Audioclasica

08-V-2018 Lupu, el tiempo, la vida, y Schubert…

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA RADU LUPU, piano Obras de Schubert Aforo: 2.324  Asistencia: 65% Gran parte de la música para piano de Schubert, en sí misma, es casi una epopeya, fruto de su tan apasionada como corta existencia. Sí, una vez más Schubert, otra vez cabría pensar en este merecido reflorecimiento de su obra para el teclado. Pero cuando alguien como Radu Lupu se convierte en su heroico narrador, el interés crece exponencialmente, se justifica su necesidad y la emoción queda servida en bandeja de plata. Para mayor altura…

© Klaus Rudolph

© Klaus Rudolph

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

RADU LUPU, piano

Obras de Schubert

Aforo: 2.324  Asistencia: 65%

Gran parte de la música para piano de Schubert, en sí misma, es casi una epopeya, fruto de su tan apasionada como corta existencia. Sí, una vez más Schubert, otra vez cabría pensar en este merecido reflorecimiento de su obra para el teclado. Pero cuando alguien como Radu Lupu se convierte en su heroico narrador, el interés crece exponencialmente, se justifica su necesidad y la emoción queda servida en bandeja de plata. Para mayor altura de acontecimiento, el legendario pianista rumano protagonizaba otro de los regresos de esta temporada al ciclo, quizá el más esperado, aunque tal hecho no terminase de hallar su correlato en la asistencia. Pero ahí aparecía Lupu y su inconfundible carisma, para emprender un inolvidable viaje al corazón del vienés. Según rezaba en el programa, Mitsuko Uchida, predecesora esta temporada con otro monográfico schubertiano, afirma: “Lupu es la persona con más talento que he conocido nunca”. Un talento demostrado que la experiencia, como se puede apreciar en sus interpretaciones y particularmente en esta cita, ha encumbrado a un grado de sabiduría inconmensurable. Es un poeta que en su instrumento posee la capacidad de recitar la música que toca. También su pianismo comienza a acusar el paso del tiempo, quizá ya menos ágil y preciso, un aspecto insignificante al lado de la profundidad con la que su interpretación impregna la música de una pureza insondable, que canta, ríe, llora y baila, como fue esta vez, sí, una vez más, con Schubert elevado en los altares de la eternidad.

El Schubert de los últimos años, teniendo como entrante los celebérrimos Seis momentos musicales, op.94, D.780. Una versión que anunciaba lo que a la postre sería la tónica de toda la velada, confrontando profundidad expresiva con cierta imprecisión. La falta de fluidez en un desabrido Moderato inicial pudo despertar las dudas a la vez que ya ponía de manifiesto la nobleza con la que Lupu penetraría con tempo retenido en la esencia discursiva del compositor austríaco. Todo sin el más mínimo alarde, de una desnudez que roza una suerte de hosquedad no obstante entrañable. Así progresó desde el segundo de la serie, con un Andantino de pausa parsimoniosa, como un espejo en el que Lupu pareciera reflejarse repasando su vida como lo hace el propio Schubert a través de su música, todo con un extraordinario sentido de la melodía sustentado por una portentosa articulación, perfectamente ceñida a la expresión. Música que casi hablaba, recitada por Lupu como la voz de su amo. Menos brillante fue el conocidísimo tercero en Fa menor, irremediable mencionarlo, encantador pero algo insulso, falto de intensidad y agilidad, como los subsiguientes, sin perder de vista la claridad del lenguaje y su don expresivo. Fue el último, el Allegretto, quien concentrara por fin todas las virtudes en una soberbia e intensa lectura que supuso una primera ovación a medio camino entre el reconocimiento y la incertidumbre.

Igual pulso mantuvo con la Sonata en La menor op.143, D 784. De nuevo tempo pesante para un Allegro giusto que más allá de su espesura y escaso contraste, desajustes aparte, se vería más que compensado por una admirable emotividad y elocuencia, dando sentido y relieve a cada pasaje, como el solmene dramatismo realzado en el tema en octavas del inicio. Tampoco escapó para Lupu la importancia del silencio en esta partitura, también en el sugerente Andante, confiriéndole como no podía ser de otro modo una particular dimensión, abrigado por la magistral pausa concedida al discurso como motor del desaliento imperante en la obra. Un Silencio cuyo efecto se vio lamentablemente contrarrestado por la insolencia de las poco discretas toses. Es como si algunos pretendieran cobrar una suerte de ridícula presencia en el evento, cuando solo roban al oído sensible su derecho a escuchar sin desagradables interferencias y a la propia música su derecho a sonar en libertad, algo que si se para uno a pensar, sucede sólo en los conciertos. Como libre fue el sensacional Allegro Vivace final, más contundente, fluido y sublime en sus cantabile. Las imprecisiones quedaban en segundo plano o incluso se podría decir que ya formaban parte del conjunto, como un mueble de madera maciza, valga el símil, que a pesar de los rasguños del tiempo cautiva por conservar intacta su majestuosa autenticidad. Es preferible el vaivén de la pulsión artística que la perfección inerte.

Tras el descanso, cabía esperar una impresión semejante a la dejada por lo antecedido, craso error. Si los grandes se caracterizan por algo, es por la capacidad de sorprender e ir aún más lejos y Lupu reservó el último aliento para consumar el deleite definitivo con la Sonata en La mayor, D 959. Una obra enigmática desde su singular escritura, penúltimo testimonio sobrecogedor entre la esperanza y la nostalgia de un Schubert que ya comenzaba a atisbar su propio final. Lupu reveló esa esperanza rebosante del Allegro con una rejuvenecida vitalidad, esta vez impecable en una ejecución que a través de una excelente visión de la forma supo extraer los instantes de mayor tensión expresiva, sumergido las entrañas mismas del alma del compositor. Lupu convertido en la voz de Schubert con la de Schubert en el mismo piano para un Andantino metafísico, un llanto de despedida declamado en una línea de canto apoyada por la gran claridad de su contorno armónico. Todo un levitar. Aliviadora frescura y exquisitez rítmica la expuesta en el Scherzo, y un móvil impertinente, quizá era Schubert para dar las gracias a Lupu, pero a partir de entonces, el pianista del Este volvería a debatirse hasta un insospechado corte del discurso. Sólo quedaba el Rondó y Allegretto final, sólo quedaba acabar, lo mejor quizá ya había pasado, la magia inenarrable y la lección de vida de su interpretación no, de nuevo con los silencios bordados para cortar la respiración, y un último esfuerzo para un arrollador final. Todo había acabado, entre bravos aún había espacio para una generosa propina, el solemne Impromptu nº2 Op. 142, maravilloso, sabiduría absoluta. Radu Lupu ya se marchaba para quedarse en la memoria y volver siempre, con el tiempo, la vida, y Schubert…

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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