Audioclasica

14-I-2018 Perfección, (solamente) perfección

BARCELONA L’AUDITORI ORQUESTA FILARMÓNICA DE VIENA. GUSTAVO DUDAMEL, director. Obras de G. Mahler y H. Berlioz Aforo: 2.203 Asistencia: 100% Desembarcó en el Auditori el impresionante acorazado musical que se conoce como Orquesta Filarmónica de Viena y se hizo la perfección. La formación austriaca, capitaneada por ese admirable concertino que es Reiner Honeck, se enseñoreó del espacio del escenario y en un abrir y cerrar de ojos todo fue precisión, ampulosidad, detalle, finezza, música en suma. Hicieron falta solo unos pocos compases administrados por la indescriptible sección de cuerda para demostrar que su milagro no se obra solo en espacios…

© A Bofill

© A Bofill

BARCELONA

L’AUDITORI

ORQUESTA FILARMÓNICA DE VIENA. GUSTAVO DUDAMEL, director.

Obras de G. Mahler y H. Berlioz

Aforo: 2.203 Asistencia: 100%

Desembarcó en el Auditori el impresionante acorazado musical que se conoce como Orquesta Filarmónica de Viena y se hizo la perfección. La formación austriaca, capitaneada por ese admirable concertino que es Reiner Honeck, se enseñoreó del espacio del escenario y en un abrir y cerrar de ojos todo fue precisión, ampulosidad, detalle, finezza, música en suma. Hicieron falta solo unos pocos compases administrados por la indescriptible sección de cuerda para demostrar que su milagro no se obra solo en espacios de arquitectura sonora prodigiosa, como el imperial Musikverein, sino que también puede con la adusta rigidez de la sala de Rafael Moneo. Las maderas con su genuina digitación, sus metales con su configuración especial, la percusión sencillamente asombrosa desgranaron en primer lugar el Adagio de la Sinfonía n. 10, esa especie de testamento de apuntes atonales que Gustav Mahler dejó inconcluso. ¿Cómo ponerle un pero a ejecución tan impecable, tan exacta, tan WPh?

En su segunda parte, el programa proponía un título todavía más pintiparado a la exhibición, la Sinfonía Fantástica H48 op. 14 de Héctor Berlioz, esa especie de ópera sin libreto en la que Berlioz describió su pasión obsesiva por la actriz Harriet Smithson –por cierto, que el compositor consideraba indispensable para la intelección correcta de su obra que se distribuyera al público un pequeño resumen argumental redactado por él mismo y que en esta ocasión se echó de menos–. La exuberante orquestación que Berlioz confirió a su partitura fue respondida por la formación de músicos vieneses con una brillantez absoluta y, en los pasajes confiados a los solistas, el público pudo deleitarse con la maestría de unos soberbios primeros atriles.

Todo perfecto, pero puede decirse que tan solo perfecto. Y es que si alguien pudo echar algo de menos en una velada inolvidable fue el hecho de que el director del concierto modulase esa maquinaria musical con su propia personalidad, que la condujese por una vía diferente, inconfundiblemente suya. Y Gustavo Dudamel pareció hacer dejación de ese derecho. Como si se conformase con asistir, él también, a esa explosión de belleza, apenas si intervino en las dinámicas, si se inmiscuyó en las texturas o si planteó algún diálogo insólito entre secciones. Quizás tenga una excusa el director venezolano: debe de ser muy difícil, desde luego, dirigir la perfección.

Javier Velaza

essay writing servicepay for essaybuy custom essays