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30-VI-2018 La magia de la danza kabuki

MADRID TEATROS DEL CANAL 2017/2018. SALA ROJA Nakamura Sichinosuke (Ninfa de la glicina), Nakamura Kankuro (Ukon), Nakamura Tsurumatsu (Saukon), Nakamura Kosaburo (Hennen), Kataoka Kamezo (Rennen). Nagauta Ensemble y Narimono Ensemble. Obras: FUJI MUSUME. RENJISHI Aforo: 843 Asistencia: 99% Asistir a la representación de una pieza de arte en un tiempo y lugar diferente de los que le son propios es un privilegio del que disfrutamos en el siglo XXI. Durante siglos, el arte perteneció a su entorno y a su momento; así, por ejemplo, en la Viena de Beethoven era su música la que sonaba en los teatros y en…

© Álvaro García

MADRID

TEATROS DEL CANAL 2017/2018. SALA ROJA

Nakamura Sichinosuke (Ninfa de la glicina), Nakamura Kankuro (Ukon), Nakamura Tsurumatsu (Saukon), Nakamura Kosaburo (Hennen), Kataoka Kamezo (Rennen). Nagauta Ensemble y Narimono Ensemble.

Obras: FUJI MUSUME. RENJISHI

Aforo: 843 Asistencia: 99%

Asistir a la representación de una pieza de arte en un tiempo y lugar diferente de los que le son propios es un privilegio del que disfrutamos en el siglo XXI. Durante siglos, el arte perteneció a su entorno y a su momento; así, por ejemplo, en la Viena de Beethoven era su música la que sonaba en los teatros y en tiempos de Shakespeare eran sus obras las que interpretaban los actores. Hoy en día el arte atraviesa las fronteras y los siglos, y nos permite viajar, cuestionar nuestros cánones artísticos, enfrentarnos a otros lenguajes y disfrutar de lo imprevisible. Así lo hemos vivido los afortunados que hemos podido asistir a la representación de las obras de teatro-danza Kabuki Fuji Musume (La doncella de las glicinas) y Renjishi (Dos leones) en los Teatros del Canal, interpretadas por la compañía Heisei Nakamuraza como parte de los actos conmemorativos del 150 aniversario de las relaciones diplomáticas España-Japón.

El viaje en el tiempo se inició con el sonido del shamisen que introduce el nagauta –“canción larga” que acompaña a la danza. En escena la doncella de las glicinas, interpretada por un onnagata –un actor que representa un papel de mujer-, baila junto a un árbol cuya parte posterior servirá como refugio para los múltiples cambios de vestuario durante la pieza. En la primera parte, a través de movimientos estáticos, como si de una serie de fotogramas enlazados se tratase, la protagonista nos presentó las glicinas y algunos elementos de su vestimenta, como el sombrero y el cinturón. Los delicados gestos de la cabeza y las manos, y los pasos cortos con los que se desplazaba nos introdujeron en el peculiar lenguaje de la danza japonesa del siglo XVII. En la segunda parte, una vez abandonadas las flores y el sombrero, pudimos observar con detalle el uso de la mirada y de los dedos, así como el juego de las mangas del kimono. Todos estos elementos fueron creando una atmósfera de sensualidad, muy sutil, centrada en los pequeños detalles coreográficos. El ritmo de los movimientos se fue acelerando suavemente hasta detenerse y dar paso a la tercera parte en la que el abanico fue el protagonista. El onnagata introdujo aquí elementos de suelo, y su movimiento se volvió más dinámico y serpenteante, como si se hubiera embriagado. La última parte fue la única sección en la que se utilizaron giros y movimientos rápidos y terminó con el retorno de las flores a las manos de la doncella. Si bien la falta de contenido simbólico resultó a veces inquietante, la belleza del vestuario y la delicadeza de la interpretación dotaron a esta pieza de una gran fuerza expresiva.

© Álvaro García

Después del descanso se presentó una nueva disposición escenográfica, el Matsuhamemono propio del teatro Nō. Sobre él cobró vida la coreografía de Hanayagi Jusuke para narrarnos la historia de Renjishi o Dos leones. En esta leyenda japonesa, un shishi –animal imaginario con aspecto de león, guardián de la frontera entre el mundo de los humanos y el de los espíritus- arroja a sus hijos al valle para comprobar su resistencia y decide cuidar solamente al que consiga escapar de allí y volver a su lado. En la primera parte, los personajes Ukon (padre shishi) y Sakon (hijo shishi), ataviados con el traje de teatro Kyogen y utilizando marionetas de shishi, presentaron la trama. La segunda escena fue puramente interpretativa, con un largo diálogo cómico entre Rennen y Hennen, dos monjes budistas en peregrinación al monte Seiryō. A pesar del cuidado trabajo de los actores, con un gran dominio de las vocalizaciones en falsete y de la expresión corporal, el espectador sin conocimientos de japonés no pudo entender el contenido de este diálogo, ya que no se proyectaron sobretítulos. Si bien este recurso facilita el contacto directo con la obra en su versión más pura, la falta de comprensión durante más de 10 minutos resultó bastante tediosa. En la última escena pudimos disfrutar de la espectacular danza de los espíritus de los shishi –padre e hijo- en su reencuentro. Esta danza caracterizada por el empleo de las katsura -pelucas de pelo de yak- constituye una celebración de la fortaleza y la valentía de Sakon para superar los peligros que entraña la subida desde el valle para volver junto a su padre. El exquisito vestuario y la cuidada dinámica escénica, así como la capacidad de los actores para mostrar un amplio rango de emociones y su fuerza para resistir las exigencias físicas de la pieza, dejaron patente la profesionalidad de la compañía Heisei Nakamuraza.

En resumen, una experiencia muy recomendable para los amantes de la cultura japonesa y para todos aquellos que quieran alejarse durante unas horas de los múltiples estímulos cambiantes que caracterizan el siglo XXI y detenerse a disfrutar cada detalle de esta excepcional muestra de teatro-danza Kabuki.

Helena Melero

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