dijo mucho. Tebar pidió unos pianos súbitos que la orquesta no alcanzó del todo: el director se agachó más veces para pedirlos que resultados obtuvo. En este aspecto faltó flexibilidad. Tampoco hubo exceso de decibelios en todo el concierto, lo cual es de agradecer. La cuerda reaccionó muy bien a los cambios de tempi y en los metales graves hubo algún atisbo de desgarro que no llegó a ser tan llamativo como en otras ocasiones.

Sergei Khachatryan grabó el Concierto para violín nº 1 de Shostakóvich en 2006 con la Orquesta Nacional de Francia y Kurt Masur (Naïve) y por lo escuchado lo ha madurado llevándolo a un terreno tremendamente introspectivo. Tanto, que hizo muy difícil que la orquesta llegara a él. El Ysaÿe Guarnieri y el músico fueron un bloque y lo demás parecía ajeno. En el primer tiempo Tebar dispuso unos volúmenes sonoros definidos y sutiles en cuerdas y maderas a los que el solista hizo poco caso. Tampoco se correspondió el lirismo y la tensión vertidos en la “Passacaglia” con la lectura del conjunto. Brilló, eso sí, en la cadencia: expresión, sonido redondo y límpido y afinación impoluta, uno de los aspectos que más se alaban del armenio. Regaló, de nuevo sumamente ensimismado, un sobrecogedor Tsirani Tsar. Un tema del compositor y etnomusicólogo Komitas Vardapet incluido en el disco My Armenia (Naïve, 2015), dedicado a la memoria del genocidio sufrido por dicho pueblo, en el que el violinista forma dúo con su hermana, la pianista Lusine Khachatryan.

Ramón Tebar. Créditos: Eva Ripoll.

Ramón Tebar. Créditos: Eva Ripoll.

El calor llegó en la segunda parte. El director desplegó una “Titán”  analítica, a la par que expresiva, y no quedó ningún rincón de la partitura por sacar a la luz. El inicio resultó suspensivo (de suspense, además de quieto, como decía Theodor W. Adorno) para preparar lo que vendría después. Tebar dio muestras de querer llevar el fraseo a su terreno para evitar lo convencional. Tendrá que insistir. En el segundo movimiento jugó la baza tímbrica con buena intención: resaltó el bouché de las trompas y los golpes de arco de contrabajos y chelos. En el tercer tiempo sorprendió la libertad de movimiento en un arranque brahmsiano (el de las Danzas húngaras) de la sección en la que se intercalan efectos paródicos a bombo y platillo. Detalles de calidad se volvieron a percibir en el manejo de los violines, contestados por las maderas en la canción popular que continúa antes de volver al Frère Jacques para recapitular y concluir. La gracilidad del oboe y la ductilidad de las trompetas resultaron sobresalientes aquí, así como la sorna del contrabajo al iniciar el popular canon. Y llegó el “Stürmisch bewegt”, un final tormentoso pero optimista, sin estridencias y bien estirado al que llegamos sin darnos cuenta. El director sacó mucho partido a las violas y la cuerda de trompas puesta en pie estuvo lucidora. Los poderosos corales de trombones y tuba fueron redondos, aunque les faltó un punto de empaste con la orquesta antes del “Triunfal”.

Finalmente, el público pareció complacido con esta versión de una sinfonía que en su estreno gustó más a la juventud que a los viejos formalistas. Esta vez también ha habido voces displicentes entre ellos. Dejemos que corra el calendario y que el director pueda sentar sus planes. Bienvenido sea Ramón Tebar.

 

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI