Audioclasica

28-VI-2018 Schubert entre naranjos

PICANYA (Valencia)   Festival dels Horts, Música de cambra amb sabor a terra  LAIA FALCÓN, soprano. MIGUEL COLOM, violín. ISABEL VILLANUEVA, viola. IRIS AZQUINEZER, violonchelo. FRANCISCO MESTRE, contrabajo. ANTONIO GALERA, piano.   Obras de Franz Schubert.   En un momento en el que la programación de música clásica es objeto de un intenso debate con el fin de adecuarla a los tiempos que corren, el Festival dels Horts ha dado con una de las posibles soluciones. Este ciclo de tres días de duración se ha celebrado por primera vez en Picanya, una población situada a 10 km al suroeste de Valencia. Es una propuesta…

Francisco Mestre, Antonio Galera, Isabel Villanueva, Miguel Colom, Iris Azquinezer y Laia Falcón en Festival dels Horts (Picanya, Valencia). Créditos: Guillem Cerezo.

Francisco Mestre, Antonio Galera, Isabel Villanueva, Miguel Colom, Iris Azquinezer y Laia Falcón en Festival dels Horts (Picanya, Valencia). Créditos: Guillem Cerezo.

PICANYA (Valencia 

Festival dels Horts, Música de cambra amb sabor a terra 

LAIA FALCÓN, soprano. MIGUEL COLOM, violín. ISABEL VILLANUEVA, viola. IRIS AZQUINEZER, violonchelo. FRANCISCO MESTRE, contrabajo. ANTONIO GALERA, piano.  

Obras de Franz Schubert.  

En un momento en el que la programación de música clásica es objeto de un intenso debate con el fin de adecuarla a los tiempos que corren, el Festival dels Horts ha dado con una de las posibles soluciones. Este ciclo de tres días de duración se ha celebrado por primera vez en Picanya, una población situada a 10 km al suroeste de Valencia. Es una propuesta de la Societat Filharmònica “Música i Art” de dicha localidad y no requiere grandes despliegues escenográficos ni golpes de efecto. La organización se ha centrado, por este orden, en encontrar un entorno singular, ofrecer lo mejor del repertorio camerístico, presentar a músicos jóvenes muy preparados y hacer del concierto un acto distendido y cercano al público, entre el que se vio a familias con niños. Salvando las distancias, el ciclo fluctúa entre el ambiente del Festival de Moritzburg (Alemania), cuya edición de hace dos veranos comentamos en estas mismas páginas, y la oferta de proximidad de la sala Tocata en A de Madrid, coordinada por el pianista Eduardo Frías en su propia casa.  

El escenario del Festival dels Horts es Villa Rosita, una masía  construida en 1904 rodeada de amplios jardines. Es el centro logístico del Huerto de Montesinos, una plantación de naranjos. Como ésta se extiende una decena en los alrededores y en ellas los frutales se alinean en filas para formar calles “como las de una ciudad moderna tirada a cordel”. Así las describía Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), a quien acudimos de inmediato al recorrer el camino flanqueado por cipreses que lleva a la entrada de la villa, un trayecto que supone viajar a una época que retrató bien. La de la Restauración alfonsina, en la que la riqueza producida por el cultivo y la exportación de la naranja consolidó el cacicato, un sistema político opresivo y capitalista que emborrona la tópica imagen del Levante feliz. Así lo narró el escritor y así lo defendió, contra tirios y troyanos en un braudeliano análisis de estas novelas, el añorado profesor Enric Sebastià (1930-2006). 

Rafael Brull es el protagonista de Entre naranjos (1900), un joven y atildado diputado que viaja en tren, y no en tartana como lo hacían los de su condición. Es hijo y nieto de los caciques de Alzira. Para disgusto de su posesiva madre se enamora de una soprano, hija del rival republicano de su padre, que tras una vida exitosa en lo artístico pero aciaga en lo personal retorna a su pueblo para refugiarse en una casona de la huerta (como Villa Rosita). La cantante se llama Leonora y uno de sus mayores triunfos lo cosecha con el papel de Brunilda. Esta novela, como la mayor parte de la obra de Blasco, está trufada de citas wagnerianas, ya que para él el autor de El anillo del Nibelungo ocupaba la cúspide de la música clásica. Le siguen Beethoven y Schubert. Por ello, el bisoño político encuentra a su amante entonando un lied al piano. En la adaptación televisiva de Josefina Molina es Heidernröslein, D257. En otro momento, la canción Wiedersehn, D855 dio pie a El Adiós de Schubert (1888), uno de los folletines de juventud del escritor, quien además de republicano, periodista y agudo observador fue un melómano notable.  

“Schubert es el artista de la melodía”, decía, y, precisamente, algunas de ellas sirvieron de clausura al primer Festival dels Horts. La última velada tenía por título Schubertiada y en el programa constaban tres obras del vienés nacido en 1797: el Trío para cuerdas en si b mayor, D471, el lied-cantata El pastor en la roca, D965 y el Quinteto para piano, violín, viola, chelo y contrabajo en la mayor, D667, “La trucha”. La primera y la última fueron compuestas en un periodo de extraordinaria productividad de su autor, en 1816 y 1819 respectivamente. Una etapa efervescente en la que Schubert viró hacia la profesionalización como free lance para dejar atrás la colaboración en la escuela primaria de su padre. En ello influyeron las schubertiadas, reuniones amistosas y de exhibición de sus dotes musicales, pero también círculos en los que recabar apoyo y promoción.  

Laia Falcón, Iris Azquinezer y Antonio Galera interpretan El pastor en la roca. Vila Rosita. Festival dels Horts. Créditos: Guillem Cerezo.

Laia Falcón, Iris Azquinezer y Antonio Galera interpretan El pastor en la roca. Villa Rosita. Festival dels Horts. Créditos: Guillem Cerezo.

Ese mismo espíritu de reunión y camaradería cubrió todo el concierto, precedido por breves actuaciones simultáneas en diferentes puntos de la casa a las que los asistentes se acercan paseando. En el Trío, D471 el violinista Miguel Colom (Madrid, 1988), la violista Isabel Villanueva (Pamplona, 1988) y la chelista Iris Azquinezer (Madrid, 1984) dieron muestras de suma madurez en una pieza juvenil de aires mozartianos al buscar un timbre común y diferente al individual. En el Quinteto “La Trucha”, ya con piano, Antonio Galera (Valencia, 1984), y contrabajo, Francisco Mestre (Valencia, 1990), fue donde más fracturas hubo a pesar de su notable factura. Principalmente en los movimientos rápidos, con tirones en el tempo y algún desconcierto. De nuevo el empaste entre las cuerdas (especialmente viola y chelo en el “Andante”), así como la sólida contribución del contrabajo, hizo que la versión resaltara en lo tímbrico y las variaciones en lo expresivo.  

Entre ambas partituras sonó El pastor en la roca, D965. El clarinete obligado fue sustituido por una flauta que empleó Galera en lugar del piano. De éste se encargó Azquinezer. Y tal vez fue este gesto simpático el que contrarrestó el pathos que la canción transmite. Es una página postrera, compuesta en 1828, cuando la sífilis ya hacía estragos en la salud de Schubert: “Me consume un profundo tormento”, dice el segundo de los tres poemas. No obstante, la soprano Laia Falcón (Madrid, 1979) redondeó un conjunto que transmitió esas emociones cambiantes: añoranza, sufrimiento y esperanza. Falcón hizo frente y solventó las exigencias operísticas de la pieza con un bonito y homogéneo color, buena proyección y un fraseo expresivo y musical. Con ella y una divertida versión sui generis del lied-quinteto La trucha concluyó la actuación.  

El quinteto con Laia Falcón al finalizar el concierto. Festival dels Horts. Créditos: Guillem Cerezo.

El quinteto con Laia Falcón al finalizar el concierto. Festival dels Horts. Créditos: Guillem Cerezo.

Más arriba he enumerado los elementos que han llevado al éxito a este festival. No he dicho que los protagonistas, dirigidos por Antonio Galera, son de la misma generación, han sido preparados en instituciones españolas y europeas y lucen sólidas carreras, en solitario o en diferentes conjuntos. Igual aparecen en el Auditorio Nacional que en el programa Discópolis de RNE-Radio 3, dirigido por José Miguel López. Han escrito libros, son políglotas, no tienen complejos y están comprometidos con la vida y con el arte. Ahí está ese “viola power” acuñado por Isabel Villanueva, quien dice enfrentarse al triple riesgo que le impone el mundo musical: como violista, como española y como mujer. De Galera y Azquinezer ya habló Antonio Muñoz Molina.  

Podría alargar esta descripción, pero no es necesario. Todos usan las redes sociales. Los pueden seguir. Sin duda, el planteamiento del festival como residencia en la que los artistas conviven y preparan el repertorio es uno de los elementos clave. El otro ya lo decíamos, lo mejor de la Hausmusik de todos los tiempos que en otras sesiones no ha dejado pasar los centenarios de Claude Debussy (1862-1918) y de Matilde Salvador (1918-2007). Tampoco ha olvidado la música actual, aunque sea brevemente, con Habanera del agua de María Escribano (1954-2002), madre de Iris Azquinezer. En próximas ediciones convendría ahondar en la nueva creación con la figura de un compositor o compositora residente. En Valencia los hay muy interesantes. Con todo, el futuro del Festival dels Horts, bajo el lema “música de cámara con sabor a tierra”, está asegurado. El marco ya lo tiene: un espacio de tiempo lento, tremendamente sugestivo, en el que es fácil aparcar las prisas cotidianas.  

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI 

essay writing servicepay for essaybuy custom essays