Audioclasica

22-V-2018 Yuja Wang has the power

© Fadil Berisha

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA YUJA WANG, piano Obras de Rachmaninoff, Scriabin, Ligeti y Prokofiev Aforo: 2.324  Asistencia: 85% Es una realidad, Yuja Wang se ha convertido por derecho propio en una de las sensaciones del piano actual, despertando una expectación que se comenzaba a añorar respecto del gran público. La controversia que desde hace algún tiempo pudiera generar su imagen entre los más conservadores queda zanjada, la vista se pierde sólo para atender con el oído a la calidad de sus interpretaciones. Sea bienvenido en cualquier caso su desparpajo…

© Fadil Berisha

© Fadil Berisha

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

YUJA WANG, piano

Obras de Rachmaninoff, Scriabin, Ligeti y Prokofiev

Aforo: 2.324  Asistencia: 85%

Es una realidad, Yuja Wang se ha convertido por derecho propio en una de las sensaciones del piano actual, despertando una expectación que se comenzaba a añorar respecto del gran público. La controversia que desde hace algún tiempo pudiera generar su imagen entre los más conservadores queda zanjada, la vista se pierde sólo para atender con el oído a la calidad de sus interpretaciones. Sea bienvenido en cualquier caso su desparpajo para romper clichés y liberar de ciertos tufos a naftalina al panorama pianístico, huérfano en los últimos tiempos de figuras que provoquen una admiración más allá del no pocas veces descafeinado interés. Algo a lo que su paisano Lang Lang también ha sabido jugar, ambos con elegancia e inteligencia indiscutibles. No hay apariencia barata que valga, sólo un haz de luz necesario para alumbrar y acercar a las nuevas y muy distantes generaciones la cultura musical en su máxima expresión en medio del oscuro camino que en estos tiempos le ha tocado recorrer. Bajo su fachada de diva, sólo fachada, hay una extraordinaria intérprete de un voraz instinto musical cuyo límite se antoja inexistente en una combinación electrizante de juventud y prematura experiencia en la que el piano continúa albergando todo el protagonismo.

Existe una amplia diversidad de pianismos, marcados por los repertorios y por la personalidad de quienes interpretan, y en el caso de Wang sería injusto hasta lo ignorante advertir mero efectismo de cara a la galería. Dice Alfred Brendel sabiamente que primero está el músico y después el instrumentista, y Yuja Wang encaja sin duda en ese paradigma. Además posee una especial sensibilidad y cercanía visible en su actitud hacia un público que sí pobló como se merece las butacas de la Sala Sinfónica en esta última cita del ciclo previa a la pausa veraniega.

Y qué mejor para ello que una bocanada de aire fresco como la propuesta por la pianista nacida en Beijing. Un programa muy distinto, ya iba tocando, respecto de la última tendencia predominante del repertorio clásico y romántico, con una mirada sobre el Siglo XX de la multicolor Rusia con tres de sus principales valedores y la siempre vanguardista Hungría personificada en György Ligeti. Cuatro visiones tan diferentes como únicas cuyo nexo se encuentra en su extrema exigencia y complejidad, auténticos guantes a la medida para las manos de Yuja Wang.

El primero en la lista, Serguéi Rachmaninoff, selección de sus Preludios y Estudios, todos en modo menor,  con alguna variante sobre lo anunciado en principio. Efusividad sin concesiones desde el inicio. Un vigor rítmico en perfecto equilibrio con una luminosa nitidez y precisión, algo escasa eso sí de relieve en el canto de la línea melódica, aunque reforzada por la naturalidad seña de identidad de la pianista china, que desde un excelente contraste de dinámicas y planos sonoros, quizá con más contundencia que profundidad, supo extraer todos los perfiles expresivos del compositor ruso, fiel a la impronta de su tan característica e inconfundible sonoridad. Se sucedieron así una poderosa lectura de esa marcha triunfal que es el reconocido Preludio en Sol menor op. 23 nº5, el hermoso y dramático lirismo de los Etude tableau en Do menor op. 39 nº1 y op. 33 nº3, dotados de un fraseo superlativo, la belleza de la sonoridad cristalina y el fino sentido del tempo del Etude tableau en Si menor op. 39 nº4, la melancolía creciente y a veces algo saturada en sus forte del Preludio en Si menor op.32 nº10, y el ímpetu apasionado pintiparado a sus indicaciones Allegro con fuoco y Appasionato de los Etude tableau en Mi bemol menor op.33 nº6 y op.39 nº5. Colosal.

Lástima que parte del público enturbiara la música con su paralelo recital de despropósitos y no precisamente por los espontáneos aplausos anulados por los chistidos defensores del protocolo, sino por la habitual y antipática colección de toses, móviles y envoltorios varios.

Con habilidad camaleónica para mudar el carácter se adentraba en el espectro sonoro de Aleksandr Scriabin. Se echa de menos una mayor presencia de su obra en las programaciones, sobre todo contando con interpretaciones tan excelentes como la de Wang. Una interpretación afín al singular espíritu scribianiniano, sensible a su inefable sutilidad tímbrica, con especial acento a la dimensión expresiva de sus motívicos trinos. Admirable la capacidad para desentrañar su abigarrada escritura sin caer en vaguedades expresivas, como en otras versiones más divagadoras, sino dominado por un consistente y ágil sentido unitario de su desarrollo, siempre atenta a los continuos cambios de expresión que pueblan sus páginas y de los que conseguiría hacer emanar un halo de elegante sensualidad, tan vibrante como hipnótica. Una magnífica lectura.

Y Ligeti, de la incierta expectativa al momento más deslumbrante de la velada. El pleno reconocimiento a la magnitud de la obra pianística de Ligeti está por llegar como monumento capital del S. XX. Esta contribución de Yuja Wang no sólo ayuda a que así sea sino que resulta reveladora, y además encandila como lo hizo a un público perplejo por la calidad de una interpretación absolutamente descomunal. Partitura en tablet para los tres estudios, no uno como apuntaba erróneamente el programa con sus diferentes tempi, bien anunciado previamente en la web del ciclo, pero sí comenzando como se indicaba en el papel por el nº3 Touches bloquées, luego seguido del nº9 Vertige, y del nº1 Désordre, que Wang tocó sin solución de continuidad. Arrebatadora, y no por la exigencia de un tempo que el propio Ligeti especifica incluyendo la duración de la pieza aún rebajada por Wang, sino por la exactitud, hasta mejorada, de su ejecución respecto de la quirúrgica escritura para explotar y explorar todas las capacidades de intérprete e instrumento, que el compositor húngaro acompañó por añadidura de instrucciones aparte para su interpretación. Wang lo cumplió más allá de su Ad pédem litterae con un inimaginable control de la agógica y de las casi imposible dinámicas con pianissimi de hasta ocho pes, y sin quedarse en la inerte mecánica, sino apuntando a su epicentro expresivo, como la angustia vital que reside en el cromatismo de ese fulgurante Vertige dedicado a Mauricio Kagel, como los otros dos lo son a Boulez. Todo provisto además de su propia visión. Mejorar lo inmejorable, instinto de genialidad de una personalidad incuestionable.

Segunda parte y cambio de vestuario, de morado largo a dorado corto, siempre brillante, para presentar la Sonata nº8 en Si bemol mayor op. 88 del otro Serguéi, Prokofiev. Música que requiere un fuerte músculo interpretativo, aunque esta octava guarde cierta proximidad con el carácter reflexivo y errático de la anterior décima de Scriabin. Semejanza más apreciable en su primero, Andante dolce, poco meditabundo al inicio, si bien Wang logró instalarse definitivamente en su compleja densidad discursiva, distinguiendo sus contrapuntísticos planos sonoros en la proporción precisa. Es sorprendente el modo en el que envuelve la obra haciendo que evolucione en torno a una intensidad creciente. Acaso el único “pero” se podía encontrar como en Rachmaninoff, en unas líneas de canto que no terminaban de cobrar todo el relieve posible pese a su tersura, impecable articulación y contraste. Encantador el aire de vals de su Andante sognando, exquisito por su refinamiento sonoro e intuitiva fluidez. Mientras, un nuevo y vergonzoso episodio de un público tan entusiasta como impúdicamente ruidoso, con un móvil incesante que detuvo a Wang antes de atacar el Vivace final. Y vaya si lo atacó, contundencia marca de la casa vertebrada por un desbordante impulso rítmico, sin desatender a su profundo calado poético. Hasta el piano parecía ya no poder responder a su poderosa demanda. Pura fibra pianística para una asistencia completamente embriagada por su figura.

No podía faltar la generosa sesión de propinas para deleite definitivo. Su muy habitual y sensacional muestrario entre el espectacular virtuosismo y la inspiración sublime. De lo primero fueron las Variaciones de Horowitz sobre Carmen de Bizet, Marcha a la turca de Mozart en un curioso arreglo aparentemente híbrido entre el realizado por el pianista Fazil Say y de nuevo el propio Horowitz, y el demoledor tercer movimiento de la séptima sonata de Prokofiev. Por la otra vertiente llegó el arreglo del ballet segundo de Orfeo y Euridice de Gluck, Canción sin palabras op.67 nº2 de Mendelssohn y el lied Margarita en la rueca de Schubert en transcripción de Franz Liszt.

Tras la ovación por esta última, salió para cerrar la tapa del piano. Hasta ahí llegaba la noche de la que a buen seguro es una de las pianistas más importantes de su generación. Un impetuoso carisma que recuerda al de Martha Argerich, a quien sustituyó en una ocasión y ahora está llamada a suceder como una de las grandes damas del teclado. Podrá gustar más o menos, pero el piano le necesita. Y seguirá creciendo, pese a su mencionada experiencia y madurez musical aún no ha llegado naturalmente a una plenitud para la cual queda mucho, aunque ya se proyecte como el perfil de intérprete del S. XXI. Lo tiene todo para ello, es una realidad, Yuja Wang has the power.

Juan Manuel Rodríguez Amaro