Audioclasica

11-III-2008 Cómo hemos cambiado…

MADRID. Temporada de Ópera. Teatro Real ANNA PIROZZI, Aida. ALFRED KIM, Radamés. EKATERINA SEMENCHUK, Amneris. GABRIELE VIVIANI, Amonastro. RAFAL SIWEK, Ramfis. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. NICOLA LUISOTTI, director. Dirección escénica de HUGO DE ANA. Giuseppe Verdi: Aida Aforo: 1.746 Asistencia: 99 % Veinte años cumplía esta espléndida producción de Hugo de Ana, escenógrafo cuya magia visual hemos podido admirar desde los tiempos en el que el Teatro de la Zarzuela -ahora, de rabiosa actualidad por su cambio de situación administrativa- ocupaba el trono operístico madrileño. Veinte años que no han pasado en balde, sobre todo desde el punto de vista escénico, y durante…

Vista de la segunda escena del Acto I de Aida en el Teatro Real (crédito fotográfico: Javier del Real)

Vista de la segunda escena del Acto I de Aida en el Teatro Real (crédito fotográfico: Javier del Real)

MADRID. Temporada de Ópera. Teatro Real

ANNA PIROZZI, Aida. ALFRED KIM, Radamés. EKATERINA SEMENCHUK, Amneris. GABRIELE VIVIANI, Amonastro. RAFAL SIWEK, Ramfis. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. NICOLA LUISOTTI, director. Dirección escénica de HUGO DE ANA.

Giuseppe Verdi: Aida

Aforo: 1.746 Asistencia: 99 %

Veinte años cumplía esta espléndida producción de Hugo de Ana, escenógrafo cuya magia visual hemos podido admirar desde los tiempos en el que el Teatro de la Zarzuela -ahora, de rabiosa actualidad por su cambio de situación administrativa- ocupaba el trono operístico madrileño. Veinte años que no han pasado en balde, sobre todo desde el punto de vista escénico, y durante los cuales hemos aprendido a ver la ópera de otra forma, a esperar de ella que nos diga algo con lo que podamos identificarnos, escandalizarnos, o incluso indignarnos. Lo cual nos ha servido, no solo para mantener viva la ópera sino para descubrir nuevos repertorios capaces de conectar, a través de esta otra vía, con el público de nuestro tiempo.

No todos los títulos tradicionales ostentan la misma facilidad para adaptarse a estas nuevas expectativas, y es posible que la misma Aida sea uno de los menos favorecidos. Las solemnidades con las que se envuelve el triángulo amoroso central, la conformidad con la que se asume las desventuras de la sufriente protagonista o los alegatos patrióticos en nombre de egipcios y abisinios de estampa napoleónica no casan bien con las preocupaciones del presente, y prestan al drama un carácter ciertamente “viejuno”. Dicho esto, y una vez aceptada el carácter arqueológico de la propuesta, así como su premisa de no “decir” nada que no diga ya el libreto, solo cabe reconocer su grandiosidad, belleza y contención en el lujo desaforado, así como el acierto en la recreación de algunos espacios, como el templo al final del Acto I, al que accedemos a través de unas proyecciones casi parsifalianas, o la masiva escena triunfal. O el hieratismo impreso a las figuras protagonistas, la estilización del juego escénico, así como la escasa concesión al arrebato y al sentimentalismo.

En el aspecto musical, uno de los puntos fuertes de esta Aida corría a cargo del director de orquesta, Nicola Luisotti, a quien tuvimos la fortuna de escuchar hacer maravillas con las partituras de Il trovatore y La condenación de Fausto hace unos años. Luisotti demostró ser un director musical de primera fila, por precisión, empuje y detalle, así como un líder capaz de sacar lo mejor de la Orquesta Titular, pero esta vez el discurso musical resultó acaso bastante previsible y la magia no nos llegó como en las ocasiones anteriores.

La parte vocal (nos referimos al segundo reparto) rindió a un magnífico nivel. La Aida de Anna Pirozzi es más doliente que pasional, lo cual resta relieve a su personaje, pero está avalada por la belleza y la flexibilidad del instrumento, que maneja con control y supera todos los escollos de la partitura (que son muchos), salvo los agudos en piano, algo descoloridos y temblorosos, y procurando además muy buenos momentos. Alfred Kim fue una sorpresa por su magnífico Radamés, noble, seguro y con buena línea, además de apostura y buenas dosis de metal, aunque el retrato de su personaje quedó un poco frío. Gabriele Viviani y Ekaterina Semenchuk, además de contar con medios sobrados para sus cometidos, echaron toda la carne en el asador en los actos tercero y cuarto, respectivamente, pero era quizá ya demasiado tarde para elevar la temperatura dramática de una velada objetivamente espléndida pero corta de emoción, para lo que cabe esperar de una Aida.

RAFAEL FERNÁNDEZ DE LARRINOA

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