Audioclasica

12-VI-2018 Nueva oportunidad

PARÍS TEMPORADA OPERA. OPÉRA COMIQUE (SALLE FAVART) SPYRES, SANTONI, LEBÈGUE, BOUTILLIER, DEVOS, TEITGEN, BERTIN-HUGAULT, DE HYS, DORAY. CORO ‘ACCENTUS’ y ORQUESTA INSULA DE PARÍS. Director: EQUILBEY. Puesta en escena: BOBÉE.  Gounod: La nonne sanglante Aforo: 1500. Asistencia: 100% La nonne sanglante (La monja sangrante), segunda ópera de Charles Gounod tras Sapho, se presentó en la Opéra en 1854 con buenos resultados. Luego, la ‘moral y buenas costumbres’ y los cambios en la dirección del Teatro la retiraban luego de once representaciones. Y desde entonces el silencio –con una interrupción en Alemania en 2008, de la que hay constancia grabada, pero de poco…

© Pierre Grosbois

© Pierre Grosbois

PARÍS

TEMPORADA OPERA. OPÉRA COMIQUE (SALLE FAVART)

SPYRES, SANTONI, LEBÈGUE, BOUTILLIER, DEVOS, TEITGEN, BERTIN-HUGAULT, DE HYS, DORAY. CORO ‘ACCENTUS’ y ORQUESTA INSULA DE PARÍS. Director: EQUILBEY. Puesta en escena: BOBÉE. 

Gounod: La nonne sanglante

Aforo: 1500. Asistencia: 100%

La nonne sanglante (La monja sangrante), segunda ópera de Charles Gounod tras Sapho, se presentó en la Opéra en 1854 con buenos resultados. Luego, la ‘moral y buenas costumbres’ y los cambios en la dirección del Teatro la retiraban luego de once representaciones. Y desde entonces el silencio –con una interrupción en Alemania en 2008, de la que hay constancia grabada, pero de poco o ningún relieve- hasta hoy, cuando ese maravilloso estuche que es la sala Favart, sede de la Opéra Comique, una vez terminados los trabajos para ponerla a punta, ha asumido, como suele hacer en mayor grado que la mal llamada ‘hermana mayor’, su deber con autores y obras del país maltratados y dejados caer en el olvido. La operación cultural, que no simple ‘evento’, tuvo la repercusión merecida como lo demuestran las localidades agotadas y el interés del respetable que decretó un triunfo, merecido sobre todo por el esfuerzo, el coraje y la inteligencia a la hora de montar el espectáculo.

No creo, personalmente, que se trate de una gran obra. Hay momentos muy bellos en alternancia con otros banales o convencionales, altibajos, y un solo personaje bastante bien trazado, el protagonista masculino, en detrimento de todos los demás, pero en particular de las dos Agnès (la monja del título y su homónima, amante secreta del joven héroe –no voy a explicar ahora la trama ‘gótica’ porque alargaría sin necesidad esta reseña y porque el lector que lo desee puede encontrarla fácilmente en Internet). Además, si la gran aria de Sapho ha permanecido en el repertorio de las grandes cantantes (se trate de sopranos o mezzos), aquí hay dos, sobre todo (siempre del tenor) que, aunque difíciles y bien escritas, no llegan al punto de hacerlas memorables y/o indispensables al menos para un recital o una grabación. Aunque haya habido algunos cortes menores el desarrollo es demasiado lento al principio (tres primeros actos) para precipitarse en los dos últimos.

© Pierre Grosbois

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Lo que impresiona más, cinco años prima del Faust, es la riqueza y el interés de la orquestación. Seguramente el espectáculo se recogerá en la fundamental colección que prepara sobre la lírica francesa con devoción y excelente criterio el Palazzetto Bru Zane, pero lo que importa ahora destacar es el valor cultural de un verdadero acontecimiento operístico, el coraje y los medios con que se ha tratado de servir del mejor de los modos un título desaparecido que probablemente no entrará nunca en el ‘repertorio’, pero que merecía esta nueva oportunidad.

La producción preparada por el joven director de escena David Bobée era simple, pero muy funcional y clara, y sacaba el máximo partido de los artistas y del empleo de las luces, la sobria escenografía y los bellos trajes aunque alguna solución (como la del ballet traspuesto al tercer acto, ‘campesino’) no era ideal porque –como siempre- iba contra la música y el argumento que no se podía seguir fácilmente.

© Pierre Grosbois

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La dirección de Laurence Equilbey, tanto con el coro (en esta ocasión preparado por su colaborador, Christophe Grapperon) como con ‘Insula’ (una orquesta que como indica su nombre tiene su sede en la isla de París en el auditorio La Seine Musicale, y formada por especialistas en instrumentos –los que se utilizan- de los siglos XVIII y XIX fundamentalmente) era plenamente capaz de restituir toda la fuerza de una partitura en la que la directora obviamente cree y tanto la dinámica como el ritmo eran irreprochables, así como la atención al escenario ayudaba siempre a los cantantes a los que se veía (y oía) cómodos.

Naturalmente destacaba en el rol de Rodolphe escrito para Louis Gueymard (un tenor que había heredado con gran éxito el repertorio de Nourrit y Duprez), el óptimo Michael Spyres, verdadero triunfador de la velada, con un timbre más bello que el habitual, pero con los mismos agudos estratosféricos, siempre seguros, con una homogeneidad de registros asombrosa, una dicción perfecta (no se perdía una sílaba), una técnica magnífica y un sentido del estilo entre los mejores que se puedan encontrar hoy en los teatros líricos. De esta forma, si las arias eran momentos de verdadero festín para el público (que lo hacía notar) absolutamente deslumbrado por semejante prestación, los recitativos eran sencillamente magistrales y el intérprete muy entregado a su papel, también como suele.

© Pierre Grosbois

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Entre los demás el mayor éxito correspondía merecidamente a la Agnès (viva) de Vannina Santoni (soprano), que tiene notas difíciles aunque el papel no le consienta brillar. Peor resultaba la situación de la monja del título, la ‘otra’ Agnès, que canta mucho menos y sin momentos demasiado comprometidos, pero la intérprete era muy correcta (Marionne Lebègue, mezzo). El ‘culpable’ de la situación (y padre de Rodolphe, prometido y asesino de la monja) tenía un buen intérprete en Jérôme Boutillier (barítono) que, pese a su aria en el último acto, sufría también de la poca definición de su personaje. Pedro el Ermitaño, agregado a la trama para gran alegría del católico Gounod, tiene una intervención relevante en el primer acto, pero luego pierde fuelle y se transforma en un borroso secundario: muy interesante la labor del bajo Jean Teitgen en el papel. El paje del protagonista, una soprano ‘en travesti’, tiene mayor realce que los demás (y habría debido tener menos), y Jodie Devos sacaba del personaje el mayor partido posible. Los demás roles menores estaban a cargo de los miembros del coro, pero el otro padre y jefe del clan enemigo (el bajo Luc Bertin-Hugault) mostraba problemas de emisión y proyección. Mucho más adecuados, por ese orden, la soprano Olivia Doray en el papel episódico de Anna, la campesina, y el tenor Enguerrand de Hys en los de Fritz (su esposo) y del guardián nocturno.

Jorge Binaghi

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