Audioclasica

6-IV-2018 Una fiesta con Terfel

© Antoni Bofill

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA BRYN TERFEL, bajo-barítono. COR JOVE DE L’ORFEÓ CATALÀ (ESTEVE NABONA, director). ORFEÓ CATALÀ (SIMON HALSEY, director). ORQUESTA GULBENKIAN. GARETH JONES, director. Obras de G. Verdi, A. Boito, R. Wagner, M. Mussorgski, M. Keen, R. Rodgers – O. Hammerstein y J. Bock Aforo: 2.049 Asistencia: 90% Hacía la friolera de diecinueve años que Bryn Terfel no pisaba los escenarios catalanes y eso es decididamente demasiado tiempo. Durante ese lapso, el bajo-barítono galés se ha situado entre los más excelsos cantantes de su cuerda, ha experimentado una evolución que le ha llevado del repertorio belcantista y…

© Antoni Bofill

© Antoni Bofill

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

BRYN TERFEL, bajo-barítono. COR JOVE DE L’ORFEÓ CATALÀ (ESTEVE NABONA, director). ORFEÓ CATALÀ (SIMON HALSEY, director). ORQUESTA GULBENKIAN. GARETH JONES, director.

Obras de G. Verdi, A. Boito, R. Wagner, M. Mussorgski, M. Keen, R. Rodgers – O. Hammerstein y J. Bock

Aforo: 2.049 Asistencia: 90%

Hacía la friolera de diecinueve años que Bryn Terfel no pisaba los escenarios catalanes y eso es decididamente demasiado tiempo. Durante ese lapso, el bajo-barítono galés se ha situado entre los más excelsos cantantes de su cuerda, ha experimentado una evolución que le ha llevado del repertorio belcantista y clásico a los papeles wagnerianos y rusos, pasando por los verdianos y recalando en Strauss, pero ha hecho asimismo numerosas incursiones en el género del musical y en la canción popular. Y, como si quisiera resarcirnos por tan larga ausencia, el programa que ha abordado en el Palau parecía concebido a modo de epítome de esa carrera suya y de sus múltiples facetas. Así, pivotando en cada una de sus dos mitades sobre sendas páginas fundamentales –a saber, la “Despedida de Wotan” de La valquiria en la primera y la “Muerte de Boris” de Boris Godunov en la segunda–, ha ido atacando primero el “Sono lo spirito che nega sempre” del Mefistofele de Boito, y el “Ehi? Paggio!… L’onore! Ladri!” de Falstaff para desembocar en una canción –“Homeward Bound” de Marta Keen– y dos números de musical –“Some enchanted evening” de South Pacific de Rodgers y Hemmerstein y “If I were a rich man” de El violinista en el tejado de Bock– y rematar con una sola propina, una canción de cuna cantada en su lengua materna, el galés.

La voz de Terfel está hoy todavía en esplendor. Aunque siendo muy escrupulosos podríamos detectar en algunos puntos un cierto decoloramiento que sabe disimular siempre con una habilidad técnica y con esos trucos que los grandes cantantes desarrollan a lo largo de su carrera, el instrumento vocal sigue siendo impresionante, sea para las agilidades que exige el Mefistófeles, sea para la el fraseo de Falstaff, el heroísmo de Wotan o la tortura final de Godunov.

Y es pasmosa también la habilidad con que el cantante se incardina en cada uno de esos personajes a un nivel teatral del que muy pocos son capaces. En la historia de la ópera los grandes cantantes han sido muchos, pero los grandes artistas muchos menos. Y en un panorama en el que sobreabundan aquellos que abordan cualquier papel que les echen con la misma pavorosa inexpresividad, un artista como Terfel sobresale sin duda por su poderosa fuerza en todo tipo de repertorios: uno se ha reído pocas veces tanto como con su Dulcamara presleyano, pero también ha experimentado pocas veces la repugnancia y el terror de su Scarpia –por cierto, que ese podría ser el papel que faltó en este concierto y cuyo Te deum, por un momento, antes de la propina, Terfel insinuó que podría haber atacado en un elogio al coro que le acompañaba–. Diabólicamente irónico fue su Mefistófeles –hasta en sus sonorísimos fischi–, irónicamente mezquino su Falstaff, su Wotan pareció surgido justamente del Walhalla, con Boris nos llevó a los límites de la locura y bordó el Tevye de El violinista en el tejado, todo sin más attrezzo que una toalla para simular la panza del personaje verdiano. Empático y simpático, evocó los inicios de su carrera en Perelada, bromeó con el director de orquesta y con los músicos y desplegó toda una serie de gracias que, en su caso, no parecen en absoluto forzadas, sino producto de una bonhomía que le reconocen todos los que le han frecuentado.

Él fue, desde luego, el todo en el concierto, por más que los coros realizaran una contribución apreciable –quizás no eran necesarios, en todo caso, tantos highlight entre las páginas que interpretaron–. No lo fue tanto, sin embargo, la de la orquesta: dirigida sin sutileza ni matices por el maestro Jones, no pasó en ningún momento de una gris corrección.

Javier Velaza