Audioclasica

24-IV-2018 Ranki versus Ranki

© Andrea Felvegi

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA DEZSÖ RANKI, piano Obras de Mozart, Schumann y Brahms Aforo: 2.324  Asistencia: 60% Otro de los alicientes de esta temporada de Scherzo, por si hubiera pocos, es el reencuentro con algunos de los nombres de mayor peso en el circuito pianístico internacional, como sería el correspondiente a esta cita de abril con Dezsö Ranki. Aunque la escasa asistencia pareciera indicar lo contrario, se echaba de menos la singular presencia del húngaro, cuyo enigmático porte de sonrisa arcaica se traduce siempre en un rigor interpretativo difícil…

© Andrea Felvegi

© Andrea Felvegi

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

DEZSÖ RANKI, piano

Obras de Mozart, Schumann y Brahms

Aforo: 2.324  Asistencia: 60%

Otro de los alicientes de esta temporada de Scherzo, por si hubiera pocos, es el reencuentro con algunos de los nombres de mayor peso en el circuito pianístico internacional, como sería el correspondiente a esta cita de abril con Dezsö Ranki. Aunque la escasa asistencia pareciera indicar lo contrario, se echaba de menos la singular presencia del húngaro, cuyo enigmático porte de sonrisa arcaica se traduce siempre en un rigor interpretativo difícil de igualar, desde su impecable dominio técnico hasta el conocimiento milimétrico de la partitura. Su sencillez y sobriedad artísticas cuidan al extremo la unidad de la obra y la fluidez del discurso musical, acompañados de una pulcritud sonora que en su extraordinario equilibrio no desdeña la intensidad. Como muestra de ello no había mejor reflejo que la superlativa pluma de W.A. Mozart con su Sonata en Si bemol mayor K.570, una de las más hermosas y menos frecuentadas del catálogo del inexplicable fenómeno salzburgués. Una versión modélica, apolínea, de delicadeza cristalina en su fresco Allegro inicial y suave profundidad en ese Adagio sacado de los confines de la belleza y la naturaleza humana. Todo apoyado por la agilidad de un preciso fraseo y su sentido rítmico, sin caer en excesivos refinamientos ni brusquedades caprichosas, algo refrendado por la exquisita vitalidad del Allegretto final en cuanto a ligereza y naturalidad, con un tempo levemente agitado.

Una lección de pianismo puro que continuaría con la Humoreske op. 20 de Robert Schumann. Si ya se sabe que de por sí la música del germano siempre encierra un plus de dificultad, esta es sin duda una de las páginas de mayor complejidad que pudo escribir, lo cual hizo para colmo de genio, en una semana. Una partitura de intrincada escritura, tanto por su estructura con cambios continuos de tempo y expresión como por su diseño rítmico y planos sonoros, con Eusebius y Florestan jugando a esconder las claves de su efusividad y lirismo en un recorrido melódico casi encriptado. Un juego descifrado a la perfección por Ranki, que desde el principio aclaró sus líneas y contrastes sin abandonar ese consabido equilibrio adaptado como un guante a la expresión schumaniana sobre un contorno dinámico que iría encontrando los diferentes clímax en su punto preciso de intensidad. La aparente inmutabilidad de Ranki trasnsitó de un humor a otro manteniendo incorruptibles la unidad y fluidez del conjunto, con la expresión justa para cada parte, como fue en la sucesión Innig (íntimo) – Sehr lebhaft (muy vivaracho) – Mit einigem Pomp (Con pompa). Ahí se enfrentaban Eusebius y Florestán, con Ranki como moderador excepcional, de nuevo con un magistral control del plano rítmico.

Excelente lectura y excelente primera parte que a pesar del deleite por la brillantez y calidad de ejecución de Ranki, dejaba por otra parte la lejana pero posible sensación de un cierto vacío, tal vez producto de una forma de interpretación que pudo acusar cierta falta de fuerza expresiva, de hecho la reacción del público no pasó de discreta tras su conclusión.

Sin descuidar su propia visión y personalidad musical, Ranki antepone la obra y su instrumento a sí mismo, una actitud muy grata respecto de otros egos, pero su ortodoxia interpretativa y discreción puede correr el riesgo de no exteriorizar completamente todo el potencial expresivo de la música, teniendo en cuenta que su sentido transpira por los poros del carácter del intérprete.

En la segunda parte afrontaba las mastodónticas y tampoco demasiado frecuentes en los programas, Variaciones y fuga sobre un tema de Händel op. 24. Una de esas obras que pone a prueba las virtudes de cualquier intérprete. La inmaculada exposición del Aria y las primeras variaciones de las veinticinco en total que conforman la composición, alumbraban la extraordinaria capacidad de Ranki para dar el relieve justo a cada una de ellas fiel a su propia indicación de expresión, tempo o carácter. A partir de entonces se comenzó a advertir una cierta aceleración en los tempi, y con ello, un cambio que atisbaba una lucha interior de Ranki en pos de la obra y de sí mismo,  y que condujo a una precipitación progresiva con alguna que otra imprecisión, sin restar calidad ni atención al detalle y a un sentido de la articulación implacable, desembocando con un Ranki desatado, como transformado, en una descomunal y casi caótica Fuga de tintes épicos, que mucho más que antes, se ganó la ovación cerrada de un público reconocedor de lo ofrecido y de la altura de un gran intérprete como lo es el pianista húngaro. Ya fuera de programa, recobraría el equilibrio y la calma con el sencillo y angelical lirismo de su paisano Franz Liszt en su Sancta Dorothea S.187. Realmente admirable.

Juan Manuel Rodríguez Amaro