Audioclasica

11-I-2018 Dos lecciones de silencio

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA DANIEL BAREMBOIM, piano. Debussy: Préludes (libre I). Estampes. Arabesques. L’isle joyeuse. Aforo: 2.049 Asistencia: 100% Daniel Barenboim impartió en este concierto dos lecciones de silencio. La primera, desde luego, fue contra su propia voluntad, al tener que interrumpir en varias ocasiones la interpretación de las obras del programa para acallar el grosero comportamiento de un público acostumbrado desde hace mucho a anteponer su propia necesidad o capricho a la educación exigible en cualquier acontecimiento público. Aquí hemos denunciado varias veces –y nunca suficientemente, en todo caso– esa lacra: es ya lo habitual que en…

©Silvia Lelli

©Silvia Lelli

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

DANIEL BAREMBOIM, piano.

Debussy: Préludes (libre I). Estampes. Arabesques. L’isle joyeuse.

Aforo: 2.049 Asistencia: 100%

Daniel Barenboim impartió en este concierto dos lecciones de silencio. La primera, desde luego, fue contra su propia voluntad, al tener que interrumpir en varias ocasiones la interpretación de las obras del programa para acallar el grosero comportamiento de un público acostumbrado desde hace mucho a anteponer su propia necesidad o capricho a la educación exigible en cualquier acontecimiento público. Aquí hemos denunciado varias veces –y nunca suficientemente, en todo caso– esa lacra: es ya lo habitual que en nuestras salas de concierto se oiga una sinfonía para móviles, envoltorios de caramelos y estridencias varias, pero el ruido más incontenible es el de la tos en todas sus horripilantes variedades: el carraspeo, el tosiqueo, el acceso o hasta la preexpectoración. De nada vale que en los programas de mano se haya consagrado un párrafo que llama a la moderación y al empleo de un pañuelo atenuador, como de nada sirvió que antes de este concierto una presentadora saliese en persona al escenario a rogar encarecidamente silencio. Se tose impúdicamente, endémicamente, inmisericordemente. Se tose como si se quisiera expectorar el mundo. Para superar a ese ejército de tísicos habría que programar todos los días la Sinfonía de los Mil, pero Barenboim llegó con un sublime, por delicado, Debussy, y pronto comprobó su impotencia: en el segundo de los Préludes hubo de interrumpir la interpretación para suplicar silencio con un gesto del dedo sobre la boca. Nada. Los tosibundos continuaron implacables su ejem-ejem, ajum-ajum. Y es comprensible que el maestro no tardara en levantarse, explicar que estaba intentando dar lo mejor de sí mismo –y no era retórica– y que, en vista de lo oído, abandonaba la sala durante un momento que el irrespetable podía utilizar en proferir todos los ruidos que tuviera en cartera. La vergüenza ajena tardará en despegarse de las paredes del Palau.

La segunda lección de silencios fue la que Barenboim impartió con su música, especialmente en una primera parte antológica dedicada al libro primero de los Préludes debussynianos. Una perfecta administración de los tempi y un delicioso juego con los volúmenes extrajeron una lectura sencillamente magistral de una partitura de madurez del compositor francés. La grabación que Barenboim acaba de publicar de esas piezas está llamada a ser uno de los acontecimientos discográficos del año.

La segunda parte transitó hacia títulos más conocidos: las Estampes, los Arabesques y la espléndida L’isle joyeuse, de las que el pianista realizó una interpretación brillante pero sin duda más convencional. La disposición cronológicamente inversa de las obras en el programa resulta así discutible, aunque no cabe duda que alivió en parte a aquel público –demasiado numeroso– menos partidario del compromiso y el esfuerzo por la audición.

Doble lección, pues, la que deberíamos haber aprendido de ese acontecimiento que es siempre escuchar a un músico tan grande como Barenboim.

Javier Velaza

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