Audioclasica

 20-VI-2018 Fausto diseccionado y contemporáneo

Escena de La condenación de Fausto en el Palau de Les Arts. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

Valencia  Temporada 2017/2018. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal  SILVIA TRO SANTAFÉ. CELSO ALBELO. RUBÉN AMORETI. JORGE ELEAZAR ÁLVAREZ. DAMIANO MICHIELETTO, director de escena. ESCOLA CORAL VEUS JUNTES DE QUART DE POBLET. ROSER GABALDÓ y MÍRIAM PUCHADES, directoras. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. ROBERTO ABBADO, director musical.   Hector Berlioz: La damnation de Faust  Aforo: 1412 Asistencia: 95 %  A finales de 1827 Hector Berlioz (1803-1869) cayó rendido ante el sublimado lenguaje de Shakespeare y la riqueza de su estructura dramática gracias a una compañía de teatro inglesa y a la…

Escena de La condenación de Fausto en el Palau de Les Arts. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

Escena de La condenación de Fausto en el Palau de Les Arts. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

Valencia 

Temporada 2017/2018. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal 

SILVIA TRO SANTAFÉ. CELSO ALBELO. RUBÉN AMORETI. JORGE ELEAZAR ÁLVAREZ. DAMIANO MICHIELETTO, director de escena. ESCOLA CORAL VEUS JUNTES DE QUART DE POBLET. ROSER GABALDÓ y MÍRIAM PUCHADES, directoras. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. ROBERTO ABBADO, director musical. 

 Hector Berlioz: La damnation de Faust 

Aforo: 1412 Asistencia: 95 % 

A finales de 1827 Hector Berlioz (1803-1869) cayó rendido ante el sublimado lenguaje de Shakespeare y la riqueza de su estructura dramática gracias a una compañía de teatro inglesa y a la actriz Harriet Smithson. La influencia del dramaturgo se percibe en Roméo et Juliette, Béatrice et Bénédict, Roi Lear y Les Troyens. La Smithson fue su esposa durante unos años y le inspiró los “Sueños y pasiones” que inician la Sinfonía Fantástica (1830). En ese momento, el poeta Gérard de Nerval tradujo al francés Faust (1808 y 1832), de Goethe, cuya impresión llevó al músico a componer Huit scènes de Faust (1829), en parte destruidas y en parte acomodadas en La damnation de Faust (1846), una “leyenda dramática” de difícil catalogación que tardó casi medio siglo en ser escenificada tras su estreno en versión de concierto.  

Como se ha dicho, Berlioz se sentía muy cercano a Shakespeare y Goethe. Tanto que los nombró sus “confidentes”. A ellos dijo confiar su vida interior, su sufrimiento: “Ellos tienen la llave de mi vida”. Y, precisamente, de llaves y príncipes shakesperianos tiene mucho esta propuesta de Damiano Michieletto premiada por la crítica italiana. Según Eleonora Gravagnola, asistente del regidor y quien presentó en Valencia esta coproducción con Roma y Turín, la versión pone en paralelo a Hamlet y a Fausto: ambos están solos, sufren, intentan suicidarse y rechazan a sus mujeres. Una de ellas, Margarita, tiene la llave (la clave). Así lo explicita el regidor al ampliar hasta el más mínimo detalle de la escena a través de una pantalla.  

Rubén Amoreti y Silvia Tro. La condenación de Fausto. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

Rubén Amoreti y Silvia Tro. La condenación de Fausto. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

El protagonista se encuentra en una habitación-laboratorio blanca, aséptica y claustrofóbica. Sufre una fuerte depresión. Está abatido. Vemos somníferos en su mesita de noche, una fotografía con su madre y una revista en la que aparece el Paraíso del pintor y grabador renacentista Lucas Cranach el Viejo (1472-1553). Más tarde nos enseñan la llave que utilizará Margarita para llegar a él y un ataúd igual de blanco e inmaculado. Son elementos simbólicos utilizados a modo de elipsis que guían al espectador a lo largo de una representación que se desarrolla en dos planos; éste es el inferior.  

En el plano superior el coro está sentado en unas gradas que remiten a la galería de una sala de disección en la que los coristas-espectadores miran atentos como extraen órganos y tejidos a un cuerpo sin vida. Lo que sucede es que éstos, aquí, no son fisiológicos sino psicológicos, porque Michieletto disecciona/psicoanaliza al protagonista a la vista de todos, en quince episodios que enriquecen las cuatro partes y epílogo originales. Así sabemos que su padre es alcohólico, él mismo ha sufrido bulling (mientras sonaba “La marcha húngara”), siente nostalgia por su madre que ya no está y añora la ternura con la que en la niñez jugaba con Margarita. Ella es uno de los vértices de un triángulo amoroso. El otro es Mefistófeles, quien desea a Fausto a la vez que es procaz con ella. El diablo manipula a ambos hasta que logra separarlos.  

La escenografía de Paolo Fantin es prolija en detalles y hace que el blanco que lo invade todo (excepto el impresionante final) sea un bastidor sobre el que se aplican diversas técnicas artísticas a modo de citas o remix, un concepto que los teóricos del arte han puesto en valor recientemente. Para ilustrar la “Canción de Brander” el escenógrafo recurre a una de las ratas de la escultora alemana Katharina Fritsch (1956) y a un espectáculo televisivo, que bien podría ser político. El episodio se titula “El engaño” y concluye con la fuga-parodia sobre el Amen. El demonio es quien maquilla a Brander antes de su actuación.  

Silvia Tro Santafé como Margarita. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

Silvia Tro Santafé como Margarita. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

El vestido rojo de Margarita nos lleva a Anima Mundi: Pietà (1983) de Marina Abrahamovic (1946) y Ulay (1943). Encontramos reminiscencias de Íntimo y personal (1977) de Esther Ferrer (1937) cuando Mefistófeles marca en la pared el contorno de la muchacha. La surrealista imagen del columpio pertenece al fotógrafo iraní Hossein Zare (1992). El Paraíso de Cranach es un collage y el final de la “Romanza de Margarita” una performance en la que ella se vierte varios vasos de agua sobre la cabeza a modo de ducha fría. Que Satanás se embadurne de pintura antes de “Pandemonium” recuerda a Inverted Birth (2014) del videoartista Bill Viola (1951) y la iluminación del coro de los espíritus celestiales con farolillos durante la “Apoteosis de Margarita” está tomada de Turn on (2013), del albanés Adrian Paci (1969).  

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Apoteosis de Margarita. La condenación de Fausto. Palau de Les Arts. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce.

A este horror vacui de marcado impacto visual hay que añadir la inevitable reflexión sobre las redes sociales en la escena del acoso y sobre los realitys televisivos con la cámara omnipresente. Otro guiño significativo es el religioso, usado por Michieletto para ironizar sobre algunos símbolos católicos: el demonio se convierte en una serpiente del Paraíso de vodevil mientras suena el “Minueto de los duendes”; más tarde, antes de la “Cabalgata al abismo”, le lava los pies a Fausto como se hace en Jueves Santo, pero no para ponerse a su servicio, sino para señalarlo como víctima.  

Este abigarrado entramado argumental tuvo su correlato en el trabajo de Roberto Abbado, tremendamente dúctil a las sonoridades que la partitura requiere. Sirva como ejemplo el detallado acompañamiento de la “Canción de Brander” en el que al contrapunto de las maderas el compositor añade unos pizzicati en la cuerda y unas escalas descendentes en seisillos que aquí sonaron casi como ágiles y efectistas glissandi. Otro momento delicioso fue el grácil “Minueto de los duendes” o el bellísimo acompañamiento de la “Romanza de Margarita”. El director fundió con plasticidad a orquesta y voces, tanto solistas como del coro, a pesar de las dificultades que éste tuvo para ajustar algunos pasajes debido a su colocación en dos grupos. Abbado pidió tener a una parte en el foso, dada la lejanía a la que estaba el resto en el graderío antes mencionado. No obstante, la multitud de registros por los que el coro pasa a lo largo del drama quedaron perfectamente reflejados, así como por el coro de niños final de preciosa sonoridad.   

El elenco superó las exigencias performativas de una dirección teatral detallista y redondeó una propuesta interesante, arriesgada y exigente con el espectador. Rubén Amoretti actuó con mucha gracia e ironía, incluso bailó. Lució color y musicalidad en todo momento, especialmente en el fraseo de “Une puce gentille”. También fueron minuciosos en lo expresivo Celso Albelo y Silvia Tro, ambos con una línea vocal muy pulida. Jorge Eleazar, del Centre de Perfeccionament, cumplió en la encarnación de un Brander rubio a lo Trump.   

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI